Mi viaje por Venezuela con discapacidad visual

Cataratas Iguazu. Viaje a Venezuela con discapacidad visual

Apartados

Caracas a través de los sentidos: la ciudad que no esperaba

Hay ciudades que te cambian sin esperarlo

Hay ciudades con las que sueñas durante años y otras a las que llegas casi por casualidad. Caracas pertenecía al segundo grupo.

Nunca me habían llamado demasiado la atención las grandes capitales y, siendo sincero, mi idea era pasar un par de días aquí antes de continuar mi viaje por Venezuela. Pensaba que sería una parada más en el camino, una ciudad de paso. No podía estar más equivocado.

Había algo, sin embargo, que despertaba mi curiosidad. Quizá fueran esos cerros verdes que abrazan la ciudad y parecen vigilarla desde cualquier rincón. Quizá el recuerdo de tantas noticias que durante años habían dibujado una imagen muy concreta de Caracas. O, simplemente, esa sensación que a veces tenemos los viajeros de que un lugar puede sorprendernos cuando menos lo esperamos.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Lo que iba a ser una breve escala terminó convirtiéndose en cinco días inolvidables. Cinco días recorriendo sus calles, descubriendo su historia, disfrutando de su gastronomía y, sobre todo, conociendo a personas que hicieron que este viaje acabara significando mucho más de lo que jamás habría imaginado.

No es una ciudad sencilla. Los cortes de electricidad forman parte del día a día y, como ocurre en muchas grandes capitales latinoamericanas, hay zonas y horarios en los que conviene extremar la precaución. Sin embargo, utilizando el sentido común y dejándome aconsejar por la gente local, nunca tuve sensación de inseguridad. Pude moverme por distintos barrios con tranquilidad y disfrutar de la ciudad sin que ese aspecto condicionara el viaje.

Como persona con discapacidad visual, lo que realmente me preocupaba era otra cosa: cómo sería recorrer Caracas con mi bastón blanco.

Durante aquellos primeros días comprobé que la accesibilidad ofrecía luces y sombras. En algunas zonas céntricas encontré baldosas podotáctiles, rebajes en numerosos pasos de peatones e incluso algunas placas informativas en braille que demostraban que existía una intención de mejorar la movilidad. Sin embargo, bastaba alejarse unas pocas calles para volver a encontrarse con aceras levantadas, vegetación invadiendo el paso o alcantarillas abiertas que obligaban a caminar con mucha atención.

Aun así, nunca dejé que eso marcara mi forma de descubrir la ciudad. Viajar también consiste en adaptarse a cada lugar y aceptar que no todos los destinos ofrecen las mismas facilidades. Al fin y al cabo, era precisamente esa realidad la que había venido a conocer.

Pero ya habría tiempo para hablar de accesibilidad. Antes quería dejarme sorprender por Caracas.

Primeras sensaciones en Caracas

Cada ciudad tiene una forma distinta de darte la bienvenida y, para mí, Caracas empezó por el estómago.

Después de desayunar unas arepas recién hechas y coger fuerzas para afrontar el día, bajé al metro con una única idea en la cabeza: olvidarme del mapa durante unas horas y dejar que fuera la propia ciudad quien marcara el camino. Nunca me ha gustado viajar corriendo de monumento en monumento. Prefiero caminar sin demasiada prisa, observar el ambiente, escuchar las conversaciones y dejar que las pequeñas casualidades vayan construyendo el viaje.

La megafonía anunció la llegada a Plaza Venezuela y decidí comenzar allí.

Felipe con su bastón blanco y rojo en Plaza Venezuela durante su viaje a Caracas
Felipe con su bastón blanco y rojo en Plaza Venezuela durante su viaje a Caracas

Este gran nudo urbano es uno de los corazones de la capital. Amplias avenidas, edificios modernos, comercios, tráfico constante y un incesante ir y venir de personas hacen que sea un lugar perfecto para empezar a entender el ritmo de Caracas.

Mientras caminaba entre el bullicio de la ciudad me di cuenta de que Caracas tenía una energía difícil de explicar. Era caótica, sí, pero también tremendamente viva. Los vendedores ambulantes ocupaban buena parte de las aceras, los autobuses no dejaban de llegar y marcharse, y las conversaciones se mezclaban con el sonido del tráfico formando una banda sonora constante que terminaba envolviéndolo todo.

Era curioso. Mientras muchos viajeros intentan escapar del ruido de las grandes ciudades, yo sentía justo lo contrario. Había algo en ese aparente desorden que me resultaba atractivo. Quizá porque, cuando viajo, me gusta sentir que la vida sigue ocurriendo alrededor y no caminar por escenarios preparados únicamente para el turismo.

Aquella primera mañana apenas tenía un plan definido. Simplemente quería caminar, observar y empezar a descubrir esa Caracas que, poco a poco, iba desmontando todos los prejuicios con los que había llegado.

Y, como suele ocurrirme en casi todos mis viajes, no tardé demasiado en desviarme hacia uno de mis lugares favoritos: la comida callejera.

El corazón histórico de Caracas

Después de recorrer los alrededores de Plaza Venezuela volví a bajar al metro para dirigirme hacia el centro histórico. Es curioso cómo una ciudad puede cambiar por completo en apenas unas estaciones. Poco a poco los edificios modernos fueron dejando paso a calles con mucha más historia, plazas llenas de vida y rincones donde uno tiene la sensación de que Caracas empezó a escribirse hace mucho tiempo.

Mi primera parada fue El Silencio, uno de esos lugares que probablemente muchos visitantes atraviesan sin detenerse demasiado, pero que desempeñó un papel fundamental en la transformación urbanística de la ciudad durante el siglo XX. Hoy continúa siendo un punto de encuentro para miles de caraqueños que pasan por aquí cada día camino del trabajo, haciendo compras o simplemente disfrutando del ambiente del centro.

Me gusta recorrer este tipo de lugares sin demasiada prisa. No suelo obsesionarme con fotografiar cada edificio ni con ir marcando monumentos en un mapa. Prefiero sentarme unos minutos en un banco, escuchar lo que ocurre a mi alrededor y observar cómo transcurre la vida cotidiana. Al final, son esos pequeños momentos los que terminan ayudándome a comprender mucho mejor una ciudad.

A pocos minutos aparece la Plaza Bolívar, uno de los lugares con más carga histórica de Caracas. Como ocurre en muchas ciudades latinoamericanas, la plaza sigue siendo el auténtico corazón de la vida pública. Familias paseando, jubilados conversando bajo la sombra de los árboles, vendedores ambulantes ofreciendo cualquier cosa que uno pueda imaginar y un constante ir y venir de personas convierten este espacio en un magnífico lugar para detenerse y contemplar el ritmo de la ciudad.

Mientras caminaba por sus alrededores me llamó la atención el contraste entre los edificios históricos y el bullicio permanente que los rodea. Caracas parece vivir siempre con cierta intensidad. Todo sucede deprisa, las conversaciones se cruzan unas con otras y el tráfico nunca deja de hacerse presente. Sin embargo, lejos de agobiarme, aquella energía terminó resultándome contagiosa.

Como persona con discapacidad visual, recorrer el centro exigía mantener la atención constante. En algunas calles encontraba aceras cómodas y rebajes bien resueltos, mientras que apenas unos metros más adelante aparecían desniveles, baldosas rotas o pequeños obstáculos que obligaban a caminar con mucha más precaución. Esa mezcla de avances y carencias fue una constante durante todo mi paso por Caracas.

Un oasis en mitad del bullicio

Desde la Plaza Bolívar decidí subir caminando hasta El Calvario, un parque histórico situado sobre una pequeña colina desde la que se obtiene una de las panorámicas más conocidas de Caracas.

A medida que iba ascendiendo el ambiente cambiaba poco a poco. El ruido del tráfico empezaba a quedar atrás, los árboles ganaban protagonismo y el ritmo frenético del centro daba paso a una tranquilidad que contrastaba por completo con lo que acababa de dejar unos minutos antes.

Coronando el parque se encuentra el Arco de la Federación, construido para conmemorar la victoria federalista en la Guerra Federal venezolana. Más allá de su valor histórico, este lugar ofrece una magnífica perspectiva de la ciudad y permite comprender mucho mejor cómo Caracas ha ido creciendo entre montañas.

