Viajar a Líbano: tres semanas recorriendo el país a través de los sentidos

Entre las enormes columnas de los templos romanos de Baalbek en el valle de la Bekaa

Apartados

Viajar a Líbano: el sueño de Espías en Beirut

No recuerdo qué edad tenía ni quién me lo regaló, pero un día cayó en mis manos un juego de mesa llamado Espías en Beirut. Sin saberlo, aquel tablero terminó abriendo una puerta hacia un mundo que durante años solo existió en mi imaginación. Me veía recorriendo las callejuelas de una ciudad lejana, escuchando conversaciones, infiltrándome en embajadas y tratando de descifrar los secretos de un Oriente que entonces me parecía inalcanzable.

Muchos años después, en agosto de 2023, aquellas calles dejaron de ser casillas de cartón. Beirut se convirtió en mi tablero de juego y yo, con unas cuantas canas más y un bastón en la mano, en la ficha que avanzaba por él. Las embajadas de mi infancia fueron sustituidas por cafés humeantes, barrios llenos de historia y conversaciones con personas que me iban mostrando un país mucho más complejo de lo que había imaginado.

Mi viaje por Líbano duró tres semanas. Llegué hasta esta orilla del Mediterráneo atraído por una historia que también conecta con mi tierra: la de aquellos fenicios, los «hombres de la púrpura», que navegaron hacia Occidente y dejaron su huella en lugares como Malaka. Pero no quería limitarme a perseguir ruinas. Quería caminar, escuchar, tocar, probar, hablar con la gente y conocer también esa otra realidad que forma parte de mi proyecto: cómo se vive la discapacidad visual en los lugares por los que viajo.

Líbano terminó siendo exactamente eso: historia y presente chocando continuamente. Un país pequeño donde bastan unos kilómetros para pasar del Mediterráneo a la montaña, de un barrio cristiano a otro musulmán, de un templo romano a las cicatrices de una guerra, de una conversación alrededor de un café a un campo de refugiados palestinos. Un lugar imposible de resumir en una sola imagen.

Beirut: caos, historia y un viaje a través de los sentidos

Beirut fue mi primera casa. Me instalé en un hostel de Gemmayze y las primeras horas fueron casi de supervivencia: cambiar dinero, comprar una tarjeta SIM, localizar dónde comer y, sobre todo, aprender a moverme por una ciudad que no parecía tener ninguna intención de ponérmelo fácil.

Felipe recorriendo Beirut con su bastón durante su viaje por Líbano
Felipe recorriendo Beirut con su bastón durante su viaje por Líbano

Avenidas con un tráfico feroz, motos que aparecían desde cualquier dirección, coches ocupando espacios que yo esperaba encontrar libres y aceras donde cada pocos metros surgía un escalón, un agujero o algún obstáculo. Cruzar una calle podía convertirse en una pequeña negociación con el caos. Al principio me costó encontrar el ritmo, pero poco a poco fui memorizando referencias y entendiendo que Beirut tenía su propio orden dentro del desorden.

Gemmayze fue uno de mis primeros terrenos de exploración. Caminaba entre edificios antiguos, pequeñas tiendas y cafeterías modernas mientras el olor de la comida se mezclaba con el tráfico y las conversaciones. Beirut no era una ciudad para contemplarla desde lejos. Había que meterse dentro y dejar que te golpeara.

Entre la Mezquita de Mohammed Al Amin y la Plaza de los Mártires

Una mañana, mientras caminaba hacia el centro, la silueta de la Mezquita Mohammad Al-Amin comenzó a hacerse cada vez más grande ante mis ojos. Sus cuatro minaretes se levantaban sobre una ciudad donde las religiones, la política y la historia llevan demasiado tiempo compartiendo el mismo espacio. Entré y durante unos minutos el ruido de Beirut quedó fuera. La luz atravesaba las vidrieras y se extendía por el interior de la enorme cúpula, mientras el silencio me regalaba uno de esos pequeños descansos que empezaba a necesitar.

Mezquita Mohammed Al Amin y sus cúpulas azules en el centro de Beirut
Mezquita Mohammed Al Amin y sus cúpulas azules en el centro de Beirut

Al salir me encontré de nuevo con la historia reciente del país.

A pocos pasos está la Plaza de los Mártires, uno de los lugares simbólicos de Beirut y también una buena puerta para entender sus heridas. Durante la Guerra Civil libanesa, entre 1975 y 1990, esta zona quedó junto a la conocida Línea Verde que separó durante años sectores de la ciudad controlados por diferentes milicias.

Pero Beirut tiene una extraña capacidad para obligarte a cambiar de época simplemente caminando unas calles.

Y yo tenía una cita pendiente desde hacía muchos años.

Hamra: regreso al tablero de juego

Llegar a Hamra fue como colocar por fin mi ficha en una de aquellas casillas de Espías en Beirut.

Durante buena parte del siglo XX, especialmente antes de la Guerra Civil, esta zona había sido uno de los grandes centros culturales y cosmopolitas de la ciudad. Por sus cafés, hoteles y calles pasaron escritores, artistas, intelectuales, periodistas y corresponsales extranjeros. Beirut se había ganado entonces aquel sobrenombre de París de Oriente, y Hamra era uno de los lugares donde aquella imagen parecía tener sentido.

Después llegó la guerra y todo cambió.

Hoteles que habían sido símbolos del lujo terminaron convertidos en posiciones militares. Los periodistas extranjeros trabajaban desde una ciudad dividida y los secuestros pasaron a formar parte de una realidad que durante años convirtió a Beirut en sinónimo de conflicto.

Todavía quedan cicatrices de aquella época.
Una de las que más me impresionó fue el Holiday Inn. Su enorme estructura dañada continúa elevándose sobre Beirut como una pieza de arqueología contemporánea. Durante la llamada Batalla de los Hoteles fue escenario de algunos de los combates más duros de los primeros meses de la Guerra Civil.

