Viaje por Colombia a través de los sentidos

Colombia - Con dos cojones y un bastón

Apartados

Santander: la puerta de entrada a mi viaje

¡Hola, Colombia!

Mi llegada a Colombia no fue precisamente tranquila. Dejaba atrás Venezuela después de unos días intensos y una salida bastante estresante, de esas que también forman parte de los viajes y que, cuando pasa el tiempo, terminan convirtiéndose en otra historia que contar.

Después de 23 horas de autobús, un cruce de la frontera colombo-venezolana y una carretera interminable de curvas —de las que mi estómago todavía se acordaba—, llegué por fin a Bucaramanga. Venía cansado, pero no solo físicamente. Necesitaba digerir todo lo vivido en Venezuela, dejar reposar las emociones y acostumbrarme a la idea de que acababa de empezar una nueva etapa del viaje.

Colombia estaba delante de mí.

Y, una vez más, ese guionista invisible que parece acompañarme por el mundo tenía preparado uno de sus giros. Esta vez el regalo llegó en forma de hostel.

Bucaramanga: mi primera parada en Colombia

Hay hostales que sirven para dormir y otros que terminan formando parte del viaje. El Zamia fue de los segundos. A veces, personas que llegan desde lugares distintos, con edades y vidas que nada tienen que ver, coinciden durante unos días y surge entre ellas una conexión difícil de explicar.

Allí aparecieron Dani, mi chilena favorita y alma gemela viajera; Andreilla, una caleña que me robó la sonrisa con su cariño y su bendita locura; y Elisa, dulzura personificada y responsable, en buena parte, de que todos aquellos universos viajeros acabaran conectando. Yo todavía no lo sabía, pero algunos de ellos iban a dejar su huella en mi paso por Santander. Especialmente Dani, que días después sería la culpable de cambiar mis planes y mandarme hacia uno de esos lugares que uno termina recordando mucho tiempo después de regresar a casa.

Pero antes tocaba descubrir Bucaramanga.

Los primeros días me costó acostumbrarme a su bullicio. Tenía algunos lugares que quería conocer, pero pocas ganas de caminar pendiente de un mapa en el teléfono. Prefería dejarme llevar, bastonear sus calles y preguntar cuando ya no supiera por dónde continuar. Es una de las cosas que más me gustan al llegar a una ciudad desconocida: caminar sin demasiadas instrucciones y permitir que sea ella la que poco a poco se vaya presentando.

Así fui llegando a rincones como la iglesia de San Laureano, después de seguir las indicaciones de un señor con el que me crucé por el camino, o a plazas donde las palomas parecían las verdaderas propietarias mientras los vendedores de raspaditos refrescaban las mañanas. Bucaramanga empezaba a resultarme cada vez más familiar y yo comenzaba a cogerle el pulso a una ciudad que, apenas unos días antes, me parecía completamente ajena.

Felipe Gutiérrez con su bastón blanco y rojo frente a la iglesia de San Laureano en Bucaramanga
Felipe Gutiérrez con su bastón blanco y rojo frente a la iglesia de San Laureano en Bucaramanga

Hasta que se me ocurrió ir al mercado.

Llevaba un rato caminando con una única referencia en la cabeza: llegar a ese lugar donde, según me habían contado, se concentraba buena parte del movimiento de la ciudad. A medida que avanzaba aumentaban las voces, los motores y el trasiego de gente. Las aceras fueron desapareciendo bajo cajas de frutas y puestos improvisados hasta convertirse en una estrecha frontera entre vendedores, coches, motos y autobuses.

Puestos de fruta, vendedores, motos y tráfico en los alrededores del mercado de Bucaramanga
Puestos de fruta, vendedores, motos y tráfico en los alrededores del mercado de Bucaramanga

Cada vez tenía menos espacio para caminar y todavía menos para mover el bastón.

Quería disfrutar de aquel caos, grabar algunas imágenes y detenerme en todo lo que ocurría a mi alrededor, pero acabé más preocupado por no tropezar o terminar delante de un coche que por saborear el momento. Los sonidos llegaban desde todas partes, la gente cruzaba por cualquier sitio y encontrar una referencia clara con el bastón se convertía en un pequeño desafío a cada paso.

Era una auténtica bomba para los sentidos.

Lo más gracioso fue descubrir que todo aquello ni siquiera era el mercado. Eran sus alrededores.

Cuando finalmente conseguí entrar, decidí que ya había tenido suficientes emociones por aquella mañana. Busqué dónde sentarme y pedí un caldo de carne acompañado de una arepita y un café. Después de semejante batalla callejera, aquel desayuno supo casi a recompensa.

Bucaramanga, sin embargo, no estaba en mi camino únicamente para descansar y hacer turismo. Había una razón mucho más personal para detenerme allí. Años atrás, las redes sociales habían cruzado mi camino con el de una persona con la que compartía mucho más de lo que entonces imaginaba. Durante todo aquel tiempo habíamos hablado desde la distancia; ahora, por fin, la vida nos había colocado en la misma ciudad.

Se llamaba Johan Neira.

Y había llegado el momento de bastonear juntos Bucaramanga.

Bastoneando Bucaramanga junto a Johan

Johan Neira es de Barrancabermeja, aunque vive en Bucaramanga, y fue una de esas personas que conocí mucho antes de poder darle un abrazo. Las redes sociales habían cruzado nuestros caminos años atrás y, con el tiempo, fui descubriendo que detrás de aquella pantalla había una historia que, salvando las distancias, tenía bastante que ver con la mía.

Licenciado en Derecho, deportista, hincha del América y con el rock corriéndole por las venas, Johan tuvo que aprender a vivir de otra manera cuando su visión comenzó a apagarse. No fue un proceso fácil. De repente tuvo que enfrentarse a una realidad desconocida, rehacer parte de su vida y aprender algo que quienes hemos pasado por una situación parecida conocemos bien: cuando los ojos dejan de darte todas las respuestas, toca empezar a buscarlas de otra forma.

Quizás por eso conectamos desde el principio.

Felipe Gutiérrez junto a Johan Neira durante su encuentro en Bucaramanga
Felipe Gutiérrez junto a Johan Neira durante su encuentro en Bucaramanga

Nuestros caminos tenían ciertos paralelismos. En mi caso, marcharme solo durante dos meses a Tailandia había sido una manera bastante peculiar de enfrentarme a mi nueva realidad visual y comprobar hasta dónde podía llegar. Johan también tuvo que abandonar la protección de casa y marcharse a la ciudad para aprender a desenvolverse con su nueva forma de ver el mundo. En el deporte encontró una válvula de escape; en el América, una pasión; y en la música, uno de esos compañeros que nunca preguntan demasiado y siempre están ahí.