Felipe con su bastón ante el Arco de la Federación en El Calvario de Caracas
Felipe con su bastón ante el Arco de la Federación en El Calvario de Caracas

Me quedé allí un buen rato disfrutando del ambiente. Hay lugares que no necesitan grandes explicaciones para transmitir algo especial y El Calvario fue uno de ellos. Después de varias horas caminando entre avenidas, mercados y plazas, aquel pequeño oasis se convirtió en el lugar perfecto para detenerme, respirar y observar la ciudad desde otra perspectiva.

Felipe contempla la panorámica de Caracas desde el parque El Calvario
Felipe contempla la panorámica de Caracas desde el parque El Calvario

Cuando comenzó a caer la tarde emprendí el descenso por la famosa escalinata iluminada que conduce nuevamente hacia el centro. Mientras bajaba pensaba en lo rápido que estaba cambiando la imagen que tenía de Caracas. Había llegado esperando encontrar una ciudad complicada, marcada únicamente por las noticias que tantas veces había visto en televisión, y sin darme cuenta empezaba a descubrir una capital llena de contrastes, con mucho más que ofrecer de lo que imaginaba.

Quinta Crespo, donde mejor se entiende Caracas

Si tuviera que elegir un único lugar para intentar comprender el alma de Caracas, probablemente sería el Mercado de Quinta Crespo.

Siempre he pensado que los mercados dicen mucho más de una ciudad que cualquier museo. Allí no hay escenarios preparados para el visitante ni recorridos pensados para el turismo. Todo sucede de forma completamente natural y basta caminar unos minutos para empezar a entender cómo vive realmente la gente.

Nada más cruzar la entrada me encontré rodeado de puestos repletos de frutas tropicales, verduras, especias, carnes y pescado fresco. Los vendedores no dejaban de conversar con los clientes mientras intentaban atraer a quienes pasábamos por allí, creando ese ambiente caótico y cercano que tanto me gusta encontrar cuando viajo.

Puesto de frutas y vendedores en el Mercado de Quinta Crespo de Caracas
Puesto de frutas y vendedores en el Mercado de Quinta Crespo de Caracas

Como suele ocurrirme casi siempre, tardé muy poco en empezar a hablar con algunos de ellos. Al escuchar mi acento enseguida comenzaron las preguntas: de dónde venía, cuánto tiempo llevaba en Venezuela o qué me estaba pareciendo Caracas. Aquella curiosidad dio paso rápidamente a una conversación espontánea en la que terminaron recomendándome productos típicos, explicándome cómo preparaban algunas recetas e incluso insistiendo para que probara varias frutas que nunca había visto.

Son momentos así los que terminan dando sentido a un viaje. No recuerdo el nombre de todos aquellos puestos ni cuánto costaba cada fruta, pero sí recuerdo perfectamente la cercanía con la que me trataron y la sensación de estar compartiendo un rato con personas que, apenas unos minutos antes, eran completas desconocidas.

Mientras abandonaba Quinta Crespo me di cuenta de que Caracas empezaba a conquistarme de una forma muy distinta a la que esperaba. No lo estaba haciendo por sus monumentos ni por sus edificios históricos. Lo estaba consiguiendo gracias a la naturalidad de su gente, a esas conversaciones improvisadas y a la sensación de que, poco a poco, la ciudad dejaba de tratarme como un visitante para hacerme sentir uno más.

Y fue precisamente esa forma de entender Caracas la que, pocos días después, me llevó a conocer a una persona que terminaría marcando el resto del viaje: Orlando Abreu.

Descubriendo la otra Caracas

Hasta ese momento, Caracas me había sorprendido por muchas cosas. Había disfrutado recorriendo sus calles, perdiéndome entre el bullicio del centro histórico y descubriendo mercados donde el tiempo parecía detenerse entre conversaciones, frutas tropicales y puestos de comida. Sin embargo, yo no había viajado hasta Venezuela únicamente para conocer sus ciudades. Desde que nació Con dos cojones y un bastón, intento aprovechar cada viaje para acercarme a la realidad de la discapacidad visual en otros países y aprender de las personas que la viven en primera persona.

Fue precisamente esa búsqueda la que me llevó hasta Orlando Abreu.

Habíamos contactado días antes a través de las redes sociales. Él ya conocía mi proyecto y, desde el primer momento, se ofreció a enseñarme una Caracas muy distinta a la que aparece en cualquier guía de viaje. No tardé en darme cuenta de que aquel encuentro iba a ser mucho más que una conversación entre dos personas con discapacidad visual. Orlando me estaba abriendo una puerta a una realidad que difícilmente habría conocido caminando solo por la ciudad.

Orlando nació con amaurosis congénita de Leber, una enfermedad degenerativa que le deja aproximadamente un cinco por ciento de visión. A pesar de ello, estudió Comunicación Social y actualmente desempeña el cargo de Coordinador Técnico de Discapacidad del municipio de Baruta. Más allá de su trayectoria profesional, lo que realmente me llamó la atención fue la pasión con la que hablaba de su trabajo y el convencimiento de que todavía quedan muchas cosas por hacer para mejorar la vida de las personas con discapacidad en Venezuela.

Aquella mañana tuve la oportunidad de acompañarlo durante parte de su jornada, conocer a algunos de sus compañeros y descubrir el trabajo que realizan desde el ayuntamiento. Mientras recorríamos las instalaciones, Orlando me iba explicando algunos de los proyectos que impulsan para favorecer la inclusión y eliminar barreras. Escucharlo me hizo comprender que, muchas veces, los avances no dependen únicamente de grandes presupuestos, sino también del compromiso y la iniciativa de personas que creen de verdad en lo que hacen.

Felipe y Orlando durante una visita al Concejo Municipal de Baruta en Caracas
Felipe y Orlando durante una visita al Concejo Municipal de Baruta en Caracas

Terminada la visita nos fuimos todos juntos a almorzar al Restaurante Victoria, propiedad de un buen amigo suyo llamado Pedro. Entre plato y plato la conversación fue derivando hacia temas mucho más personales. Hablamos de viajes, de nuestras experiencias como personas con discapacidad visual, de las diferencias entre España y Venezuela y de todos esos pequeños retos cotidianos que solo entiende quien los vive en primera persona.

Lo curioso es que, en ningún momento, la discapacidad ocupó el centro de la conversación. Como ocurre cuando dos amigos se sientan a compartir una comida, terminamos hablando de la vida, de nuestras aficiones, de proyectos futuros y de un sinfín de anécdotas que poco tenían que ver con la ceguera. Y creo que precisamente ahí reside la verdadera inclusión: cuando la discapacidad deja de ser el tema principal y pasa a formar parte de la persona con total naturalidad.

Salí de aquel restaurante con una sensación difícil de explicar. Había conocido a Orlando hacía apenas unas horas y, sin embargo, tenía la impresión de estar despidiéndome de un amigo al que conocía desde hacía mucho más tiempo. Es curioso cómo algunos viajes consiguen regalarte personas con las que conectas casi desde el primer instante.

Pero Caracas todavía tenía preparada una sorpresa más.

Una tarde que me hizo reflexionar

Unos días después Orlando volvió a escribirme para invitarme a comer con su familia. No era una invitación cualquiera. Significaba entrar en la intimidad de una casa venezolana y compartir una tarde con personas que habían vivido de cerca la evolución de la discapacidad visual en el país durante muchos años.

Acepté sin pensarlo.

Nada más llegar me hicieron sentir como uno más de la familia. Esa hospitalidad tan característica de Venezuela volvió a aparecer desde el primer minuto y, casi sin darme cuenta, la conversación empezó a fluir con absoluta naturalidad.

Pasamos varias horas hablando de cómo había cambiado el país, de las dificultades que atraviesan muchas familias y de la forma en que las personas con discapacidad visual afrontan su día a día. Yo apenas necesitaba hacer preguntas. Prefería escuchar. Cada historia, cada experiencia y cada reflexión me ayudaban a comprender mejor una realidad muy diferente a la que estoy acostumbrado a vivir en España.