Hay edificios que pueden restaurarse y otros que parecen condenados a convertirse en memoria. Frente a aquel gigante agujereado resultaba difícil imaginar el lujo, las habitaciones llenas de viajeros o las conversaciones que alguna vez recorrieron sus pasillos.

Pero si algo estaba empezando a enseñarme Líbano era que aquí el pasado y el presente rara vez viven separados.

Hamra volvió a llenarse de estudiantes, tiendas, restaurantes y cafeterías. La guerra había terminado hacía décadas, aunque sus cicatrices seguían allí. Y yo caminaba entre todas ellas pensando en aquel niño que jugaba a ser espía en una ciudad que ni siquiera sabía situar correctamente en un mapa.

Ahora estaba dentro del tablero.

Discapacidad visual en Líbano: mi encuentro con Amer, Jana y Fátima

Viajar por Beirut con discapacidad visual me permitió comprobar algunas dificultades antes incluso de hablar con nadie: aceras deterioradas, cruces complicados, tráfico imprevisible y un espacio público que exige mantener los sentidos permanentemente alerta. Pero yo estaba allí de paso. Quería saber qué significaba convivir con esas barreras todos los días.

A las afueras de Beirut visité el Centro Libanés de Ayuda a Personas Ciegas. Allí me recibió Amer, su director, junto a Jana y Fátima, dos jóvenes universitarias con ceguera total. Entre café y conversación me hablaron de educación, autonomía, falta de recursos y de las dificultades para avanzar hacia una inclusión real.

Amer me explicó que uno de los grandes problemas es la falta de financiación para programas de rehabilitación, orientación y movilidad. También me habló de la escasa utilización del bastón blanco entre muchas personas ciegas y de las dificultades para formar profesionales que puedan enseñar estas técnicas de manera estable.

Jana y Fátima pusieron rostro a todo aquello. Escucharlas hablar de universidad, de desplazamientos y de sus planes de futuro me recordó que detrás de las estadísticas siempre hay personas intentando construir una vida normal en un entorno que no siempre está pensado para ellas.

El encuentro me permitió comprender algo que después desarrollaría con más profundidad en mi investigación sobre la discapacidad visual en Líbano: las asociaciones locales cubren necesidades importantes, pero trabajan condicionadas por la crisis económica, la falta de recursos y las consecuencias acumuladas de décadas de conflictos y desplazamientos.

Tiro y Sidón: tras las huellas de los fenicios

Tiro: frente al mismo Mediterráneo

Después de varios días en Beirut necesitaba moverme. Tomé rumbo al sur siguiendo la costa hasta Tiro, Sour en árabe, una ciudad con miles de años de historia y uno de los grandes nombres del pasado fenicio.

Desde aquí zarparon navegantes y comerciantes que extendieron sus rutas por el Mediterráneo. Esa conexión me resultaba especialmente cercana: algunas de aquellas expediciones fenicias terminaron llegando hasta las costas de la Península Ibérica y dejaron una huella que también forma parte de la historia de Málaga.

En el complejo arqueológico fui avanzando entre columnas, antiguas calzadas y piedras que habían sobrevivido a civilizaciones enteras. Aquel día iba acompañado de Alberto, a quien había conocido en Beirut y que, además de enseñarme a desenvolverme en el peculiar transporte público libanés, me ayudó a caminar entre las ruinas de Tiro, avisándome de desniveles y obstáculos cuando el terreno se complicaba.

Recorriendo las ruinas arqueológicas de Tiro durante mi viaje por el sur de Líbano
Recorriendo las ruinas arqueológicas de Tiro durante mi viaje por el sur de Líbano

En lugares así siempre me ocurre lo mismo. Llega un momento en que dejo de intentar verlo todo y empiezo a imaginar. Tocaba los bloques, escuchaba mis pasos y trataba de reconstruir mentalmente una ciudad que había desaparecido hacía siglos.

Después busqué el mar. Necesitaba ese olor a salitre que durante buena parte del viaje funcionaría como una especie de hilo conductor. Tiro no era solo arqueología; era también una ciudad actual, con pescadores, playas y una vida cotidiana que seguía mirando hacia el mismo Mediterráneo.

Sidón: callejones con olor a mar

Continué siguiendo la costa hasta Sidón, la actual Saida, otra de las grandes ciudades de la antigua Fenicia.

Aquí la historia tampoco necesita demasiada presentación. Sidón fue un importante centro marítimo y comercial, conocido entre otras cosas por sus artesanos, el vidrio y la producción del preciado tinte púrpura obtenido del múrex. Su casco histórico conserva todavía las capas dejadas por fenicios, griegos, romanos, cruzados y otomanos.

Pero la Sidón que más recuerdo no está en los libros.

Entré en el zoco y dejé que los callejones hicieran el resto. La luz disminuía, las voces rebotaban contra los muros y cada pocos metros cambiaban los olores. Pan, especias, jabón, café. Sidón tenía ese tipo de lugares donde la orientación visual pasa a un segundo plano y los demás sentidos empiezan a ordenar el espacio.

Y al final, otra vez el mar.

Frente al puerto aparece el Castillo del Mar, levantado por los cruzados en el siglo XIII sobre una pequeña isla conectada con la ciudad. Piedra desgastada, agua y Mediterráneo: tres elementos que parecían perseguirme durante todo el viaje.
Tiro y Sidón me dejaron precisamente esa sensación de viaje inacabado.

Había llegado buscando las huellas de los fenicios y me marchaba pensando que apenas había arañado la superficie. Quedaban demasiadas historias escondidas bajo aquellas ciudades y demasiadas razones para regresar algún día con más tiempo.