Pero una cosa era conocer su historia desde la distancia y otra muy diferente caminar a su lado.

Durante los tres días que pasé en su casa, Johan se convirtió en mi guía por su barrio, por la universidad y por esa Bucaramanga que él conoce de memoria. Me sorprendió especialmente su capacidad para orientarse. Caminábamos bastón en mano por unas calles que no siempre lo ponen fácil y donde las aceras pueden convertirse en una sucesión de escalones, árboles, vendedores ambulantes, obstáculos y alguna que otra sorpresa.

Hubo momentos en los que terminábamos caminando por la calzada porque, por absurdo que pueda parecer, resultaba más sencillo seguir una trayectoria clara sorteando coches que intentar descifrar todo lo que aparecía sobre determinadas aceras.

Bastonear juntos Bucaramanga terminó siendo una de las mejores formas de conocerlo.

No solo porque Johan me enseñaba su ciudad, sino porque mientras caminábamos compartíamos trucos, experiencias y esa manera tan nuestra de interpretar un espacio a través del bastón, los sonidos y las referencias que vamos encontrando por el camino. Dos personas con discapacidad visual recorriendo una ciudad pueden estar caminando por la misma calle que todo el mundo y, sin embargo, vivir una versión completamente diferente de ella.

Uno de aquellos días acompañé a Johan a las clases de formación a las que asistía los miércoles. Gracias a Nataly y al apoyo de la Alcaldía de Bucaramanga pude pasar una mañana con ellos y conocer de cerca el trabajo que se realizaba allí en colaboración con el CRAC.

Nataly, trabajadora social y técnica en tiflotecnología, fue quien me abrió las puertas. Durante aquella mañana pude ver cómo trabajaban cuestiones tan cotidianas como necesarias: braille, matemáticas aplicadas a la vida diaria, reconocimiento de monedas y billetes, manejo del teléfono móvil, tiflotecnología y diferentes herramientas informáticas.

Pero lo que más me llamó la atención no estaba en ningún programa de formación.

Felipe Gutiérrez junto a Johan y participantes de formación para personas con discapacidad visual en Bucaramanga
Felipe Gutiérrez junto a Johan y participantes de formación para personas con discapacidad visual en Bucaramanga

Eran ellos mismos.

Mientras uno resolvía una duda, otro explicaba cómo hacía determinada tarea o compartía algún truco que le había funcionado. Aquello no era solamente aprender a utilizar una herramienta; era un grupo de personas intercambiando soluciones para ganar autonomía en su vida cotidiana.

Aquella mañana en Bucaramanga fue solo mi primer contacto con una realidad que seguiría conociendo durante los meses siguientes. En otras etapas del viaje pude profundizar mucho más en la discapacidad visual en Colombia, conocer diferentes centros y asociaciones y, sobre todo, escuchar a las personas que viven esta realidad en distintas partes del país.

Johan siempre dice que aprendió mucho de mí y de mis locuras viajando por el mundo. Lo que quizás no sabe es todo lo que yo había aprendido de él desde que las redes sociales cruzaron nuestros caminos y, sobre todo, desde que dejamos de hablar a través de una pantalla y empezamos a bastonear juntos por Bucaramanga.

Cuando llegué a Santander necesitaba descansar, recuperar fuerzas y acostumbrarme a estar en un país nuevo. No imaginaba que aquella primera parada en Colombia iba a regalarme tanto. El hostel, los nuevos amigos, el caos de sus calles y aquellos tres días viviendo con Johan y su familia habían convertido Bucaramanga en algo mucho más importante que el primer punto de mi ruta.

Después de varios días de ciudad empezaba a apetecerme otra cosa. Tenía ganas de pueblear un poco y, a apenas unos kilómetros de Bucaramanga, me esperaba el primero: San Juan de Girón.

Girón: un pueblo colonial lleno de historia

Apenas nueve kilómetros separan Bucaramanga de San Juan de Girón, así que Dani y yo no necesitamos demasiadas excusas para convertirlo en el plan del día. Yo llevaba tiempo imaginándome caminando por esos pueblos coloniales de Colombia que tantas veces había visto antes de viajar y Girón iba a ser el primero de muchos.

Bastaron unos veinte minutos en coche para cambiar completamente de escenario. El ruido y el movimiento de Bucaramanga quedaron atrás y aparecieron las calles empedradas, las fachadas blancas y esas enormes puertas y ventanales de madera oscura que parecen marcar la personalidad del casco histórico.

Calle empedrada con casas blancas y puestos de flores en San Juan de Girón, Santander
Calle empedrada con casas blancas y puestos de flores en San Juan de Girón, Santander

Girón es uno de esos pueblos que piden ser conocidos caminando. No hacía falta seguir una ruta ni andar pendiente de una lista interminable de lugares que visitar; bastaba con echarse a la calle y dejar que fueran apareciendo.

Eso hicimos.

Caminamos durante toda la mañana por un centro histórico con varios siglos a sus espaldas y reconocido como Bien de Interés Cultural de ámbito nacional, donde el blanco impoluto de las casas contrastaba con los tonos marrones y negros de puertas, ventanas y balcones. Aquella combinación de colores se repetía calle tras calle y acababa convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles del pueblo.

En cada esquina aparecía algo diferente. Pasamos por el Parque Principal, que entonces estaba en obras, la Basílica Menor de San Juan Bautista y el Parque de los Enamorados; seguimos hasta el mirador de San Juan y después nos acercamos a la plazoleta y la Alameda de las Nieves, junto a la quebrada. También fuimos encontrándonos con los puentes de Calicanto, pequeños pasos de piedra que forman parte del paisaje histórico de Girón.

Pero lo que más recuerdo de aquella mañana no es una sucesión de monumentos. Es el conjunto.

Las piedras bajo los pies, las fachadas blancas, la madera oscura de puertas y ventanas y aquel cielo de un azul intenso que parecía empeñado en hacer todavía más luminosas las calles. Después del caos que había vivido unos días antes en Bucaramanga, caminar por Girón tenía otro ritmo.

Hasta el cementerio tenía su encanto. Estaba escondido en un rincón del pueblo y para llegar había que recorrer una callejuela donde los vendedores de flores se protegían del sol bajo sombrillas de colores. Fue uno de esos lugares que no esperaba encontrar y que, precisamente por eso, terminó formando parte de mis recuerdos de Girón.

Regresé a Bucaramanga más que satisfecho con aquella primera experiencia pueblerina, aunque Dani ya me avisaba de que no me emocionara demasiado, porque lo bueno todavía estaba por llegar.