Fue durante aquella comida cuando entendí hasta qué punto el apoyo familiar resulta fundamental. En un contexto donde los recursos son mucho más limitados, las familias terminan convirtiéndose en el principal motor para que muchas personas puedan estudiar, trabajar o desarrollar una vida lo más autónoma posible. Aquella conversación no pretendía dar lecciones ni hacer comparaciones entre países. Simplemente me permitió observar otra realidad desde dentro y valorar muchas cosas que, en ocasiones, damos por sentadas.

Cuando me despedí de ellos tuve la sensación de que aquella tarde había sido mucho más enriquecedora que cualquier visita turística. Los monumentos cuentan la historia de un país, pero son las personas quienes te ayudan a comprenderlo de verdad.

Y precisamente cuando pensaba que Caracas ya me había regalado todo lo que podía ofrecerme, apareció uno de esos encuentros que todavía hoy sigo recordando con una sonrisa: conocer a la pequeña Valentina.

Hay encuentros que dan sentido a un viaje

Cuando pensaba que Caracas ya me había regalado todo lo que podía ofrecerme, apareció uno de esos encuentros que todavía hoy sigo recordando con una sonrisa.

Todo comenzó con un mensaje privado de Instagram. Natalia me escribió para contarme que su hija seguía desde hacía tiempo mis viajes y que le haría muchísima ilusión conocerme si finalmente coincidíamos en Caracas. Acepté encantado, aunque en aquel momento no imaginaba que aquella mañana terminaría convirtiéndose en uno de los recuerdos más especiales de todo el viaje.

Quedamos en el Parque Generalísimo Francisco de Miranda, más conocido por todos como Parque del Este. Es uno de los grandes pulmones verdes de Caracas y un lugar donde muchas familias pasan el día paseando, haciendo deporte o simplemente disfrutando de un poco de tranquilidad lejos del tráfico de la ciudad.

Allí conocí a Natalia, a José y a la pequeña Valentina.

Felipe junto a Valentina, Orlando y su familia durante un encuentro en el Parque del Este de Caracas
Felipe junto a Valentina, Orlando y su familia durante un encuentro en el Parque del Este de Caracas

Tenía solo cuatro años y una sonrisa capaz de romper cualquier distancia desde el primer momento. Como cualquier niña de su edad, lo único que quería era jugar, correr de un lado para otro y descubrir todo lo que llamaba su atención. En cuestión de minutos parecía que nos conociéramos desde hacía mucho tiempo.

Mientras caminábamos por el parque, Natalia me fue contando que Valentina tiene baja visión y que desde hacía tiempo seguían mi proyecto a través de las redes sociales. Muchas veces veía mis vídeos con ella y le hablaba de los países que iba recorriendo. Aquellas historias se habían convertido, de alguna manera, en una forma de viajar sin salir de casa.

Reconozco que escuchar aquello me emocionó.

Cuando uno prepara un viaje, escribe durante horas o pasa días enteros editando un vídeo, rara vez piensa en quién puede estar al otro lado de la pantalla. Normalmente nos fijamos en las cifras, en las visitas o en los comentarios, pero pocas veces somos realmente conscientes del alcance que puede tener nuestro trabajo en la vida de otras personas.

Aquella mañana comprendí que, más allá de cualquier número, este proyecto ya había encontrado su verdadero sentido.

Sin embargo, si alguien salió ganando de aquel encuentro, no fui yo.

Fue Valentina quien terminó dándome una lección.

Su manera de afrontar la vida con absoluta naturalidad, las ganas que tenía de descubrir todo lo que encontraba a su alrededor y esa capacidad que tienen los niños para disfrutar de las cosas más sencillas me hicieron recordar por qué empecé a viajar hace ya tantos años. No para coleccionar países ni para tachar destinos de una lista, sino para conocer personas que me ayudaran a entender el mundo desde otra perspectiva.

Pasamos buena parte de la mañana paseando, jugando y conversando con su familia. Fue un encuentro sencillo, sin grandes acontecimientos, pero precisamente por eso terminó siendo tan especial. Hay momentos que no necesitan nada extraordinario para quedarse grabados en la memoria.

Cuando llegó la hora de despedirnos, me marché con la sensación de haber recibido mucho más de lo que yo podía ofrecer. Porque, aunque solemos pensar que quienes viajamos somos los que llevamos historias a otros lugares, la realidad es que casi siempre regresamos a casa cargados de historias que otras personas han escrito para nosotros.

Gracias, Caracas

Cuando preparaba este viaje estaba convencido de que Caracas sería únicamente una parada más dentro de mi recorrido por Venezuela. Mi idea era pasar un par de días, visitar algunos lugares emblemáticos y continuar el camino hacia otros destinos que, sobre el papel, despertaban mucho más mi interés.

Sin embargo, hay ciudades que tienen la extraña capacidad de desmontar todos los planes que uno hace antes de llegar. Poco a poco, casi sin darme cuenta, Caracas fue ocupando un lugar cada vez más importante dentro de este viaje. Primero fueron sus calles llenas de vida, después su gastronomía, sus mercados y su historia. Pero, sobre todo, fueron las personas las que consiguieron cambiar por completo la imagen que tenía de esta ciudad.

Hoy, cuando cierro los ojos y pienso en Caracas, no me vienen a la cabeza edificios, monumentos ni plazas. Lo primero que recuerdo son las conversaciones compartidas alrededor de una mesa, las risas durante una comida improvisada, las historias que me contaron personas que apenas unas horas antes eran completas desconocidas y la enorme generosidad con la que todos ellos me abrieron las puertas de su vida.

Recuerdo a Orlando enseñándome una realidad que difícilmente habría conocido por mi cuenta y haciéndome comprender que detrás de cada avance en accesibilidad siempre hay personas que luchan para que las cosas cambien. Recuerdo la hospitalidad de sus padres, que me recibieron como si nos conociéramos desde hacía años, y también a Natalia, José y a la pequeña Valentina, cuyo entusiasmo terminó recordándome por qué un día decidí empezar este proyecto.

Muchas veces pensamos que viajar consiste en coleccionar destinos, llenar un mapa de países visitados o regresar a casa con cientos de fotografías. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que, al menos para mí, viajar significa algo muy distinto. Significa escuchar historias, comprender otras realidades y permitir que las personas que voy encontrando dejen una pequeña huella en mi forma de ver el mundo.

Llegué creyendo que iba a descubrir una ciudad y terminé descubriendo a muchas personas que, sin saberlo, hicieron que este viaje fuera mucho más especial de lo que jamás habría imaginado. Ellas fueron quienes dieron sentido a cada paseo, a cada conversación y a cada día que pasé aquí.

Al final he comprendido que hay ciudades que se visitan y otras que se sienten. Caracas pertenece a ese segundo grupo. No fueron sus monumentos los que consiguieron conquistarme, sino las personas que encontré por el camino y que hicieron que esta ciudad dejara de ser una simple etapa del viaje para convertirse en uno de los recuerdos más bonitos que me llevo de Venezuela.

Gracias, Caracas, por todo lo que me has dado y por todo lo que he aprendido.

Subir al cerro El Ávila con discapacidad visual

Con Orlando la conexión fue inmediata. Los dos compartíamos esa forma un poco cabezota de enfrentarnos a la vida y las ganas de demostrar que la discapacidad visual no tiene por qué convertirse en una excusa para dejar de hacer cosas. Así que no tardamos demasiado en buscar una nueva aventura juntos.

Quedamos bien temprano en Sabas Nieves, uno de los accesos más conocidos al cerro El Ávila. Nos acompañaban su esposa y Vianney, que terminarían siendo fundamentales durante buena parte del recorrido. La idea era subir caminando, porque hacerlo en teleférico habría sido demasiado fácil para dos personas como nosotros.

Dos senderistas con bastones frente al cartel de entrada al sector Sabas Nieves del Parque Nacional Waraira Repano, antes de subir al cerro El Ávila
Dos senderistas con bastones frente al cartel de entrada al sector Sabas Nieves del Parque Nacional Waraira Repano, antes de subir al cerro El Ávila

Yo iba convencido de que aquello sería poco más que un paseo por el campo. Por eso llevé muy poca agua y un solo bastón de trekking, una decisión de la que empecé a arrepentirme bastante pronto. Nada más cruzar el túnel de entrada, el sendero comenzó a estrecharse y la pendiente fue aumentando poco a poco.