Del sur del Líbano a las montañas: Mleeta, Beiteddine y Chouf

Dejé atrás el Mediterráneo y la carretera comenzó a serpentear entre montañas cubiertas de verde. El aire era más fresco y el olor a sal fue sustituido por el de los pinos. En pocos kilómetros, el país volvía a cambiar.

Mleeta: cuando la guerra también cuenta su propia historia

A unos treinta kilómetros de la frontera con Israel se encuentra Mleeta, el llamado Museo Turístico de la Resistencia, levantado sobre una antigua posición utilizada por combatientes de Hezbolá.

Una sala multimedia utiliza imágenes de guerra, discursos y música épica para introducir al visitante en la versión que Hezbolá hace del conflictol. Después aparecen armas, vehículos militares y restos de material capturado, hasta llegar a una enorme instalación excavada en el terreno donde se acumulan tanques y otros restos bélicos. El recorrido continúa por antiguos senderos, trincheras, posiciones y túneles utilizados por los combatientes.

Yo avanzaba observándolo todo con una sensación difícil de definir.

Por un lado estaba recorriendo un escenario real de un conflicto que había marcado durante décadas la historia reciente del país. Por otro, era imposible ignorar la forma en la que todo aquello estaba presentado: la iluminación, la música, las imágenes, los símbolos y la propia disposición del material construían un relato destinado a ensalzar la resistencia de Hezbolá.

Y quizá eso era precisamente lo más interesante de Mleeta. No solo estaba viendo restos de una guerra. Estaba viendo cómo uno de sus protagonistas quería que esa guerra fuera recordada.

Preferí quedarme con esa idea y continuar viaje. No había venido a Líbano para decidir quién tenía razón en una historia tan compleja, sino para intentar comprender mejor el país que estaba recorriendo.

Y unas cuantas curvas después, Líbano volvió a cambiarme completamente el escenario.

Beiteddine: agua, piedra y silencio

Algunos viajeros me habían hablado del Palacio de Beiteddine como una especie de Alhambra libanesa. La comparación me parecía exagerada, así que preferí entrar sin demasiadas expectativas y dejar que mis sentidos decidieran.

Nada más atravesar la puerta llegaron el frescor de la piedra y el sonido del agua. Mientras avanzaba tocando algunos muros y mosaicos, tuve de nuevo esa sensación tan habitual en Líbano de haber cambiado de escenario en apenas unos kilómetros.

El palacio fue levantado a comienzos del siglo XIX por el emir Bashir Shihab II y es uno de los grandes ejemplos de la arquitectura de aquella época en Monte Líbano. Pero mientras estaba allí, la historia podía esperar.

Bastoneaba lentamente por las galerías, notando cómo cambiaba la temperatura al pasar de los patios abiertos a las estancias interiores. Había habitaciones frescas y oscuras, vidrieras por las que entraba la luz y fuentes cuyo sonido me servía también para orientarme.

En uno de los patios me detuve. El agua rompía el silencio mientras a mi alrededor se levantaban arcos y los muros aparecían decorados con pequeñas formas geométricas. Entonces entendí por qué algunos viajeros me habían hablado de la Alhambra.

Patio con arcos y fuentes del Palacio de Beiteddine en las montañas del Chouf
Patio con arcos y fuentes del Palacio de Beiteddine en las montañas del Chouf

Pero no necesitaba compararlas. Beiteddine tenía personalidad suficiente para defenderse solo.

Continué a mi aire entre salones, patios y galerías hasta que me di cuenta de algo bastante habitual en mis viajes: hacía rato que había perdido a mis compañeros.

Tocaba encontrarlos.

Porque aquel día todavía nos reservaba otro pequeño berenjenal.

Chouf: un camino que dejó de ser camino

Nos adentramos todavía más en las montañas hasta llegar a una zona próxima a Sirjbal, en el corazón del Chouf. Allí no nos esperaba ningún gran monumento ni uno de esos lugares marcados como imprescindibles. Quizás por eso me apetecía tanto.

Nos habían dicho que siguiendo un camino asfaltado llegaríamos hasta un río. Carmen y John comenzaron a andar delante de mí y yo fui detrás con el bastón. Todo parecía sencillo hasta que el asfalto desapareció y el camino empezó a estrecharse entre árboles, piedras y desniveles, hasta convertirse en algo bastante parecido a un sendero de cabras.

A medida que descendíamos tenía menos referencias para saber dónde colocar los pies, así que John terminó convirtiéndose en mis ojos. Me avisaba de las piedras, de los desniveles y de dónde podía apoyar el bastón mientras algunos senderistas nos adelantaban con bastante más alegría que yo.

Ellos iban felices. Yo, un poco acojonaillo.

Seguimos bajando sin prisas hasta que, entre los árboles, empecé a escuchar agua. El sonido fue creciendo hasta conducirnos a un pequeño riachuelo de aguas frías y cristalinas escondido entre la vegetación. Después de aquella bajada, meter las manos y los pies en el agua fue una auténtica bendición.

Nos quedamos allí descansando, rodeados de árboles y montaña. Durante un rato desaparecieron el tráfico, las guerras, los museos y las ciudades antiguas. Solo éramos unos viajeros que se habían conocido por el camino disfrutando de un lugar al que probablemente nunca habríamos llegado siguiendo una lista de imprescindibles.

Y esos momentos son muchas veces los que más recuerdo de un viaje: los que apenas estaban planeados y terminan llevándome a confiar en alguien que unas horas antes casi no conocía para saber dónde colocar el siguiente pie.

Carmen, John y tantas personas que fueron apareciendo durante aquellas semanas también acabaron formando parte de mi viaje por Líbano. Porque viajar solo nunca significa estar siempre solo.

Ahora quedaba un pequeño problema: todo lo que habíamos bajado había que volver a subirlo.