Y ella sabía perfectamente de lo que hablaba.

Mi siguiente destino ni siquiera estaba en mis planes. Fue una recomendación suya, de esas que aparecen durante el viaje y terminan desmontando cualquier ruta que uno hubiera imaginado desde casa. Dani insistía en que tenía que conocerlo y yo, que necesito pocas excusas para cambiar de rumbo, decidí hacerle caso.

Al fin y al cabo, no hay mejor plan que viajar sin plan.

Así apareció Barichara.

Barichara: el pueblo de Santander que me atrapó

Y para Barichara que me fui.

No estaba en mi ruta, pero si Dani decía que aquel pueblo merecía la pena, no necesitaba muchos más argumentos. Primero tenía que llegar hasta San Gil y, desde allí, continuar hacia Barichara. El camino ya empezaba a justificar el cambio de planes: la carretera serpenteaba entre las montañas de Santander mientras el paisaje del Cañón del Chicamocha y el río Sogamoso iban apareciendo como compañeros de viaje.

A esas alturas empezaba a confirmar algo que los viajes se empeñan en enseñarme una y otra vez: algunos de los lugares que más terminan marcándote son precisamente aquellos a los que nunca habías pensado ir.

Barichara fue uno de ellos.

Llegué pensando en quedarme poco tiempo y acabé diciéndole cada día a Javier que pasaría una noche más en su Tinto Hostel. Allí las mañanas comenzaban sin despertador, con una taza de café y las montañas, los árboles y la neblina dando los buenos días. Por la noche, una cerveza servía para despedir la jornada. Entre una cosa y otra, no necesitaba demasiado más.

Barichara invitaba a caminar, pensar y soñar.

Sus calles empedradas y las casas de fachadas blancas y tejas rojas parecían hechas para recorrerlas sin rumbo, aunque para mí hubiera una pequeña contradicción: aquel suelo que tanto carácter daba al pueblo convertía cada paseo en un desafío.

Bastonear sus calles me resultaba casi imposible por aquel adoquinado perfectamente imperfecto.

Calle empedrada junto a la iglesia de la Inmaculada Concepción en Barichara, Santander
Calle empedrada junto a la iglesia de la Inmaculada Concepción en Barichara, Santander

Así que subía y bajaba sus cuadras en cuesta sin prisas, intentando encontrar mis propias referencias mientras iba descubriendo fachadas encaladas, puertas y ventanas abiertas y pequeños rincones donde la vida cotidiana se mezclaba con la historia del pueblo. A veces, al final de una calle, aparecía una ventana desde la que vendían empanadas de yuca o papas rellenas recién hechas. Otras veces era uno de aquellos bodegones donde lo mismo se hacía la compra que se compartía un vasito de guaro alrededor de una mesa de madera mientras, entre patiamarillos, se arreglaba el mundo.

Ese era el Barichara que más me gustaba.

Siguiendo como referencia las dos torres que sobresalían por encima de los tejados terminé llegando una y otra vez a la plaza principal. Tenía algo que me transportaba a esas fotografías antiguas en blanco y negro de los pueblos de otra época, solo que aquello estaba ocurriendo delante de mí, a todo color y en pleno siglo XXI.

Los árboles daban sombra a una plaza siempre viva, con vendedores, vecinos y viajeros entrando y saliendo de sus rincones. En uno de sus laterales, la Catedral de la Inmaculada Concepción imponía su presencia con una fachada de piedra que cambiaba de tonalidad a medida que avanzaba el día. Por la mañana, bajo el sol, parecía adquirir un amarillo intenso; al caer la tarde, los tonos ocres terminaban adueñándose de ella.

Dani también me había marcado otro lugar como imprescindible: el cementerio.

Reconozco que visitar cementerios empieza a convertirse en una extraña costumbre durante mis viajes, pero el de Barichara tenía poco que ver con un cementerio convencional. Entre árboles y flores, las tumbas se convertían en pequeñas obras de arte talladas en piedra. Algunas representaban símbolos religiosos; otras hablaban de la profesión, los gustos o la vida de la persona que descansaba allí.

Tuve además la suerte de conocer parte de aquella historia de la mano de uno de los escultores del pueblo. Escuchándolo entendí que aquellas figuras no estaban allí simplemente para decorar una tumba. Eran otra manera de contar quién había sido la persona enterrada bajo ella.

Escultura funeraria tallada en piedra entre tumbas y flores del cementerio de Barichara
Escultura funeraria tallada en piedra entre tumbas y flores del cementerio de Barichara

Barichara tiene carácter, pero sobre todo tiene gente.

Sus vecinos conseguían que una conversación surgiera con una facilidad sorprendente. Bastaba detenerse un momento, preguntar cualquier cosa o comentar lo bonito que era el pueblo para terminar hablando de la vida como si nos conociéramos desde hacía años. Esa cercanía fue, probablemente, una de las cosas que más me atrapó durante aquellos días.

También estaba el paisaje. Las montañas rodeaban el pueblo, los caminos de piedra se perdían entre pequeñas poblaciones y la presencia de la cultura Guane seguía formando parte de la identidad de aquel territorio. Uno de esos caminos históricos une precisamente Barichara con Guane, una antigua ruta de piedra que atraviesa el paisaje santandereano y que hoy está protegida como Bien de Interés Cultural de ámbito nacional.

Pero para sentir Barichara yo no necesitaba ir demasiado lejos.

Tenía mi propio rincón.

Un pequeño mirador entre árboles y bancos fríos de hierro donde me gustaba sentarme con un café y dejar pasar el tiempo. Algunas mañanas simplemente me quedaba allí pensando en las musarañas; otras acababa recibiendo una auténtica clase de historia local de alguno de aquellos sabios patiamarillos que parecían conocer cada piedra del pueblo.

Felipe Gutiérrez con su bastón contemplando las montañas desde un mirador de Barichara, Santander
Felipe Gutiérrez con su bastón contemplando las montañas desde un mirador de Barichara, Santander

Desde allí veía empezar el día.

También estaba Ernesto, que después de sus noches de rumba felina aparecía buscando cariño y acababa ronroneando a mi lado. Y estaban las conversaciones eternas con Andrés antes de que comenzara a servir los almuerzos que su mujer preparaba en el restaurante familiar Independencia. Un lugar sencillo, de esos donde el cariño acaba formando parte de la receta y donde terminé despidiéndome de Barichara con el mejor sabor de boca posible.

No sé exactamente qué tenía aquel pueblo.