La ruta subía en zigzag y estaba dividida en varios tramos. Las primeras partes fueron relativamente sencillas, pero a medida que ganábamos altura aparecieron pendientes más pronunciadas, raíces, piedras y zanjas que no siempre resultaban fáciles de detectar. No era una ruta de dificultad extrema, pero sí lo bastante exigente como para obligarnos a prestar atención a cada paso.

Senderistas avanzando por un tramo de tierra, piedras y pendiente durante la subida al cerro El Ávila en Caracas
Senderistas avanzando por un tramo de tierra, piedras y pendiente durante la subida al cerro El Ávila en Caracas

La esposa de Orlando y Vianney nos iban indicando dónde apoyar los pies, cuándo aparecía algún desnivel y por qué lado convenía superar los obstáculos. Aun así, hubo momentos en los que tuvimos que aceptar la ayuda de otros senderistas que se cruzaban con nosotros. Lejos de sentirlo como una limitación, lo viví como una muestra más de esa solidaridad espontánea que tantas veces aparece en los caminos.

Orlando y su esposa avanzaban unos metros por delante, mientras Vianney y yo seguíamos a nuestro ritmo. El calor comenzó a apretar y el cansancio fue haciendo mella en nuestras caras. La falta de agua tampoco ayudaba, pero a esas alturas ya no pensábamos en abandonar. Por cabezonería, por orgullo y por el empuje de nuestras acompañantes, continuamos subiendo.

Después de unas dos horas de esfuerzo llegamos finalmente a la parte más alta del recorrido. Estaba agotado, tenía sed y sentía que no podía dar un paso más, pero el abrazo que nos dimos Orlando y yo hizo que todo aquello pasara a un segundo plano. Habíamos conseguido completar juntos una subida que, horas antes, ninguno de los dos tenía demasiado claro cómo terminaría.

Dos senderistas con bastones juntos en la parte alta del cerro El Ávila después de completar la subida, con Caracas al fondo
Dos senderistas con bastones juntos en la parte alta del cerro El Ávila después de completar la subida, con Caracas al fondo

Buscamos una buena sombra y nos sentamos a descansar con Caracas extendiéndose a nuestros pies. Durante unos minutos apenas hablamos. Simplemente disfrutamos de la sensación de haber llegado hasta allí y de ese momento de calma después del esfuerzo.

La bajada fue más llevadera. Elegimos un camino menos técnico y con más sombra, aunque las rodillas empezaron a protestar bastante. Los árboles y el sonido del riachuelo hicieron que el descenso resultara más fresco y agradable, y poco a poco fuimos dejando atrás el cansancio de la subida.

Como dicen muchos montañeros, una cima no termina de conquistarse hasta que se celebra al regresar. Así que nos fuimos a la zona de Bellas Artes, buscamos un pequeño restaurante local y pedimos un cubo de Polarcitas, tequeños y cochino frito. Después de todo lo vivido, aquella comida y aquellas cervezas nos supieron a gloria.

La subida al cerro El Ávila terminó siendo una de las experiencias más intensas de mi paso por Caracas. No solo por la dificultad del recorrido, sino por haberla compartido con Orlando y por demostrar, una vez más, que muchas veces los límites están bastante más lejos de lo que imaginamos.

Canaima y el Salto Ángel: viajar con discapacidad visual hasta el Kerepakupai Vená

Emoción, nervios, ilusión y, cómo no, una noche sin dormir. Mi vuelo salía a las 8:30 y a las seis de la mañana José Manuel ya estaba abajo esperándome para llevarme al aeropuerto de Caracas. Todavía me costaba creer que estuviera delante de aquel mostrador de facturación donde podía leer bien grande una palabra que llevaba demasiado tiempo rondándome la cabeza: Canaima.

No sabía si todavía estaba soñando, pero los dos cafés que llevaba en el cuerpo y aquellos nervios me decían que no. Por si quedaba alguna duda, la chica del mostrador terminó entregándome mi tarjeta de embarque con el asiento 16F. Ahora sí, comenzaba uno de esos viajes que llevaba soñando desde chico.

Canaima y el Salto Ángel: un sueño en Venezuela

Tras poco más de una hora de vuelo, durante la aproximación a Canaima, bajo mis pies comenzó a aparecer un paisaje inmenso, dominado por un verde intenso e infinito y recortado por pinceladas de agua. Mi vista no me permitía apreciar todos sus detalles, pero lo poco que alcanzaba a distinguir era suficiente para saber que estaba entrando en un lugar completamente diferente.

Nada más bajar del avión recibí una bofetada tremenda de humedad y calor. Estaba exactamente donde quería estar, en el Parque Nacional Canaima, situado en el estado Bolívar, al sureste de Venezuela, un territorio de unos 30.000 kilómetros cuadrados declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1994. Entre sus tepuyes, ríos y selvas se encuentra el Kerepakupai Vená, conocido mundialmente como Salto Ángel, con 979 metros de altura.

Viajero con discapacidad visual frente a los tepuyes del Parque Nacional Canaima, Venezuela
Viajero con discapacidad visual frente a los tepuyes del Parque Nacional Canaima, Venezuela

Pero, siendo sincero, en aquel momento las cifras me importaban bastante poco. Había llegado hasta Canaima y tenía cinco días por delante para disfrutar de aquel sueño, alojado en Wakü Lodge en régimen de pensión completa. Junto a toda aquella emoción también apareció algo que no quería ignorar en este relato: tenía miedo de cómo iba a desenvolverme en un terreno así.

Viajar por Canaima con discapacidad visual

Digamos que la selva no es precisamente un terreno amable para una persona con discapacidad visual. Una raíz que no ves, una piedra mojada, un cambio repentino de nivel o simplemente no saber dónde colocar el siguiente pie pueden complicar mucho algo tan sencillo como caminar. Me tocaba poner mis tres sentidos y medio sobre el terreno, confiar y aprender a adaptarme rápidamente.

En ese proceso fueron fundamentales Wakü y, sobre todo, Jorge Luis, mi guía. Encontré en él la confianza y la seguridad que necesitaba para moverme por un entorno que no controlaba. Era un hombre de la selva, de puro corazón, con un enorme conocimiento del territorio y de esos que aman tanto lo que hacen que consiguen transmitírtelo en cada pisada y en cada historia.

Su ayuda no hacía desaparecer las dificultades ni convertía la selva en un lugar accesible, porque no lo era. Simplemente me permitía afrontar cada obstáculo de otra manera. Y precisamente experiencias como esta son las que me han llevado también a interesarme por la realidad de la discapacidad visual en Venezuela, una parte del país que pocas veces aparece en los relatos de viaje.

Viajero con discapacidad visual junto a una cascada durante su recorrido por Canaima
Viajero con discapacidad visual junto a una cascada durante su recorrido por Canaima

Durante aquellos días atravesé cascadas, me sumergí bajo ellas, subí y bajé por rocas resbaladizas y caminé entre pequeñas pozas de agua bajo la presencia de aquellos tepuyes milenarios. Había momentos en los que lo pasaba mal, pero también otros en los que simplemente me sentía vivo y feliz de estar allí.

Todavía faltaba, además, el verdadero objetivo de aquel viaje.

Cinco horas en curiara hacia el Salto Ángel

Trayecto en curiara al amanecer por el río camino del Salto Ángel en Canaima
Trayecto en curiara al amanecer por el río camino del Salto Ángel en Canaima

Al día siguiente, todavía en plena oscuridad, nuestra curiara zarpó y comenzamos a remontar el río. Mientras avanzábamos, Jorge Luis me iba contando historias sobre el Carrao y sobre la vida alrededor de aquella auténtica autopista de aguas negras.

Fueron unas cinco horas navegando entre tramos de aguas tranquilas y otros bastante más movidos, en los que terminábamos empapados. Cuando finalmente alcanzamos el refugio de Wakü, levanté la mirada y allí estaba el motivo por el que había llegado hasta aquel rincón de Venezuela.

El Salto Ángel se escondía parcialmente entre las nubes y apenas me ofrecía una tímida bienvenida. No podía abarcar visualmente toda aquella inmensidad, pero sí alcanzaba a distinguir cómo el agua descendía desde lo alto del tepuy hasta desaparecer entre aquel océano verde. Y aquello que mis ojos no conseguían completar lo hacían mis otros sentidos, porque podía escuchar y sentir su grandeza.