Vídeo: primera parte de mi viaje por Líbano

Esta primera parte del viaje también la conté en imágenes. Desde mis primeros pasos por el caótico Beirut hasta las ciudades fenicias del sur, mis encuentros con personas con discapacidad visual y aquella aventura improvisada por las montañas con Carmen y John. Una forma diferente de acompañarme por Líbano y sentir algunos de los lugares y personas que aparecen en esta crónica.

Biblos, Batroun y Trípoli: viajando por la costa norte

Biblos: miles de años de historia frente al Mediterráneo

Abandoné Beirut para continuar hacia el norte. Apenas cuarenta kilómetros separan la capital de Biblos, pero después de tantos días soportando tráfico, bocinas y aceras imposibles, aquella distancia fue suficiente para sentir que había llegado a otro Líbano.

Biblos, Jbeil para los libaneses, está considerada una de las ciudades habitadas de forma continuada más antiguas del mundo. Por aquí pasaron fenicios, persas, griegos, romanos, bizantinos, cruzados y otomanos, dejando diferentes capas de historia que todavía hoy pueden recorrerse. Desde 1984 forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Para mí tenía además un interés especial por su pasado fenicio. Biblos fue un importante puerto comercial del Mediterráneo oriental, mantuvo estrechas relaciones con Egipto y estuvo vinculada al desarrollo y difusión del alfabeto fenicio, antepasado de buena parte de los alfabetos actuales.

Pero lo que encontré  no fue una ciudad atrapada en su pasado.

Biblos era pequeña, tranquila y muy agradable para caminar. Su casco antiguo conserva calles estrechas y edificios de piedra, con un antiguo zoco ocupado actualmente por pequeñas tiendas, talleres, restaurantes y cafeterías. Después del caos de Beirut, aquello fue casi un descanso para mis sentidos.

Caminaba por las callejuelas mientras el bastón golpeaba el suelo de piedra y me marcaba puertas, escalones y cambios de nivel. Había menos tráfico, las distancias eran cortas y casi siempre terminaba llegando al mismo lugar: el Mediterráneo.

Casco antiguo de Biblos junto al Mediterráneo durante mi viaje por Líbano
Casco antiguo de Biblos junto al Mediterráneo durante mi viaje por Líbano

El antiguo puerto era uno de esos sitios donde apetecía detenerse. Pequeñas embarcaciones y barcos de pesca ocupaban un espacio que llevaba miles de años mirando hacia el mar. Muy cerca, el recinto arqueológico reunía restos de diferentes épocas: templos, tumbas reales fenicias, estructuras romanas y la fortaleza de los cruzados. Más que visitar un único monumento, tenía la sensación de caminar sobre las distintas vidas que había tenido Biblos.

Pero mis tres días en Biblos no fueron solamente historia.

Allí volví a encontrarme con Maurus, un periodista y gran viajero suizo al que había conocido en el hostel de Beirut. Terminamos compartiendo varios días entre Biblos y la capital, recorriendo la ciudad durante el día y alargando las conversaciones frente al Mediterráneo cuando caía la tarde.

Durante buena parte del día Biblos transmitía tranquilidad. Sin embargo, cuando llegó el fin de semana descubrí otra cara: las terrazas se llenaron, apareció la música y las calles del centro histórico adquirieron un ambiente mucho más animado.

Y esa mezcla me gustó.

Biblos podía hablarme de fenicios, faraones y cruzados por la mañana, dejarme sentado frente al Mediterráneo por la tarde y llenarse de vida cuando llegaba la noche.

Después de tres días allí entendí que su atractivo no estaba solamente en haber caminado por una de las ciudades más antiguas del mundo, estaba en comprobar que, después de miles de años, Biblos seguía siendo una ciudad viva.

Batroun: otra parada frente al mar

A unos veinte minutos por carretera apareció Batroun. Después de tanta historia acumulada, Batroun me pareció más ligera. Una ciudad costera donde el casco antiguo, las iglesias y pequeñas calles desembocaban continuamente en el Mediterráneo.

Caminé hasta la costa siguiendo ese olor a sal que ya se había convertido en una especie de brújula durante el viaje.

Allí se conserva parte de un antiguo muro marítimo que tradicionalmente se relaciona con los fenicios y que durante siglos protegió la costa del oleaje. Muy cerca, el pequeño puerto y las casas de piedra completaban una imagen completamente distinta de la que había dejado días atrás en Beirut.

Pero mi recuerdo de Batroun tiene también sabor. El de la limonada.

La ciudad es conocida por ella y, con el calor de agosto, no necesité demasiados argumentos para probarla. Ácida, fría y bastante más útil en aquel momento que cualquier explicación histórica.

Trípoli: la ciudad a la que me dijeron que no fuera

Durante los días anteriores había escuchado prácticamente de todo sobre Trípoli, aunque casi nadie parecía tener demasiadas ganas de animarme a ir. Me hablaban de una ciudad pobre, deteriorada, caótica y alejada de las rutas habituales de muchos viajeros. Precisamente por eso sentía cada vez más curiosidad.

Bastaron las primeras horas para comprender que Trípoli jugaba en otra liga. Si Beirut era el día, Trípoli era la noche. Dos ciudades separadas por poco más de ochenta kilómetros y, sin embargo, capaces de representar dos mundos completamente diferentes dentro de un mismo país. Aquí desaparecía buena parte del aire cosmopolita de la capital y aparecía una ciudad más conservadora, popular y musulmana, con calles envejecidas y un ritmo que me transportó inmediatamente al Tánger que conocí siendo niño.

Me alojé en casa de Hayssam, en la cuarta planta de un viejo edificio amarillo sin ascensor. Durante las primeras horas me ayudó a orientarme, me explicó cómo moverme y caminó conmigo hasta que conseguí reunir suficientes referencias para hacer lo que más me gusta cuando llego a una ciudad nueva: agarrar el bastón y salir solo.