Quizás fuera la sencillez de su rutina, sus calles de piedra, las montañas que lo rodean o aquella atmósfera fría y lluviosa que me acompañó durante buena parte de mi estancia. Quizás fueran sus vecinos, las conversaciones improvisadas o esas mañanas en las que no había ninguna necesidad de mirar el reloj.

Probablemente fuera todo junto.

Lo cierto es que llegué a Barichara porque alguien me dijo que tenía que ir y terminé encontrando allí algo que ni siquiera estaba buscando. Después de la tensión de mi salida de Venezuela y de aquellos primeros días intentando recuperar fuerzas en Bucaramanga, necesitaba un lugar donde bajar el ritmo y volver a encontrarme cómodo viajando.

Barichara hizo precisamente eso conmigo. Me devolvió parte de la fortaleza que había dejado por el camino y, sobre todo, las ganas de seguir agarrando el bastón y descubrir qué me esperaba más adelante.

Me costaba marcharme, pero Colombia acababa de empezar.

Boyacá: historia, pueblos coloniales y naturaleza

Al final sí pude salir de Barichara y continuar mi camino hacia Boyacá. Atrás quedaba el calor de Santander y por delante una región donde ya me habían advertido que preparase algo de abrigo, porque las temperaturas iban a cambiar bastante.

El viernes por la tarde llegué a Tunja con la intención de pasar una sola noche y seguir recorriendo Boyacá al día siguiente. Era una ciudad tranquila, de clima frío, con un coqueto centro colonial y una vida cultural que enseguida me llamó la atención. Pero los viajes tienen esa manía de desmontarme los planes y, una vez más, aquella noche prevista acabó convirtiéndose en varios días.

Tunja: mariachis, cultura y vida local

En Tunja me esperaba Gus, que iba a convertirse en mi primer anfitrión de Couchsurfing. Nunca había utilizado esta forma de viajar y reconozco que llegué con cierta incertidumbre, pero me duró muy poco. A los cinco minutos de conocerlo ya estaba completamente tranquilo.

Gus es músico de profesión, viajero y mariachi de corazón, pero sobre todo es una de esas personas capaces de hacerte sentir en casa aunque acabes de conocerlas. Aquella primera tarde salimos a caminar por el centro de Tunja y por la noche nos encontramos con algunos de sus amigos. Fuimos de bar en bar, charlando y tomando unas cervezas, hasta terminar en La Pinacoteca, un lugar que me sorprendió por su música, su ambiente y una decoración que no esperaba encontrar cuando entré.

Felipe Gutiérrez junto a Gustavo durante su estancia en Tunja, Boyacá
Felipe Gutiérrez junto a Gustavo durante su estancia en Tunja, Boyacá

Pasada la medianoche pensé que la noche llegaba a su fin, pero Gus todavía tenía trabajo. Él y sus compañeros mariachis tenían varias serenatas por la ciudad y me propusieron acompañarlos. Yo apenas conocía la cultura mariachi en Latinoamérica y mucho menos la importancia que podía llegar a tener también en Colombia, así que no necesité demasiado tiempo para aceptar.

Aquella noche conocí a los Zacateca Mariachis y, casi sin darme cuenta, terminé pasando buena parte del fin de semana con ellos. Me llevaron a cumpleaños y serenatas, me hicieron un hueco entre instrumentos, canciones y desplazamientos de un lado a otro de Tunja, y acabaron tratándome como si fuera uno más de la banda.

Mariachis durante una serenata en los alrededores de Tunja, Boyacá
Mariachis durante una serenata en los alrededores de Tunja, Boyacá

Hasta entonces había asociado el mariachi principalmente con la música y la fiesta, pero acompañarlos me permitió entender algo diferente. En cada serenata había una historia detrás: familias que celebraban, personas que esperaban una canción especial y momentos en los que la música servía para decir aquello que muchas veces cuesta expresar con palabras. Yo estaba allí escuchando, sintiendo las reacciones de la gente y dejándome llevar por todo aquello. Hubo momentos en los que incluso se me escaparon algunas lágrimas.

Después de un fin de semana sintiéndome casi un mariachi más y durmiendo bastante menos de lo recomendable, llegó el momento de despedirme. Me llevaba una experiencia que jamás había buscado y que, precisamente por eso, terminó siendo una de las más especiales de mi paso por Tunja.

Y todo se lo debía a Gus y a esa magia que tienen los viajes cuando uno deja espacio para que ocurran cosas. Gracias, parce, por abrirme las puertas de tu casa, estar pendiente de mí y conseguir que una ciudad en la que pensaba dormir una sola noche terminara regalándome varios días difíciles de olvidar.

Pero cambiemos de tema, que me pongo sensible.

Por aquellos días también apareció Sergio, otro compañero de aventuras que me invitó a comer a casa de su tía. Allí probé por primera vez el cocido boyacense y descubrí que Tunja todavía tenía otra manera de convencerme para que no me marchara. Aquel plato fue uno de los grandes placeres gastronómicos que me había dado Colombia hasta ese momento y, durante los dos días siguientes, todavía seguía acordándome de él.

La ciudad, sin embargo, me estaba enganchando por bastante más que la comida. Me gustaba su clima frío, caminar por su centro colonial, pasar por la Plaza de Bolívar y la Catedral Metropolitana y, sobre todo, esa vida pausada que se respiraba en sus calles. Había llegado pensando en una noche y cada día encontraba una nueva razón para quedarme un poco más.

Gus y Sergio terminaron proponiéndome salir de Tunja para conocer algo más de Boyacá. Una de aquellas escapadas nos llevó hasta el lago Sochagota, donde pasamos la tarde caminando y tomando unas cervezas mientras iba cayendo el día. Cuando llegó la noche y el frío empezó a apretar, acabamos metidos en unas aguas termales hasta la hora del cierre y rematamos la jornada comiendo unas pizzas.

No se podía pedir mucho más.

Después de varios días llegó por fin el momento de abandonar Tunja. Me resultaba extraño marcharme de una ciudad que no estaba realmente en mis planes y que había terminado acogiéndome con tanto calor, a pesar del frío de estas tierras. Pero el viaje tenía que continuar y esta vez no iba a hacerlo solo, porque Sergio me hizo una de esas propuestas a las que resulta difícil decir que no: irnos juntos a pasar unos días a Villa de Leyva.

Así que guardé de nuevo la mochila y seguimos camino.

Villa de Leyva: calles coloniales, cultura y naturaleza

Sergio y yo pusimos rumbo a Villa de Leyva, uno de esos pueblos que descubrí gracias a las recomendaciones de la gente que iba encontrando por el camino. Colombia no dejaba de sorprenderme con lugares que parecían haberse quedado detenidos en otra época, y nada más llegar entendí por qué me habían hablado tanto de este rincón de Boyacá.