Después de un buen almuerzo no hubo demasiado tiempo para sentimentalismos. Tocaba afrontar la parte más dura del viaje.

Caminar por la selva con baja visión: aquí también sufrí

Jorge Luis y yo nos separamos del resto del grupo para que pudiera avanzar a mi ritmo. Caminábamos al mismo paso, él delante y yo detrás, despacio pero seguros, mientras me iba indicando cada obstáculo y dónde debía colocar el pie.

La vegetación era tan espesa que apenas dejaba pasar la luz y el grito de los guacamayos terminó convirtiéndose en nuestra particular banda sonora. La imagen podía parecer idílica, pero la realidad era bastante más incómoda: la humedad y el calor apretaban, los mosquitos me machacaban y cada zancada exigía más concentración.

Cruzamos pequeños cursos de agua, zonas donde el pie se hundía en el fango hasta el tobillo y auténticas alfombras de raíces y piedras húmedas. También tuve que subir por rocas enormes sin distinguir claramente dónde colocar las manos o los pies. Para alguien con baja visión aquello no era solamente agotador físicamente; también lo era mentalmente, porque tenía que permanecer concentrado prácticamente en cada paso.

Lo pasé mal y hubo momentos en los que estaba cansado y hasta los cojones de la selva. Creo que también es importante contar esa parte, porque viajar con discapacidad visual no consiste únicamente en enseñar la fotografía del objetivo conseguido. Hay miedo, inseguridad, frustración y situaciones en las que te preguntas qué coño haces allí. La selva no era accesible para mí y conseguir avanzar por ella dependía en gran medida de las indicaciones de Jorge Luis y de la confianza que había depositado en él.

Aun así, seguimos caminando.

Frente al Kerepakupai Vená

Después de casi dos horas de duro camino, cuando el cansancio ya empezaba a pasarme factura, Jorge Luis me detuvo en seco, me colocó exactamente en un punto y me pidió que dirigiera la mirada hacia mis doce para después ir levantándola lentamente.

No entendía qué estaba ocurriendo ni qué quería que encontrase allí, pero obedecí. Fui levantando la cabeza despacio, intentando distinguir algo entre la vegetación y las nubes, hasta que poco a poco apareció una forma que mis ojos comenzaron a reconocer.

Entonces lo entendí.

El Kerepakupai Vená estaba delante de mí. Conseguía verlo y, sobre todo, podía escucharlo rugir mientras una sensación difícil de explicar me recorría el cuerpo hasta hacerme brotar una lágrima. Después de todo el barro, las raíces, el calor, los mosquitos, el miedo y el esfuerzo, por fin estaba frente a aquello que llevaba tantos años imaginando.

Viajero con discapacidad visual frente al Salto Ángel o Kerepakupai Vená en Canaima
Viajero con discapacidad visual frente al Salto Ángel o Kerepakupai Vená en Canaima

Todavía quedaba un último tirón. Escalé como pude aquellas rocas finales, muchas veces sin saber muy bien por dónde hacerlo, pero a esas alturas era la emoción la que tiraba de mí.

Media hora a solas con el Salto Ángel

Cuando quise darme cuenta ya estaba sobre la última roca, en aquel que durante unos minutos se convirtió en mi particular trono de piedra. Jorge Luis me esperaba allí y, después de comprobar que estaba bien, hizo algo que nunca olvidaré: se alejó y durante aproximadamente media hora me dejó completamente solo frente al Salto Ángel.

Fue un momento íntimo y difícil de explicar. No dejaba de intentar contemplarlo mientras el rugido del agua me ensordecía y las pequeñas gotas que alcanzaban las rocas terminaban salpicándome la piel. No necesitaba verlo perfectamente para comprender la magnitud del lugar en el que estaba.

Había sufrido para llegar hasta allí, había tenido miedo y la selva me había puesto las cosas muy difíciles, pero precisamente por eso aquella media hora tenía todavía más valor. Durante unos minutos no pensé en discapacidad, accesibilidad ni en demostrar absolutamente nada a nadie. Solo estaba sentado frente al Kerepakupai Vená, intentando guardar aquel momento en una de esas postales sensoriales que después permanecen para siempre en mi memoria.

Gracias a Wakü, a Jorge Luis y también a mi cabezonería, había conseguido hacer realidad algo que soñaba desde chico.

Mérida, Venezuela: cuatro días entre la ciudad y el Páramo

Llevaba ya quince días viajando por Venezuela y este país todavía conseguía sorprenderme. Después de enamorarme del caos de Caracas y de sentir la magia de Canaima y la grandeza del Salto Ángel, tocaba cambiar completamente de paisaje y poner rumbo hacia el oeste, hacia Mérida y el corazón de los Andes venezolanos.

Atrás quedaba mi viaje por Canaima y el Salto Ángel, la selva, la humedad y los tepuyes. Por delante me esperaban montañas, clima andino, lagunas cubiertas por la niebla y una ciudad situada entre la Sierra Nevada y la Sierra de La Culata que parecía vivir a un ritmo completamente diferente.

Mérida es tranquila y relajada. No tiene nada que ver con el ritmo de Caracas y precisamente por eso me enganchó tanto. Estuve cuatro días y, aunque el Páramo da para dedicarle bastante más tiempo, creo que es una buena cantidad de días para conocer la ciudad y descubrir una parte de los Andes sin tener que ir corriendo de un lugar a otro.

De Caracas a Mérida: cuando trece horas se convierten en veintitrés

Llegar hasta Mérida también terminó formando parte de la aventura. Lo que en principio iba a ser un viaje en autobús de unas trece horas desde la Terminal de La Bandera, en Caracas, acabó convirtiéndose en veintitrés debido a una crecida de los ríos que había afectado a un puente e impedía continuar por la carretera.

Son esas cosas que ocurren cuando viajas y que rompen cualquier planificación. Y para qué os voy a engañar, muchas veces incluso las disfruto, por mucho que después de tantas horas mi espalda y mi culo opinen exactamente lo contrario.

Cuando finalmente llegué a la terminal de Mérida con unas diez horas de retraso, allí seguía esperándome Patricia con una enorme sonrisa. Peruana de nacimiento y residente en Venezuela desde hacía casi veinticinco años, era también una mujer de mundo, así que conectamos rápidamente y aquella primera noche terminó entre conversaciones que se alargaron hasta tarde y unas cuantas polarcitas.

Un problema con el agua de la posada donde debía alojarme hizo que terminara durmiendo aquella noche en su apartamento, rodeado de plantas y con unas vistas hacia las montañas que acompañaron perfectamente mi café negro sin azúcar de la mañana siguiente.

Mérida, una ciudad que vive a otro ritmo

Una de las primeras cosas que noté al caminar por Mérida fue la tranquilidad. Después del tráfico, los sonidos y el ritmo frenético que había vivido en Caracas, moverme por aquí era otra historia.

Eso no significa que encontrase una ciudad perfectamente accesible. Las aceras del centro eran estrechas, irregulares y estaban llenas de pequeñas sorpresas en forma de escalones y desniveles que me obligaban a prestar atención. Aun así, había bastante menos tráfico y el ritmo cotidiano era mucho más relajado, algo que para mí, viajando con discapacidad visual, marcaba una diferencia enorme.

Viajando con discapacidad visual y bastón por Mérida, Venezue
Viajando con discapacidad visual y bastón por Mérida, Venezue

Podía caminar con más calma, detenerme cuando lo necesitaba y prestar atención a lo que sucedía alrededor sin tener continuamente la sensación de estar luchando contra la ciudad. Me sentía cómodo y bastante seguro moviéndome por sus calles.

Esta experiencia complementa lo que cuento en Discapacidad visual en Venezuela, donde profundizo en las barreras y en la realidad que fui encontrando durante aquellos días viajando por el país.

Las calles del centro tenían casas bajas, fachadas claras y postes eléctricos unidos entre sí por una enorme telaraña de cables. Entre ellas aparecían tiendas de frutas, puestos de chicha andina y negocios de los que, inevitablemente, salía ese canto de sirena en forma de reguetón.

Caminar por el centro de Mérida

Como antigua ciudad colonial, la Plaza Bolívar continúa siendo uno de los corazones de Mérida. Está rodeada de edificios antiguos, pequeñas calles, museos y la catedral, conservando parte de ese aire de otra época.