Y entonces empezó mi verdadera relación con Trípoli.

Bastoneé sin demasiado rumbo, dejándome llevar por los sonidos, los olores y cualquier cosa que despertara mi curiosidad. No tardé en terminar dentro del laberinto de sus antiguos zocos. Los callejones se estrechaban y la luz se debilitaba hasta llegar a lugares donde mis ojos apenas podían ayudarme. Lejos de incomodarme, aquello hacía que prestara todavía más atención a lo que ocurría alrededor.

Calles del centro de Trípoli en el norte de Líbano
Calles del centro de Trípoli en el norte de Líbano

Las voces rebotaban contra los muros de piedra mientras el bastón me iba descubriendo escalones, entradas y cambios en el pavimento. A un lado aparecían joyerías y pequeñas tiendas; al otro, ropa, utensilios de cocina, especias y alimentos. El olor del pan recién hecho se mezclaba con el café y, unos metros más adelante, enormes montañas de fruta conseguían que mis papilas gustativas empezaran a trabajar antes incluso de saber exactamente qué tenía delante.

Trípoli no era una ciudad que necesitara mirar constantemente para sentirla. Para mí era precisamente todo lo contrario. Aquel aparente desorden tenía sonido, temperatura, olor y textura.

Hayssam me había hablado de un pequeño establecimiento donde preparaban unos rollos de garbanzo y verduras. Encontrarlo me costó bastante más de lo previsto, pero después de varias horas caminando bajo el calor la recompensa estuvo a la altura. A aquello se sumaron los helados artesanales de fruta cerca del zoco, convertidos rápidamente en una de mis mejores armas contra el agosto libanés.

Lo que realmente empezó a atraparme, sin embargo, fue su gente. Personas que me veían caminar con el bastón se acercaban para preguntar si necesitaba ayuda, de dónde venía o qué hacía un español recorriendo solo aquellas calles. Algunas conversaciones duraban unos minutos y otras terminaban delante de un café.

Uno de mis refugios fue el pequeño café de Amer Taleb, junto a la Gran Mezquita. Me sentaba entre vasos de té y café y dejaba pasar el tiempo hablando con quien apareciera. Al caer la tarde, algunas plazas se llenaban de vecinos y el aroma del té se mezclaba con el humo dulce del narguile.

Poco a poco dejé de buscar qué había que ver en Trípoli. Empecé simplemente a estar en Trípoli. Y ahí fue cuando la ciudad me ganó.

Después de tres noches sabía que me marchaba dejando muchas cosas sin conocer. Pero había conseguido algo que para mí tiene mucho más valor: sentirme cómodo caminando por sus calles, perderme por sus zocos, sentarme con desconocidos y descubrir hospitalidad precisamente en una ciudad a la que muchos me habían recomendado no ir.

No era la ciudad más bonita de Líbano ni pretendía serlo. Su belleza estaba escondida en otro sitio: en lo cotidiano, en los mercados, en una conversación improvisada, en alguien que te invita a un café simplemente porque te ha visto pasar.

Bisharri, los Cedros y el Valle de Qadisha

Desde Trípoli abandoné la costa y comencé a ganar altura hacia las montañas del norte. El Mediterráneo desapareció, el aire se volvió más fresco y el paisaje empezó a cubrirse de verde. Mi base sería Bisharri, una pequeña localidad suspendida sobre el Valle de Qadisha.

Después de tantos días de tráfico y ruido, Bisharri me permitió bajar el ritmo. Pero había llegado hasta allí por dos razones: conocer los cedros y acercarme al valle donde durante siglos encontraron refugio comunidades monásticas cristianas.

Los Cedros de Dios

Mi madre llevaba días diciendome por teléfono que no podía marcharme de Líbano sin conocer sus cedros. Y no me podia ir del Libano sin hacer caso a La Trini.

A pocos kilómetros de Bisharri se encuentra uno de los símbolos más reconocibles del país: los cedros del Líbano. No hace falta buscar demasiado para encontrarlos; uno de ellos ocupa incluso el centro de la bandera nacional.

Durante siglos, la madera de estos árboles fue apreciada por algunas de las grandes civilizaciones del Mediterráneo y Oriente Próximo. Los antiguos egipcios y los pueblos de la costa levantina comerciaron con ella, aparece mencionada repetidamente en textos antiguos y terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos históricos del territorio.

Yo había escuchado hablar tanto de ellos que esperaba encontrarme un bosque inmenso. Y no fue exactamente así.

La reserva conocida como los Cedros de Dios conserva algunos ejemplares centenarios y milenarios, pero su extensión es mucho más reducida de lo que había imaginado. Eso no le quitaba valor. Al contrario, hacía todavía más evidente que estaba caminando entre los supervivientes de los enormes bosques de cedros que antiguamente cubrieron parte de estas montañas.

.

Desde 1998, los Cedros de Dios forman parte, junto con el Valle de Qadisha, del conjunto declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. Pero para comprender por qué estas montañas son tan importantes todavía tenía que descender hacia el valle. UNESCO: Valle de Qadisha y Bosque de los Cedros de Dios

Y allí las cosas volverían a complicarse un poco.

El Valle de Qadisha y las montañas de San Charbel

Otro de los motivos que me había llevado hasta Bisharri era conocer el Valle de Qadisha, un paisaje de barrancos y paredes de roca donde durante siglos encontraron refugio comunidades monásticas cristianas. Monasterios, ermitas y cuevas aparecen escondidos en lugares que todavía hoy parecen difíciles de alcanzar.