Villa de Leyva invitaba a caminar sin demasiada prisa. Sus casas encaladas, sus calles de piedra y su arquitectura colonial componían un escenario precioso, aunque para mí había un pequeño inconveniente: aquel suelo empedrado era un auténtico coñazo para bastonear. Cada paseo requería algo más de atención, pero también formaba parte de mi manera de descubrir el pueblo.

Durante aquellos días recorrimos el pueblo de arriba abajo. Sergio conocía bien Villa de Leyva y mientras recorríamos sus calles me iba contando historias de su infancia allí. Yo escuchaba sus batallitas mientras trataba de empaparme de la vida del pueblo y, cuando el cielo gris terminaba descargando, buscábamos refugio en cualquier café para calentarnos con un buen tinto.

No necesitábamos mucho más.

En uno de aquellos paseos ocurrió algo que todavía recuerdo especialmente. Caminábamos por las calles de Villa de Leyva cuando, entre los sonidos del pueblo, empecé a distinguir los acordes de una guitarra española. Aquella música me resultaba demasiado familiar como para seguir caminando sin más, así que comencé a seguirla intentando averiguar de dónde venía.

Al principio ni siquiera sabía si alguien estaba tocando de verdad o si la música salía de algún altavoz. Seguí buscando hasta encontrar a un hombre sentado en un banco con una guitarra entre las manos, tocando y sintiendo cada nota que salía de sus cuerdas.

Era Mercurio Bossio, músico y guitarrista colombiano.

Mercurio Bossio tocando la guitarra durante un encuentro en Villa de Leyva
Mercurio Bossio tocando la guitarra durante un encuentro en Villa de Leyva

Me quedé escuchándolo y, durante un rato, aquella guitarra consiguió llevarme miles de kilómetros lejos de Boyacá. Había algo en sus acordes que me transportaba directamente a mi tierra, a Andalucía, y aquel encuentro inesperado terminó convirtiéndose en uno de esos pequeños regalos que aparecen cuando uno viaja sin llevar cada minuto programado.

El viernes había conocido a Mercurio y el sábado tocaba descubrir Villa de Leyva de una manera completamente diferente: era día de mercado.

Aquello era un festival para los sentidos. Había aguacates de diferentes tamaños, fresas, frutas y verduras por todas partes, puestos de comida y cervezas bien frías para quien necesitara hacer una pausa. Yo tenía bastante claro que mirar solamente no entraba en mis planes, así que terminé probando unas papitas criollas rellenas de carne y longaniza, un par de empanadas y, para acompañar, un tinto.

Entre olores, sabores, conversaciones y el movimiento de la gente, la mañana se me pasó volando.

Puestos de frutas y verduras en el mercado de Villa de Leyva, Boyacá
Puestos de frutas y verduras en el mercado de Villa de Leyva, Boyacá

Además, aquel fin de semana coincidió con el Festival Internacional de las Culturas. Desde las escalinatas de la Plaza Mayor pude sentarme a escuchar una representación de ópera y, al día siguiente, el pueblo volvió a llenarse de música con un concurso de bandas juveniles llegadas desde distintos lugares de Boyacá. Las calles estaban abarrotadas y los pasacalles avanzaban entre trajes, instrumentos, música y gente celebrando.

En medio de todo aquello decidí regresar al hostel grabando.

La situación tenía su gracia: una calle empedrada hasta arriba de gente, la GoPro en una mano, el bastón en la otra y el Felipón, con su baja visión, intentando grabar mientras caminaba calle abajo.

En algún momento me desorienté.

Pa haberse matao.

Pero misión cumplida.

Después de una semana, Villa de Leyva todavía guardaba algunas sorpresas y yo quería despedirme a mi manera. Una de ellas empezó en la parte trasera de un jeep, con los pies por fuera y ese careto de emoción que se me pone cuando sé que se avecina alguna aventura.

Nos dirigíamos hacia las cascadas de La Periquera, un espacio natural vinculado históricamente a la cultura muisca y considerado sagrado por este pueblo indígena. Rodeado de naturaleza y cascadas, era uno de esos lugares en los que apetecía bajar el ritmo y dejarse llevar.

Felipe Gutiérrez junto a una cascada de La Periquera en Villa de Leyva
Felipe Gutiérrez junto a una cascada de La Periquera en Villa de Leyva

Allí apareció Sebas, otra de esas personas que el camino pone delante cuando más las necesitas. Me acompañó durante el descenso por el sendero que bordea la cascada y me fue ayudando en aquellos puntos donde el terreno podía complicarse por mi baja visión. No era una ruta de máxima dificultad, pero en un lugar así agradecía tener a alguien cerca que pudiera indicarme dónde pisar y describirme aquello que mis ojos no alcanzaban a distinguir.

Sin embargo, lo mejor de aquella jornada no fue solamente el paisaje. Fueron las conversaciones.

Mientras caminábamos, Sebas me habló de su relación con la naturaleza y de la energía que encontraba en aquellos lugares. Al terminar entendí mejor algo que me había dicho antes de empezar: hay sitios a los que uno entra de una manera y de los que sale de otra.

Desde La Periquera continuamos hacia Pozos Azules. Nada más llegar supe que era uno de esos lugares en los que apetecía quedarse un rato y simplemente disfrutar.

Gracias, Sebas, por acompañarme, por compartir conmigo aquella forma de entender la naturaleza y, sobre todo, por convertirte durante unas horas en mis ojos.

Antes de cerrar definitivamente mi paso por Boyacá todavía me quedaba una última escapada. Me acerqué hasta Ráquira, un pueblo pequeño y colorido, lleno de talleres, puertas abiertas y artesanías colgadas por todas partes. Era la última parada antes de volver a guardar la mochila y continuar viaje.

Felipe Gutiérrez entre las coloridas fachadas y artesanías de Ráquira, Boyacá
Felipe Gutiérrez entre las coloridas fachadas y artesanías de Ráquira, Boyacá

Cuando llegué a Villa de Leyva jamás pensé que acabaría quedándome una semana. Pero hacía tiempo que había aprendido que, cuando estoy a gusto en un lugar, lo mejor que puedo hacer es olvidarme un poco del calendario.

Boyacá había empezado con una noche en Tunja y terminaba después de varios días de mariachis, amigos, cocido boyacense, mercados, guitarras, cascadas y caminos compartidos.

Me marchaba rodeado de recuerdos y de personas que habían conseguido hacerme sentir como en casa.

Era hora de continuar el viaje hacia Bogotá.