Pero mi favorita era la Plaza Las Heroínas, siempre llena de vida y situada junto a uno de los lugares más conocidos de la ciudad: el teleférico. Los fines de semana, los comercios y puestos de comida daban todavía más ambiente a la zona.

Allí encontré las tortas que preparaba la madre de Juan: de alfajor con arequipe, Oreo con chocolate negro, fresas con crema… y obviamente no iba a marcharme de allí con las manos vacías. Me llevé un par de trozos.

Otra de mis paradas obligatorias fue el Mercado Principal de Mérida. Venía de enamorarme del bullicio de Quinta Crespo en Caracas y este mercado era completamente diferente, mucho más sosegado y ordenado, pero también lleno de hortalizas, frutas y productos típicos de los Andes.

Entre puesto y puesto, al fondo de uno de los pasillos, descubrí un pequeño restaurante con apenas cuatro mesas y una vitrina llena de comida. No sabía qué pedir, pero la camarera debió verme en los ojos las ganas que tenía de comer y decidió por mí: una pisca andina con arepa y queso y, de segundo, un pasticho.

Comiendo pasticho en el Mercado Principal de Mérida, Venezuela
Comiendo pasticho en el Mercado Principal de Mérida, Venezuela

Solo os digo que aquella noche no pude cenar. Iba a reventar, pero todavía recuerdo lo deliciosa que estaba aquella pisca.

Pastelitos andinos, pisca y una heladería muy particular

Comer también es una forma de conocer un lugar y Mérida me lo puso bastante fácil.

Patricia me había recomendado Pastelitos La Parroquia, donde desayuné algunos de los mejores pastelitos andinos y empanadas de pabellón que probé durante el viaje, acompañados de una taza grande de café y un juguito de papelón con limón.

A eso había que añadir la pisca andina del mercado, las tortas y una de las curiosidades gastronómicas más conocidas de Mérida: la Heladería Coromoto, famosa por haber conseguido un récord Guinness gracias a la enorme variedad de sabores que llegó a ofrecer.

Y algunos eran realmente extraños.

Subir al Teleférico de Mérida

Pero no todo iba a ser comer. Una de las experiencias que tenía marcadas era subir al Teleférico Mukumbarí de Mérida, uno de los grandes símbolos de la ciudad y una de las formas más espectaculares de adentrarse en las alturas de Sierra Nevada.

Cuando yo estuve allí, el sistema se encontraba parcialmente operativo por trabajos de mantenimiento y solamente pude completar una parte del recorrido. Fue una pequeña decepción, pero me bastó para contemplar Mérida desde las alturas, tomarme una cerveza bien fría y sentir ese frescor andino mientras el sol seguía pegando con fuerza.

Teleférico Mukumbarí de Mérida durante mi viaje por Venezuela
Teleférico Mukumbarí de Mérida durante mi viaje por Venezuela

El sistema completo conecta la ciudad de Mérida con Pico Espejo, a unos 4.765 metros de altitud. Su funcionamiento ha atravesado diferentes periodos de mantenimiento, por lo que recomiendo comprobar siempre la información oficial antes de organizar la visita.

Y hablando de alturas y frío, lo que realmente terminó de conquistarme estaba fuera de la ciudad.

El Páramo de Mérida: donde empieza otro viaje

Si Mérida ya me había conquistado por su tranquilidad y por ese ritmo pausado que parecía encajar conmigo, todavía me faltaba descubrir lo que para mí terminó siendo lo mejor de aquellos cuatro días: el Páramo.

Siempre he pensado que el frío, la lluvia y la niebla le dan a la montaña un encanto especial. No necesito un cielo azul para disfrutar de ella; casi al contrario. Cuando las nubes bajan, el paisaje desaparece por momentos y el frío empieza a meterse en el cuerpo, siento que la montaña se vuelve mucho más auténtica. Y eso fue precisamente lo que encontré en los páramos de Mérida.

Para recorrerlos contratamos a un guía local que nos llevó en su coche durante todo el día. Nada más dejar atrás la ciudad, la carretera comenzó a ganar altura entre curvas y el paisaje fue cambiando poco a poco. Por el camino atravesábamos pequeños pueblos de montaña, casas con fachadas de piedra y negocios donde los carteles anunciaban fresas con crema y chocolate caliente. Cuanto más subíamos, más bajaba la temperatura y más tenía la sensación de estar entrando en otra Venezuela completamente diferente a la que había conocido hasta entonces.

Una de las primeras paradas fue Musuy, donde se encuentran unas aguas termales escondidas en plena montaña.

Las aguas termales de Musuy

Llegar hasta las aguas termales de Musuy requería caminar y, con mi discapacidad visual, sabía que aquella parte del recorrido iba a exigirme bastante más atención. Con la ayuda del guía comenzamos una caminata de aproximadamente una hora que arrancó con una subida capaz de dejarme sin aliento y continuó después por una zona elevada, siguiendo la cresta de la montaña.

Aguas termales de Musuy en el Páramo de Mérida, Venezuela
Aguas termales de Musuy en el Páramo de Mérida, Venezuela

Allí apareció el vértigo. Tenía todo el Páramo extendiéndose a mi alrededor, pero yo prefería concentrarme únicamente en el terreno y en dónde iba a colocar el siguiente pie. En algunos tramos, mirar demasiado hacia los lados no era precisamente una buena idea, así que avancé pendiente del camino y pensando en una sola cosa: llegar hasta aquellas aguas termales y meterme dentro.

Cuando finalmente llegué, encontré el agua humeante en mitad de las montañas y entendí inmediatamente por qué había merecido la pena el esfuerzo. Fuera hacía frío, pero dentro del agua la sensación era completamente diferente. Me quedé allí, en remojo, contemplando aquel paisaje y disfrutando de uno de esos momentos del viaje en los que no necesitas hacer absolutamente nada más.

Después de la subida, del vértigo y de estar pendiente de cada paso, poder quedarme simplemente dentro del agua caliente, rodeado por el Páramo, fue una auténtica recompensa. Si hubiera dependido de mí, probablemente habría pasado allí el resto del día.

Pero había que continuar.

Mucubají, niebla y la Loca Luz Caraballo

Dejamos atrás Musuy y volvimos a la carretera para seguir ganando altura. El frío aumentaba y el Páramo seguía regalándonos pequeñas paradas por el camino. Encontramos una preciosa capilla de piedra donde unos niños recitaban su historia en verso a cambio de una propina, y también conocí la figura de la Loca Luz Caraballo, uno de esos personajes en los que la historia, la poesía y la tradición popular terminan mezclándose hasta formar parte del propio paisaje de los Andes venezolanos.

Y entonces llegamos a la Laguna de Mucubají.

Laguna de Mucubají entre la niebla en el Páramo de Mérida
Laguna de Mucubají entre la niebla en el Páramo de Mérida

 La niebla cubría buena parte del paisaje y la laguna aparecía y desaparecía entre la bruma. Aquel ambiente, unido al frío, la humedad y las historias de duendes traviesos que forman parte del imaginario del Páramo, hacía que el lugar tuviera algo de misterioso. No era una de esas estampas perfectas de montaña con cielo azul y sol radiante; era justamente todo lo contrario, y quizás por eso me gustó tanto.

Mientras caminaba por allí pensaba que hay lugares que necesitan buen tiempo para enseñar su mejor cara, pero Mucubají no era uno de ellos. La niebla le sentaba bien. El frío le sentaba bien. Incluso la lluvia parecía formar parte de aquel paisaje.

Y cuanto peor se ponía el tiempo, más me gustaba el Páramo.

Quizás por eso, cuando regresé a Mérida, tuve todavía más claro que aquella ciudad y aquellas montañas estaban hechas un poquito para mí.

Cuatro días en una Mérida hecha para mi ritmo

Después de cuatro días entendí por qué Mérida me había enganchado tanto. No era solamente por las montañas, el teleférico, la comida o el Páramo, sino por una forma de vivir que parecía encajar especialmente bien conmigo.

Después de tantos días atravesando Venezuela, allí encontré una ciudad en la que podía caminar más tranquilo, detenerme, hablar con la gente y descubrirla sin sentir que tenía que correr detrás de ella. Mérida parecía ir a mi velocidad y quizás por eso me marché con la sensación de que aquella ciudad estaba hecha un poquito para mí.