Mi intención inicial era hacer una ruta a pie por el interior del valle, pero Michael, el hijo del propietario del hostel donde me alojaba, no lo veía nada claro. Conocía el terreno y consideraba que algunos caminos eran demasiado complicados para meterme por allí con mi discapacidad visual. Esta vez decidí hacerle caso.

Ruta por el bosque de cedros de Bisharri durante mi viaje por Líbano
Ruta por el bosque de cedros de Bisharri durante mi viaje por Líbano

Llegamos en coche hasta Deir Mar Antonius Qozhaya, un monasterio encajado en la roca. Recorrer sus espacios, tocar la piedra fría y escuchar cómo cambiaba el sonido en su interior me permitió acercarme a ese mundo de aislamiento y silencio que durante siglos había atraído a los monjes hasta Qadisha.

Pero yo seguía teniendo una espinita clavada. Si no podía patearme el valle, aquellas montañas tendría que recorrerlas de alguna otra manera. Hablé con Michael y buscamos una alternativa: una caminata de unos diez kilómetros entre los bosques de cedros y Bqaa Kafra.

Michael fue mi guía y, en los tramos más complicados, también mis ojos. Avanzamos entre vegetación, caminos abiertos y desniveles donde necesitaba sus indicaciones para saber dónde colocar el pie. Hubo incluso un pequeño susto con mi tobillo y una parada para comernos unas frutas que nos habían regalado durante el camino, pero unas horas después conseguimos completar la ruta.

Al final apareció Bqaa Kafra, una de las aldeas situadas a mayor altitud del Líbano y conocida especialmente por ser el lugar donde nació San Charbel Makhlouf, monje maronita del siglo XIX y uno de los santos más venerados del país.

Llegué cansado. Quizás por la sombra de aquellas estrechas calles entre casas de piedra, por el ambiente tranquilo del pueblo o simplemente porque llevaba kilómetros encima, recuerdo especialmente detenerme en una fuente y beber de su agua bendita. Aquella agua me dio la vida.

Regresé agradecido a Michael. Yo solo no me habría aventurado por aquellos caminos. Viajar con discapacidad visual no consiste en demostrar que puedo hacerlo todo sin ayuda. También consiste en saber cuándo necesito otros ojos para continuar el camino.

Baalbek: entre los templos de los dioses

Dejé atrás las montañas para dirigirme hacia el valle de la Bekaa. Allí me esperaba Baalbek, uno de esos nombres que llevaba años asociado en mi cabeza a antiguas civilizaciones, enormes templos y demasiados misterios.

Antes de entrar en los grandes templos, la ciudad ya empezó a contarme su historia. Frente a las ruinas se levanta el Hotel Palmyra, un histórico alojamiento del siglo XIX por el que han passado grandes arqueologos, viajeros, escritores y personajes ilustres, y bajo el que incluso se encontraron restos del antiguo teatro romano.

Después me acerqué a la antigua cantera para conocer la Piedra de la Mujer Embarazada, Hajar al-Hibla, un gigantesco monolito de unas mil toneladas que quedó tallado en la roca sin llegar nunca a formar parte de los templos. Allí, delante de aquella mole de piedra, empezaba a intuir la desmesura de lo que me esperaba unos metros más adelante

Baalbek fue un importante centro religioso mucho antes de la llegada de Roma. Los griegos la conocieron como Heliópolis y los romanos levantaron allí un extraordinario complejo monumental. Pero toda esa historia adquirió otra dimensión cuando atravesé la entrada y la grava empezó a crujir bajo mis pies.

El Templo de Júpiter fue la primera demostración de aquella desmesura. De la gigantesca construcción permanecen en pie seis enormes columnas. Levanté la cabeza intentando seguirlas hasta donde me permitía la vista y durante unos instantes me limité a pensar cómo demonios habían conseguido colocar aquellas piezas allí arriba hace casi dos mil años.

Entre las enormes columnas de los templos romanos de Baalbek en el valle de la Bekaa
Entre las enormes columnas de los templos romanos de Baalbek en el valle de la Bekaa

Seguí hasta el Templo de Baco, mucho mejor conservado. Allí pude acercarme todavía más a la piedra, tocar su superficie y recorrer con las manos algunos detalles que la distancia me impedía apreciar. Cuando no puedo contemplar un templo entero desde lejos, lo recorro; cuando no alcanzo a distinguir un detalle, lo toco; y cuando ninguna de las dos cosas es posible, imagino.

Entre aquellos templos aparecía también Venus, completando un conjunto que había sobrevivido a religiones, terremotos, guerras e imperios. No necesitaba convertir el momento en una clase de arqueología. Me bastaba caminar entre aquellas piedras y dejar que las dimensiones del lugar hicieran el resto.

Regreso a Beirut: un viajero sin bastón

Desde Baalbek tocaba regresar a Beirut utilizando una de las especialidades del transporte libanés: cambiar de furgoneta todas las veces que hiciera falta hasta conseguir llegar.

Una, dos y hasta tres. A esas alturas empezaba a sentirme más paquete que pasajero.

Entre tantos cambios, las prisas y mi mala cabeza, cuando llegué me di cuenta de que había dejado mi bastón en alguna de aquellas furgonetas. No sabía en cuál, dónde lo había perdido exactamente ni cómo recuperarlo.

Para cualquiera podía parecer simplemente un objeto. Para mí era mi radar para detectar buena parte de los obstáculos que mis ojos no ven. Y acababa de perderlo precisamente en Beirut.

Podía encerrarme en el hostel o adaptar otra vez mi forma de moverme. Mi eleccion  fue la segunda, Recuperé el bastón de trekking y decidí salir. Todavía me quedaba demasiado por conocer.

Chatila: las heridas que Palestina arrastra hasta Beirut

Había una cara de Beirut que no quería abandonar Líbano sin conocer. Estaba lejos de los cafés de Hamra y de la imagen cosmopolita de la capital. Sabía que no iba a ser una visita agradable, pero después de tres semanas viajando por el país quería conocer de primera mano las condiciones en las que viven muchos refugiados palestinos en Chatila.