Vídeo del viaje de Felipe Gutiérrez por Boyacá y Bogotá, Colombia

Bogotá: descubriendo la capital

De Tunja a Bogotá es un paseíto. En poco más de dos horas ya estaba saliendo por la puerta de la Estación de Salitre rumbo a casa de Natalia, mi nueva anfitriona de Couchsurfing. Vive con su mami, la señora Yolanda, en un apartamento precioso y súper acogedor en el centro de Bogotá, y nada más llegar tuve la certeza de que allí iba a sentirme como en casa. Era un día de frío y lluvia y me recibieron con un caldo bien calentito. No podía empezar mejor mi historia con ellas.

Natalia, además de ser profe de español, estaba terminando la carrera de Antropología, y su mami era profesora de Turismo en una de las universidades de Bogotá, así que imaginaros el nivel de las charlas que teníamos los tres. Entre conversaciones de esas que dan la vida, los días se me pasaban volando y yo todavía no había hecho prácticamente nada de turismo. En realidad, tampoco tenía ninguna prisa, porque estaba conociendo otra Bogotá: la de la vida cotidiana, contemplando su ritmo y acompañando a Natalia y a su mami en sus cosas.

Estar junto a estas dos mujeres también me llevó a lugares a los que seguramente nunca habría llegado por mi cuenta. Me invitaron a asistir a un precioso acto del Centro de Historia de Guaduas, dedicado al fomento de la cultura y la historia del municipio, pero aquello solo era el principio. No sé cómo me las apaño, pero Couchsurfing me estaba regalando personas que poco a poco se convertían en algo más que amigos, y Natalia fue una de ellas. Para mí terminó siendo como una hermanita y, gracias a ella y a todo lo que estaba haciendo por el proyecto, comenzaron a abrirse puertas que hasta entonces pensaba que eran imposibles de abrir.

Felipe Gutiérrez junto a las letras de Bogotá durante su viaje por Colombia
Felipe Gutiérrez junto a las letras de Bogotá durante su viaje por Colombia

Después de aquellos días llegó el momento de despedirme de Natalia y de la señora Yolanda y trasladarme al que sería mi campamento base durante los siguientes días. Al principio estaba un poco reacio a quedarme en La Candelaria, pero quiso el destino, o el guionista de esta película, que terminara alojándome en Fatima Hostel, un hostel pequeño, con un encanto y un ambiente muy particular, que fue enganchándome desde el primer momento hasta hacerme sentir parte de él.

La Candelaria: bastoneando por el corazón de Bogotá

La Candelaria es la esencia colonial de la Bogotá más auténtica, el barrio donde se fundó la capital colombiana y uno de esos lugares que rebosan arte e historia. Aquí no necesitaba correr de monumento en monumento para sentir que estaba conociendo la ciudad, porque buena parte de su historia aparecía simplemente bastoneando por sus calles y dejándome llevar.

En aquellos paseos terminé llegando hasta la Plaza de Bolívar, el corazón histórico de Bogotá, rodeada por algunos de los edificios más importantes de la ciudad y presidida por la Catedral Primada. También pasé por el Museo Botero, aunque reconozco que mi manera favorita de conocer Bogotá estaba mucho más en la calle: bastoneando entre ese ir y venir constante de gente, perdiéndome sin demasiado rumbo y parándome en algún puesto callejero para probar lo que se pusiera por delante.

Plaza de Bolívar y Catedral Primada en el centro histórico de Bogotá
Plaza de Bolívar y Catedral Primada en el centro histórico de Bogotá

Y claro, vivir Bogotá desde dentro también significaba hacerlo a través del estómago. Mis días solían comenzar con unos huevos pericos con arepa o con un rico tamal, siempre acompañados de un buen tinto para poner el cuerpo en marcha. Al mediodía era fácil encontrar esos “platos del día” contundentes, con su carne, arroz, frijoles, plátano maduro y aguacate, regados con un rico juguito que entraba de maravilla después de toda una mañana bastoneando la ciudad.

Desayuno con huevos y tinto durante un viaje por Bogotá
Desayuno con huevos y tinto durante un viaje por Bogotá

Aunque había días en los que el cuerpo pedía otra cosa. Después de alguna noche de bares, música y unas cuantas Poker, no podía faltar un buen resucitamuertos en forma de ajiaco o caldito de costillas para combatir el “guayabo”, que es como llaman por estas tierras a esa resaca que te recuerda a la mañana siguiente que quizás la noche anterior te lo pasaste demasiado bien.

Entre aquellas calles está también la Calle del Embudo, una de esas callejuelas estrechas donde el arte se apodera de las paredes y que, cuando cae la noche, cambia completamente de ritmo entre bares, música y tragos. Pero tampoco hacía falta buscar demasiado: prácticamente en cualquier rincón de La Candelaria encontraba un sitio donde sentarme a tomarme una políta bien fría mientras me dejaba llevar por la propia banda sonora del barrio.

Calle del Embudo con grafitis y casas de colores en La Candelaria de Bogotá
Calle del Embudo con grafitis y casas de colores en La Candelaria de Bogotá

Tengo que reconocer que Bogotá me costó. Al principio no me gustó demasiado, pero conforme pasaban los días me iba atrapando un poquito más, tanto de día como de noche, hasta que tuve que rendirme a la evidencia: Bogotá me estaba fascinando, y La Candelaria todavía más.

Bogotá es mucho Bogotá, así que decidí tomármela con calma. Para el tiempo que llevaba allí todavía no había visto demasiadas cosas, pero tampoco me preocupaba, porque prefería vivirla y sentirla desde dentro antes que correr de monumento en monumento. Ya habría tiempo para el turisteo. A mí me gustaba bastonear sus calles, sentarme en cualquier rincón a verla pasar o hincar el codo en la barra de algún bar para compartir historias mientras iban cayendo unas cuantas Poker.

Eso no quiere decir que Bogotá me lo pusiera siempre fácil. A veces me sacaba de quicio caminar por aquellas calles abarrotadas, entre gente que iba a lo suyo y parecía no tener demasiada piedad con un cegato como yo. Pero ya me conocéis: aunque después me queje, tengo un magnetismo tremendo para los barullos. Veo mucha gente y para allá que voy, porque al final me encanta meterme en todos los fregaos posibles y en esas bombas para los sentidos que tanto me atraen cuando viajo.

Entre tantos paseos, tantas conversaciones y tantos días viviendo Bogotá a mi manera, hubo algo que se me quedó pendiente. Al final no llegué a subir a Monserrate, esa montaña que vigila la ciudad desde más de 3.000 metros de altura y desde donde se contempla Bogotá prácticamente a tus pies. Allí arriba se encuentra también el Santuario de Monserrate, uno de los lugares de peregrinación más conocidos de la capital.