Ojalá algún día la vida me lleve de nuevo hasta los Andes venezolanos, porque todavía me queda muchísimo Páramo por conocer.

Pero como siempre digo, el viaje continúa. Dejaba atrás el frío de Mérida y ponía rumbo hacia un paisaje completamente diferente, buscando pueblos serranos, calor y otra cara de Venezuela: mi viaje por el estado Falcón.

Falcón, Venezuela: de la sierra de Churuguara al Caribe

Dejo atrás el frío de los Andes y Mérida, donde había pasado los últimos días recorriendo la ciudad y el páramo, para adentrarme en el estado Falcón, una tierra que terminaría sorprendiéndome por sus contrastes. Durante los siguientes días viajaría desde los pueblos de su sierra hasta el Caribe, pasando por Coro, la Península de Paraguaná, Adícora y los Médanos de Coro. Pero antes de buscar playas, arena y mar quería conocer otra Venezuela: la de los pueblos pequeños, las carreteras secundarias y esos lugares a los que casi nunca se llega con prisas.

Podría haber buscado el camino más rápido, pero habría ido en contra de mi manera de viajar. Me gusta moverme despacio, dejar espacio para lo inesperado y conocer los lugares a través de su gente. Y en Falcón esa forma de viajar acabaría regalándome algunos de los momentos más especiales de todo mi recorrido por Venezuela.

Churuguara: viajar despacio por la sierra de Falcón

Llegar a Churuguara no fue precisamente rápido. Después de unas nueve horas de autobús desde Mérida y de atravesar varias alcabalas, llegué a Barquisimeto, donde tenía que cambiar el autobús por uno de esos carros compartidos que no salen cuando marca un reloj, sino cuando están llenos. Aproveché para reponer fuerzas con empanadas y café, aunque todavía me quedaban otras cinco horas de espera hasta que por fin estuvimos todos y comenzamos a rodar por carreteras maltrechas, llenas de curvas y rodeadas de un paisaje que hacía olvidar el cansancio.

Mi cara empezó a cambiar cuando el conductor me avisó de que estábamos llegando a Churuguara. Me encontré con un pueblo serrano rodeado de cerros verdes, calles con cuestas que quitaban el aliento y pequeñas casas blancas, pero lo que hizo especial aquel lugar no fue solamente lo que encontré al llegar, sino todo lo que ocurrió después.

Una de las cosas que más me gusta de mi manera de viajar es no tener demasiada prisa. En parte tiene que ver con mi forma particular de percibir el mundo y en parte simplemente con mi manera de entender los viajes. Necesito tiempo para escuchar, preguntar, tocar, orientarme y conocer a las personas que tengo alrededor. Viajar con discapacidad visual también me ha enseñado que muchas veces lo verdaderamente interesante aparece cuando uno deja de correr de un monumento a otro.

Por eso hay lugares en los que pienso quedarme un par de días y termino perdiendo la cuenta, y Churuguara fue uno de ellos. Las mañanas tenían un ritmo tranquilo, con los vecinos sentados en los bancos de la plaza conversando e intentando arreglar el mundo a su manera. A mí me encantaba acercarme, escuchar, compartir unas palabras y aprender de esa forma tan cercana que tenían de entender la vida.

También estaban las visitas a las pastelerías para comprar pastas secas, pan de azúcar o una tarta de manzana y llevárselos después a casa de algún vecino para compartirlos alrededor de una taza de café. Las puertas parecían permanecer siempre abiertas y la gente entraba y salía de las casas para saludar, conversar o llevar alguna cosa a un amigo. Las tardes cambiaban el ritmo y llegaban la música y la alegría, hasta que poco a poco dejé de sentirme como alguien que estaba simplemente de paso.

Compartiendo con vecinos de Churuguara durante mi viaje por Falcón, Venezuela
Compartiendo con vecinos de Churuguara durante mi viaje por Falcón, Venezuela

Allí celebré también mi 43 cumpleaños, rodeado de personas a las que poco tiempo antes ni siquiera conocía. Sentirme querido estando tan lejos de casa convirtió aquel día en uno de los recuerdos más especiales del viaje y explica por qué, cuando llegó el momento de marcharme, Churuguara había dejado de ser una parada en mi ruta para convertirse durante unos días en mi casa.

De Churuguara a la Península de Paraguaná

Con los primeros rayos de sol dejé la sierra y puse rumbo hacia la Península de Paraguaná. Después de tantos días entre montañas, ahora sí iba buscando el Caribe, sus playas y ese calor abrasador que en Falcón parece acompañarte a todas partes.

Punto Fijo se convirtió durante unas semanas en mi base para descansar, trabajar y seguir recorriendo la península. No fue precisamente el lugar que más me sorprendió por su belleza, pero una vez más fueron las personas las que terminaron dando sentido a la parada. También aproveché para acercarme a Carirubana y conocer algunas de sus playas antes de continuar hacia una ciudad que tenía muchas ganas de descubrir: Coro.

Calle de Punto Fijo durante mi recorrido por la Península de Paraguaná, Falcón
Calle de Punto Fijo durante mi recorrido por la Península de Paraguaná, Falcón

Coro: historia, colores y patrimonio de Venezuela

Llegué a Coro cuando comenzaba a caer la tarde, acompañado por ese calor pegajoso que deja la lluvia tropical. Dejé la mochila en la posada y, aunque estaba oscureciendo, no pude resistirme a salir. Había escuchado hablar tantas veces de su centro histórico que no quería acostarme sin tener un primer contacto con la ciudad.

Las calles estaban casi vacías y la oscuridad hacía que caminara con más atención. Con mi discapacidad visual, moverme de noche por una ciudad desconocida suele obligarme a extremar las precauciones, pero aquel primer paseo me resultó bastante más tranquilo de lo esperado. Las aceras que recorrí estaban relativamente despejadas y, a lo lejos, conseguía distinguir un campanario iluminado que utilicé como referencia para orientarme.

Siguiendo aquellas luces llegué hasta la iglesia de San Francisco. Unos feligreses me indicaron cómo continuar hasta la Catedral y, siguiendo sus explicaciones, terminé encontrándola completamente iluminada. Entre las luces, los colores y la tranquilidad de aquellas calles casi vacías regresé a la posada deseando que amaneciera para volver a recorrerlas.

No eran ni las seis y media cuando ya estaba otra vez en la calle. Con la luz natural, el centro histórico parecía otro lugar. Las luces de la noche habían dejado paso a fachadas blancas, azules, rojas, verdes y tonos cálidos. Volví a pasar por San Francisco, recorrí las calles empedradas y terminé nuevamente frente a la Catedral, mientras la plaza Bolívar empezaba a llenarse de vecinos que ocupaban sus bancos para conversar.

Viajero con discapacidad visual recorriendo las calles coloniales de Coro, Venezuela
Viajero con discapacidad visual recorriendo las calles coloniales de Coro, Venezuela

Mientras caminaba todavía desconocía buena parte de la historia que tenía bajo mis pies. Santa Ana de Coro fue fundada en 1527 y es una de las primeras ciudades coloniales de Venezuela. Su arquitectura combina tradiciones constructivas locales con influencias mudéjares españolas y neerlandesas, una singularidad que contribuyó a que Coro y su puerto de La Vela fueran declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1993.

Yo desconocía muchos de esos detalles mientras paseaba por allí. Simplemente estaba disfrutando de una ciudad que despertaba poco a poco y que me apetecía recorrer sin demasiados planes. Siguiendo el movimiento de la gente terminé llegando hasta el Mercado Viejo, donde las voces de los vendedores llegaban desde diferentes direcciones y se pisaban unas con otras.

Los mercados son lugares que disfruto especialmente por mi manera de percibir los viajes. No necesito distinguir perfectamente cada puesto para entender lo que ocurre a mi alrededor. Esas voces, los sonidos y el movimiento terminan construyendo en mi cabeza una de esas postales sensoriales que después permanecen asociadas para siempre a un lugar.