Aquella mañana me acompañaba Mohamed, un palestino que había vivido en España y que conocía bien el campo. Durante todo el día fue mi contacto, mi guía y la persona que me permitió entrar en una realidad que difícilmente habría podido conocer caminando solo por sus calles.

Nada más bajar del coche me encontré dentro de un laberinto de calles estrechas, polvorientas y en algunos puntos encharcadas. Los edificios se levantaban muy cerca unos de otros, deteriorados, mientras sobre nuestras cabezas se extendía una maraña de cables eléctricos. Algunos callejones apenas dejaban entrar la luz del sol.

Entre aquella precariedad había vida. Olía a falafel y a té. Hombres y mujeres iban y venían entre paredes de cemento mientras los pequeños cafés funcionaban como puntos de encuentro. Mohamed me presentaba a otros palestinos y yo escuchaba historias mientras avanzábamos por unas calles donde las banderas, los símbolos y las referencias a Palestina recordaban continuamente que aquella comunidad seguía vinculada a una tierra de la que habian sido expulsados.

Para comprender Chatila hay que regresar a 1948 y a la Nakba, la huida masiva que acompañó a la invasion de sus tierras tras la creación del Estado de Israel. Alrededor de 700.000 palestinos fueron expulsados o huyeron de sus hogares. Muchas familias perdieron sus casas y sus tierras y nunca pudieron regresar. Chatila fue establecido en 1949 para acoger a parte de aquellos refugiados.

Lo que debía responder a una emergencia terminó convirtiéndose en algo permanente. Varias generaciones después, descendientes de aquellas familias continúan viviendo como refugiados.

Mohamed me llevó durante horas por esas calles y la precariedad era difícil de ignorar: edificios levantados como se ha podido, infraestructuras insuficientes, problemas de electricidad, agua y saneamiento y una enorme presión sobre un espacio extremadamente reducido. Lo que vi y sentí durante aquel día fueron unas condiciones de vida que me parecieron indignas.

Sabra y Chatila: una masacre que sigue presente

En septiembre de 1982, durante la invasión israelí del Líbano, las fuerzas israelíes rodeaban el área de Sabra y Chatila. Milicianos falangistas libaneses entraron en los campos y durante aproximadamente dos días asesinaron a centenares de civiles palestinos y libaneses, entre ellos mujeres, niños y ancianos.

Las matanzas fueron ejecutadas directamente por las milicias falangistas, pero Israel tenía responsabilidad indirecta y atribuyó responsabilidad personal al entonces ministro de Defensa Ariel Sharon.

Caminar por Chatila significaba, por tanto, hacerlo sobre dos heridas superpuestas: la de familias palestinas desplazadas de sus hogares y la memoria de una matanza que convirtió aquellas calles en escenario de uno de los episodios más brutales de la guerra civil libanesa.

Pero después de pasar un día entero allí no quería marcharme hablando únicamente de muerte. Mohamed me había presentado a personas que seguían trabajando, formando familias, tomando café y defendiendo una identidad que décadas de exilio no habían conseguido borrar.

Escuché historias que me partieron el alma y comprobé hasta qué punto Palestina continuaba formando parte de la identidad de personas que, en algunos casos, ni siquiera habían podido vivir en la tierra de sus padres o abuelos.

Salí de Chatila como lo escribí entonces: con una lágrima en los ojos. Me llevaba rabia, tristeza y una profunda admiración por un pueblo que, después del desplazamiento, el exilio, la guerra y décadas viviendo como refugiado, continúa manteniendo viva su identidad y la esperanza de regresar algún día a Palestina.

Tomás Alcoverro: el último regalo de Beirut

Salí de Chatila con demasiadas cosas dando vueltas en la cabeza. Mis últimos días en Líbano estaban siendo muy distintos a los primeros. Había llegado buscando ciudades antiguas, recuerdos de infancia y las huellas de aquellos fenicios que navegaron hasta mi tierra; terminaba escuchando historias de refugiados, conociendo otras formas de vivir la discapacidad y tratando de ordenar todo lo aprendido.

Entonces sonó el teléfono. Era Agustín Chaler, un gran amigo y uno de mis referentes en esta bendita locura de viajar. Tenía una propuesta imposible de rechazar: iba a conocer a Tomás Alcoverro.

Después de más de medio siglo como corresponsal en Oriente Medio, Tomás había contado guerras, invasiones, revoluciones y transformaciones políticas desde una región que yo apenas llevaba unas semanas intentando comprender. Y ahora iba a tener la oportunidad de pasar un día con él en su casa de Hamra.

Regresé así al mismo barrio que había alimentado mi imaginación cuando jugaba a Espías en Beirut. Pasamos prácticamente el día entero hablando. Yo, sobre todo, escuchaba. Tomás hablaba de Beirut, de Líbano, de Irak, de Gadafi , de periodismo y de Oriente Medio entre paredes llenas de arte, libros y recuerdos acumulados durante décadas.

Para alguien que intenta contar sus viajes, aquello fue una auténtica clase de periodismo sin necesidad de aula. De todas las ideas que me llevé, una terminó acompañándome al salir de su casa: Oriente Medio es un mundo maravilloso y, al mismo tiempo, imposible de entender del todo.

Después de tres semanas viajando por Líbano empezaba a comprender lo que quería decir.

Cuando llegué a Beirut llevaba conmigo el recuerdo de un niño que jugaba a ser espía recorriendo una ciudad que solo existía en su imaginación. Tres semanas después había caminado por aquellas mismas calles con un bastón, seguido las huellas de los fenicios, viajado en furgonetas que nunca terminaba de comprender, necesitado los ojos de otras personas en ruinas y montañas, compartido noches con viajeros, perdido el bastón, conocido Chatila de la mano de Mohamed y terminado sentado en Hamra escuchando a Tomás Alcoverro.