Y mira que tuve días para hacerlo, pero entre unas cosas y otras siempre terminaba apareciendo otro plan, otra persona, otra conversación o algún nuevo follón en el que meterme. Al final, Monserrate se quedó esperándome allá arriba y, pensándolo bien, tampoco me parece tan mala noticia. Creo que ya tengo la excusa perfecta para volver algún día a la capital bogotana.

Museo del Oro: una experiencia para tocar y sentir

Pero no todo iban a ser barullos y estrés. Una mañana me fui a conocer una de las grandes joyas patrimoniales de Bogotá, el Museo del Oro, donde me esperaba un sorpresón tremendo para mis sentidos. Entre sus salas se conserva una enorme colección arqueológica prehispánica, con piezas procedentes de diferentes rincones del país, pero lo que yo no sabía era que mi bastón iba a cambiar completamente la forma de conocer aquel lugar.

La guía me vio con él y me preguntó si quería palpar y sentir con mis propias manos algunas piezas. Cuando visitan el museo grupos de personas con discapacidad visual, o alguien se identifica como tal, tienen preparadas réplicas exactas en tamaño, peso y forma que podemos tocar para hacernos una idea real de aquello que tenemos delante. Para alguien como yo, aquello significaba dejar de imaginar para empezar a sentir.

Felipe Gutiérrez tocando una pieza durante su visita al Museo del Oro de Bogotá
Felipe Gutiérrez tocando una pieza durante su visita al Museo del Oro de Bogotá

Y la sorpresa todavía no había terminado. María no solo me dejó tocar las réplicas, sino que puso en mis manos una pieza auténtica. Ahí sí que aparecieron los nervios, porque menos mal que no se me cayó, que si no igual me echan del país. Más allá de la anécdota, me fui agradecido por haber podido acceder de una manera tan cercana a algo tan valioso y, sobre todo, por el cariño y la humanidad con que lo hicieron.

Cuando os hablo de conocer Colombia desde dentro también me refiero a experiencias como esta y a conocer cómo viven las personas con discapacidad visual en el país. Por eso, durante mis días en Bogotá tuve la tremenda suerte de visitar el Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos, el CRAC, y recorrer sus instalaciones para conocer de cerca el trabajo que realizan ayudando a sus usuarios a ganar autonomía e independencia.

Allí pude ver cómo trabajaban aspectos tan diferentes como el manejo del bastón, la tiflotecnología o las actividades de la vida diaria, pero lo que más me llamó la atención fue el equipo humano que había detrás de todo aquello. Incluso terminaron adaptándome el nuevo portátil que acababa de comprar y aproveché para hacerme con un par de bolas para mi bastón, que ya estaba pidiendo la jubilación.

Actividad de rehabilitación para personas con discapacidad visual en el CRAC de Bogotá
Actividad de rehabilitación para personas con discapacidad visual en el CRAC de Bogotá

El CRAC tenía hasta su propia emisora de radio en streaming, donde Dolma, Tatiana y María Alejandra me hicieron una entrevista preciosa, cercana y divertida. Salí del centro después de que Catalina, su coordinadora de Comunicación, me enseñara cada rincón con muchísimo cariño y de que John Jairo, coordinador de Regionales, me explicara la importancia de conseguir que la rehabilitación llegue a todas aquellas personas que la necesiten.

Cuando crucé la frontera colombiana no sabía muy bien qué me iba a encontrar respecto a la discapacidad visual ni qué nivel de hostilidad urbanística tendría que afrontar. Después de conocer el CRAC, otra de esas puertas volvió a abrirse y esta vez fue el Instituto Nacional para Ciegos, el INCI, el que me recibió en su sede de Bogotá para poder conversar con su director, Carlos Parra, y conocer de primera mano el trabajo de esta institución pública dedicada a las personas ciegas y con baja visión.

No quiero extenderme demasiado en esta parte porque mi intención aquí es contaros mi paso por Bogotá, pero sí recuerdo perfectamente la sensación con la que salí de aquellas visitas. Me fui con una sonrisa de oreja a oreja y con la satisfacción de haber conocido personas e instituciones que trabajaban para conseguir una sociedad más inclusiva, con mayor autonomía y menos obstáculos para las personas con discapacidad visual.

Y ahora sí que sí, después de conocer esta gran urbe desde sus entrañas y hacerlo de la mano de gente maravillosa, había llegado el momento de agarrar otra vez la mochila y poner rumbo hacia el Amazonas colombiano, la siguiente etapa de este viaje. Algo que hasta hacía poco creía imposible estaba empezando a hacerse realidad, y reconozco que me daba tanta emoción como nervios.

Pero allá voy, listo para más follones y más aventuras.

Vídeo del viaje de Felipe Gutiérrez por Boyacá y Bogotá, Colombia

Amazonas colombiano, una aventura en la selva

Tres, dos, uno… desconexión.

En las pequeñas comunidades del Trapecio Amazónico colombiano encontré la zona que más me estaba fascinando de aquel viaje. Una esquinita fronteriza entre Colombia, Perú y Brasil, bañada por el río Amazonas, que me cautivó en todos los sentidos y que, todavía hoy, sigue sin dejar escapar del todo a mi alma.

Fueron diez días viviendo en Mocagua, en casa de Barto y Teresa, donde comí como ellos, bebí como ellos, viví como ellos y terminé sintiéndome uno más de la familia. Aquellos días fueron una vuelta a tradiciones ancestrales y a una manera diferente de entender la vida, donde la familia y la comunidad tienen un peso enorme y donde la medicina tradicional y los conocimientos adquiridos durante generaciones continúan transmitiéndose de padres a hijos.

El Trapecio Amazónico es también territorio de diferentes pueblos indígenas, entre ellos los Tikuna, Yagua, Cocama, Huitoto u Ocaina. El aislamiento de muchas de estas comunidades ha contribuido a conservar parte de su cultura e identidad, pero también hace más difícil el acceso a determinados servicios y recursos.

Estar allí, sentarme en el suelo con ellos y escucharlos me permitió aprender de su cultura, conocer algunos de sus problemas, acercarme a su forma de entender la vida y, sobre todo, empatizar con ellos.

Y ahora sí… ¡que empiece el espectáculo!

Otra vez igual. Mi cabeza sabía que en pocas horas me subía a ese avión de LATAM con destino Leticia, la puerta hacia las profundidades del Amazonas colombiano, y volvió a jugármela. Los nervios y la ilusión crearon en mi cabezota una mezcla de entusiasmo y ansiedad, y cada pensamiento estaba ya puesto en la aventura que tenía por delante.