Puesto de frutas y alimentos en el Mercado Viejo de Coro, Venezuela
Puesto de frutas y alimentos en el Mercado Viejo de Coro, Venezuela

Después de recorrer el mercado y tomarme un jugo frío de melón, regresé a recoger la mochila. Tenía que dirigirme a la terminal porque aquel día continuaba hacia Adícora. La buseta salía a la una, aunque pronto descubrí que aquello era bastante relativo: saldría cuando estuviera llena. Mientras esperábamos, vendedores, músicos y personas recitando pasajes de la Biblia entraban y salían entre los pasajeros hasta convertir la espera en otra pequeña escena cotidiana del viaje.

Adícora: tranquilidad y vida de pueblo pesquero

Después de un trayecto que parecía no terminar nunca, llegué a Adícora, un pequeño pueblo pesquero de la Península de Paraguaná donde el bulevar, la playa y sus casas de colores parecían moverse a un ritmo completamente diferente.

Adícora es conocida por sus playas y sus fuertes vientos, pero yo no había llegado buscando deportes acuáticos. Lo que encontré fue un pueblo marinero que todavía mantenía una estrecha relación con la pesca y con el Caribe, y precisamente esa tranquilidad fue lo que más terminé disfrutando.

Una mañana salí a caminar antes de que amaneciera. Había estado lloviendo, las calles seguían llenas de charcos y apenas había gente. Caminé por el bulevar hasta llegar al antiguo faro de Adícora y después continué entre las casas hasta una zona utilizada como pequeño varadero. Allí me explicaron que estaban esperando la única lancha que había salido a faenar durante la noche.

Poco a poco fueron acercándose más vecinos hasta que alguien me avisó de que la lancha ya aparecía en la distancia. A mí me costaba distinguirla, pero aquel pequeño punto que me señalaban fue creciendo hasta detenerse cerca de la orilla. Los pescadores comenzaron a descargar su captura mientras la gente esperaba para comprar pescado recién salido del mar. Aquella mañana no necesitaba ninguna gran atracción turística: observar la rutina de un pueblo pesquero y terminar comiendo pargo fresco a la plancha fue suficiente.

Pescadores y embarcaciones en la playa de Adícora, Península de Paraguaná
Pescadores y embarcaciones en la playa de Adícora, Península de Paraguaná

Pasé varios días en Adícora haciendo algo que también forma parte de viajar: parar. Me sentaba en el muro del bulevar frente al mar y dejaba pasar las horas intentando ordenar todo lo vivido durante aquellos meses. Necesitaba desconectar del movimiento de las ciudades y volver a encontrarme con ese mar que siempre ha tenido una capacidad especial para recargarme.

Los Médanos de Coro: caminar entre dunas al atardecer

La primera vez que vi los Médanos de Coro ni siquiera iba hacia ellos. Los descubrí desde la buseta camino de Adícora, cuando la carretera comenzó a atravesar enormes paredes de arena y comprendí que detrás se extendía un paisaje de dunas que inmediatamente despertó mi curiosidad.

El Parque Nacional Médanos de Coro protege uno de los paisajes más singulares de Venezuela y se extiende por el istmo que comunica el territorio continental con la Península de Paraguaná. Sus dunas cambian de forma y posición por la acción de los vientos alisios y, cuando las vi por primera vez, pensé inevitablemente en el desierto y en esa conexión especial que siempre he sentido con los grandes paisajes de arena.

Por eso regresé acompañado de Anny, Zavala y Vianney cuando el calor empezaba a bajar. En un lugar como los Médanos, mi discapacidad visual cambia bastante la manera de experimentar el paisaje. No puedo abarcar con la vista la extensión de las dunas como puede hacerlo otra persona, pero eso no significa que el lugar pierda fuerza; simplemente lo percibo de otra manera.

Caminar sobre la arena obliga a prestar atención a cada paso. El terreno cede bajo los pies, aparecen pendientes irregulares y el viento se convierte en una referencia constante. A eso se suman la temperatura de la arena y esa sensación particular de avanzar sobre un terreno que nunca termina de ser estable.

Atardecer en los Médanos de Coro durante mi viaje con discapacidad visual por Falcón
Atardecer en los Médanos de Coro durante mi viaje con discapacidad visual por Falcón

Fuimos subiendo mientras el sol comenzaba a bajar hasta que me senté sobre la arena para disfrutar del atardecer. Sentía el viento, la arena bajo mis pies y el cambio de temperatura mientras Anny, Zavala y Vianney completaban con sus palabras aquello que mis ojos no alcanzaban a distinguir. Esa combinación entre lo que todavía puedo ver, lo que escucho, lo que siento y lo que otras personas me describen es precisamente mi manera de construir muchos recuerdos de viaje.

Los Médanos terminaron convirtiéndose en una de esas postales sensoriales que permanecen en mi cabeza mucho después de abandonar un lugar.

La Vela de Coro: historia frente al Caribe

Antes de despedirme de Coro todavía quería conocer La Vela y su paseo junto al Caribe. Nada más llegar recorrí el bulevar hasta alcanzar la playa, donde fui buscando otro de esos atardeceres que tanto había disfrutado durante mis días en Falcón.

Atardecer frente al Caribe en La Vela de Coro, estado Falcón, Venezuela
Atardecer frente al Caribe en La Vela de Coro, estado Falcón, Venezuela

La Vela lleva siglos conectada con el Caribe y comparte con Coro la declaración de Patrimonio Mundial de la UNESCO. También ocupa un lugar importante en la historia venezolana por su relación con la expedición de Francisco de Miranda de 1806. Reconozco que me quedé con ganas de conocer mejor su casco histórico, pero aquella tarde preferí simplemente acercarme hasta la arena, disfrutar del ambiente y contemplar cómo terminaba el día frente al mar.

En los viajes siempre quedan lugares pendientes y he aprendido que tampoco pasa nada. Intentar verlo absolutamente todo muchas veces significa no disfrutar realmente de nada.

Cuando viajar por Venezuela se complicó

Mi intención era continuar hacia Chichiriviche y conocer el Parque Nacional Morrocoy, pero llevaba varios días intentando resolver un problema que cada vez se hacía más complicado: apenas me quedaba dinero en efectivo.

Durante aquel viaje comprobé las dificultades que podía encontrar un extranjero para utilizar una tarjeta internacional y conseguir efectivo en determinadas circunstancias. Intenté buscar diferentes soluciones, pero entre largas esperas y unas comisiones que terminaron siendo demasiado elevadas llegó un momento en el que continuar dejó de ser razonable.

En medio de aquella situación también apareció nuevamente lo mejor del viaje. Vianney se volcó buscando soluciones y Domingo y Nélida, desde la Posada Da Domenico de Coro, me dieron apoyo y tranquilidad cuando empezaba a pensar que no encontraría una salida. Al final recuerdo mucho más a las personas que intentaron ayudarme que el propio problema.

Después de varios intentos tuve que aceptar que mi recorrido por Venezuela terminaba allí. Me dio rabia porque todavía quería conocer Morrocoy, pero pocas horas después ya estaba sentado en un autobús camino de la frontera. No era el final que había imaginado, aunque tampoco iba a permitir que aquel contratiempo borrara todo lo vivido.

Mi experiencia viajando por Falcón

Había llegado a Falcón desde Mérida buscando calor y mar y terminé encontrando mucho más. Churuguara me recordó que algunos lugares se quedan contigo principalmente por las personas; Coro me permitió caminar por siglos de historia; Adícora me devolvió durante unos días la tranquilidad del mar, y los Médanos me regalaron uno de esos paisajes que puedo seguir sintiendo incluso cuando cierro los ojos.

Viajar con discapacidad visual hace que muchas veces construya los recuerdos de una manera diferente. Hay lugares que recuerdo por una voz, otros por un olor, por la textura del suelo, por el viento o por alguien que se tomó unos minutos para describirme aquello que mis ojos no podían alcanzar.

En Falcón tuve un poco de todo eso. Me marchaba de Venezuela con un pellizco en el estómago por cómo habían terminado aquellos últimos días, pero también con la satisfacción de haber recorrido un país que me había regalado experiencias difíciles de olvidar y, sobre todo, personas maravillosas que todavía forman parte de mis recuerdos.

Porque viajar es mucho más que ver, viajar es sentir.

Si quieres seguir viajando conmigo por Latinoamérica, puedes continuar con mi viaje por Colombia a través de los sentidos.

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