No había conseguido entender Líbano. Quizás tampoco quería hacerlo. Había aprendido que este pequeño país mediterráneo estaba hecho de demasiadas contradicciones, religiones, heridas, paisajes y formas de vivir como para resumirlo en una sola conclusión.

Pero sí había conseguido algo mucho más importante: sentirlo.

El niño de Espías en Beirut podía guardar por fin el tablero. La partida había terminado.

Y tomando prestado ese grito de alegría que tanto le gusta decir a Don Tomás, solo me quedaba despedirme de Líbano de una manera:

¡QUE VIVA LA VIDA, AMIGOS!

Vídeo: segunda parte de mi viaje por Líbano

La segunda parte del viaje me llevó todavía más lejos. Continué recorriendo el norte y las montañas de Líbano, me perdí por los zocos de Trípoli, caminé entre cedros, conocí Baalbek y regresé a Beirut para enfrentarme a algunas de las experiencias más humanas del viaje. Este vídeo completa en imágenes el camino hasta mis últimos días en el país.

Pero mi viaje por Oriente Medio no terminaba aquí. Después de Líbano, el camino continuaría hacia Siria, un país que me obligaría de nuevo a mirar más allá de las imágenes que había recibido desde la distancia.

Situación actual de Líbano en 2026

Esta crónica relata mi viaje por Líbano en agosto de 2023. La situación del país ha cambiado de forma importante desde entonces y algunos de los lugares que recorrí con normalidad, hoy son zonas de Riegos y zonas bombardeadas por el ejercito israeli.

El Ministerio de Asuntos Exteriores de España mantiene la recomendación de no viajar a Líbano. La recomendación considera de especial peligrosidad el sur del río Zahrani, el valle de la Bekaa, las zonas fronterizas con Siria y determinados suburbios del sur de Beirut.

La región continúa afectada por un conflicto de alcance regional. Por ello, antes de plantear cualquier desplazamiento es imprescindible consultar las recomendaciones actualizadas y no utilizar esta crónica de 2023 como referencia de seguridad para un viaje actual.

Preguntas frecuentes sobre viajar a Líbano

Mi viaje duró tres semanas, lo que me permitió recorrer el país despacio, utilizar transporte local y pasar varios días en lugares como Beirut, Biblos o Trípoli. No considero que sean necesarias tres semanas para conocer los principales puntos de interés, pero sí recomiendo evitar una ruta excesivamente rápida si se quiere entender las enormes diferencias que existen entre unas zonas y otras.

Durante mi viaje recorrí Beirut, Tiro, Sidón, Mleeta, Beiteddine, Chouf, Biblos, Batroun, Trípoli, Bisharri, los Cedros de Dios, el Valle de Qadisha y Baalbek, además de conocer el campo de refugiados palestinos de Chatila. No los plantearía como una lista cerrada de imprescindibles: cada lugar me mostró una realidad distinta del país.

En agosto de 2023 me desplacé principalmente utilizando autobuses, minibuses y furgonetas compartidas. Era un sistema bastante informal y al principio Alberto me ayudó a entender cómo funcionaba. En algunos trayectos tuve que cambiar varias veces de vehículo y preguntar continuamente. Esta es mi experiencia de 2023 y conviene comprobar el funcionamiento actual antes de viajar.

En mi experiencia, no. Beirut me resultó especialmente complicada por las aceras deterioradas, los obstáculos, el tráfico y algunos cruces. En otras zonas pude moverme con mayor autonomía y, cuando el terreno se complicaba, recurrí a personas que me acompañaban. El encuentro con Amer, Jana y Fátima me permitió además conocer parte de la realidad de quienes viven permanentemente con ceguera o baja visión en el país.

A agosto de 2026, el Ministerio de Asuntos Exteriores de España desaconseja viajar a Líbano. Esta crónica corresponde a agosto de 2023 y no debe interpretarse como una recomendación de seguridad para repetir actualmente mi itinerario. La situación puede cambiar con rapidez y debe consultarse siempre la información oficial más reciente.

Las condiciones de entrada pueden cambiar y deben comprobarse antes de viajar. La información oficial española indica que los viajeros deben llevar pasaporte en vigor y cumplir las condiciones establecidas por las autoridades libanesas. Recomiendo consultar siempre la ficha actualizada del Ministerio de Asuntos Exteriores antes de comprar el viaje.

La moneda oficial es la libra libanesa, aunque durante mi viaje el dólar estadounidense tenía una presencia muy habitual en pagos y precios. La crisis financiera ha alterado durante años el funcionamiento monetario del país, por lo que conviene comprobar la situación actual y evitar basarse únicamente en experiencias de viajeros de años anteriores.

Para mí Chatila no fue una visita turística. Fui para conocer de primera mano la realidad de los refugiados palestinos y pasé un día recorriendo el campo acompañado por Mohamed, quien me presentó a personas que vivían allí. Fue una de las experiencias más duras y humanas del viaje. En cualquier caso, la situación de seguridad actual es diferente a la de 2023 y cualquier desplazamiento debe valorarse conforme a las recomendaciones oficiales vigentes.

Compartir:

Te puede interesar

No hay más entradas
Resumen de privacidad
logo con dos cojones y un bastón

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Cookies estrictamente necesarias

Las cookies estrictamente necesarias tiene que activarse siempre para que podamos guardar tus preferencias de ajustes de cookies.

Cookies de terceros

Esta web utiliza Google Analytics para recopilar información anónima tal como el número de visitantes del sitio, o las páginas más populares.

Dejar esta cookie activa nos permite mejorar nuestra web.