Por fin estaba delante del mostrador de facturación, con mi tarjeta de embarque y esperando al personal de la compañía para que me acompañara hasta la puerta y no perderme por esos terminales imposibles. ¡Qué haría yo sin ellos y sin el buen trabajo que hacen! Las dos horas de vuelo se me pasaron volando y, cuando el avión comenzó a descender hacia Leticia, bajo nosotros apareció un inmenso manto verde de diferentes tonalidades que se difuminaba con el horizonte, recortado por pinceladas azules y curvilíneas que jugueteaban a perderse en aquel océano verde llamado Amazonas.

Nada más bajar del avión, una bofetada de aire caliente y húmedo me dio la bienvenida y ya no me abandonaría durante el resto del viaje. Después de salir de aquella terminal de juguete me esperaba Juan, con su sonrisa, su barba de tres días y esas pintas de persona que llevaba un tiempo viviendo en el interior de la selva.

Juancho era un chico de Medellín que llevaba unos meses con Barto desarrollando un proyecto de turismo responsable y sostenible en Mocagua. Uno de esos viajeros que tanto admiro por su espíritu libre, su fortaleza y su gran corazón. En su viaje sin plan ni tiempo por las profundidades del Amazonas decidió quedarse para aprender de primera mano sobre la cultura Tikuna y llenarse de la sabiduría de la selva. Desde aquel momento, además de convertirse en un gran amigo, para mí sería el Paisa de la Selva.

Como todavía faltaba tiempo para que saliera nuestra lancha, Juancho me llevó a dar una vuelta por Leticia para tener una primera toma de contacto con aquella pequeña y bulliciosa ciudad fronteriza situada al sur del país. Nos comimos un buen pirarucú frito e hicimos algunas compras para llevar a la comunidad, entre ellas unas botas pantaneras para mí que, aunque todavía no lo sabía, no tardaría demasiado en agradecer.

Leticia es la puerta de entrada a uno de los lugares más únicos y salvajes del planeta. Muchos viajeros utilizan la ciudad como base para hacer sus excursiones por el Amazonas, pero yo había venido buscando algo más. Quería entrar en las comunidades, convivir con su gente y conocer aquella tierra desde dentro.

Y encontré la aventura antes de lo que pensaba.

Nada más llegar al loco y destartalado embarcadero tuve la sensación de que el reloj se había parado. Personas que regresaban a sus comunidades cargadas de víveres se mezclaban con pequeñas embarcaciones y algún que otro extranjero loco buscando su Dorado particular. Las lanchas iban recogiendo pasajeros a lo largo del río dentro de una especie de desordenado orden en el que todo el mundo parecía saber perfectamente dónde estaba la suya, mientras yo esperaba que Juancho se acordara de dónde estaba la nuestra.

Embarcadero de Leticia a orillas del río Amazonas en Colombia
Embarcadero de Leticia a orillas del río Amazonas en Colombia

Caminamos junto al río por una vereda de tierra que las lluvias de la noche anterior habían convertido en un auténtico barrizal. Había fango hasta los tobillos, cargaba con mi mochila y parte de las compras y llevaba las gafas completamente empapadas, así que si normalmente veo poco, aquel día veía todavía menos. Mi bastón de ver pasó inmediatamente a modo trekking mientras cruzábamos pasos improvisados con troncos y bajábamos terraplenes resbaladizos hasta llegar a la plataforma de madera que hacía las veces de embarcadero.

Y sí, definitivamente el Amazonas me había dado su bienvenida. Aquello iba a ser un auténtico desafío para los sentidos.

Por fin nos subimos a aquella vieja lancha, de asientos castigados por el sol y el paso del tiempo, cargada de personas y mercancías, y comenzamos a navegar río arriba. Según avanzábamos solo había verde y más verde, troncos flotando a la deriva que íbamos esquivando y un cielo que poco a poco se cubría de nubes de tormenta. Todo tenía ese aroma a pureza mezclado con lluvia, una lluvia que cada vez caía con más fuerza hasta difuminar la orilla por la que íbamos navegando.

Al llegar a nuestro destino, un pequeño embarcadero en mitad de la nada, Barto nos estaba esperando con su barca para llevarnos hasta Mocagua, que iba a convertirse en mi casa durante los siguientes días. Pero eso sí, bajo el diluvio universal. ¿Que seguía cayéndome agua encima? ¿Que había que caminar por el fango? ¿Que tenía que subir por unas pseudoescaleras hechas con troncos que resbalaban una barbaridad? Más feliz era. Me encantan estos berenjenales y, además, Barto y Juan estaban pendientes de que este cegato no se la pegase durante sus primeras horas en el paraíso.

Y lo digo alto y claro: para mí aquello era el paraíso. Estaba en mitad de la nada, rodeado de naturaleza, respirando bocanadas de pureza y dispuesto a empezar a descubrir siglos de conocimientos y tradiciones.

Barto y Teresa me acogieron como uno más en su casa, donde vivían con Sandy, una de sus hijas, y sus dos nietos. A ellos había que sumar a Juancho, su particular hijo adoptivo, y ahora a este españolito que os habla.

En Mocagua se respiraba paz y tranquilidad bajo un silencio solamente roto por los sonidos de la selva y el canto loco de las guacharacas, que nos avisaban de si iba a llover o no. Había casitas sencillas de madera, ropa tendida bajo los porches y enormes árboles cargados de frutas amazónicas que ni siquiera había visto durante mis meses en Colombia: copoazú, arazá, maracuyá, lulo… y aquellos juguitos me daban la vida todos los días.

Casas de madera de la comunidad indígena de Mocagua en el Amazonas colombiano
Casas de madera de la comunidad indígena de Mocagua en el Amazonas colombiano

Una pequeña calle asfaltada recorría parte de la comunidad desde la escuela hasta el otro extremo, pasando por el centro de salud, una panadería, algunas viviendas y un par de pequeñas tiendas. El resto eran caminos de tierra que, cuando llovía, se convertían rápidamente en barro. También estaba, como no podía ser de otra manera, la canchita de fútbol, donde cuando bajaba el sol comenzaba la sesión futbolera. Primero jugaban los chicos y después las chicas, con media comunidad animando desde fuera y la otra media aprovechando para tomar algo.

Mocagua tenía de todo. Bueno, todo lo que se necesita para vivir y ser feliz. Apenas había internet, que para mí era un punto a favor, y buena parte de la vida cotidiana seguía dependiendo de aquello que proporcionaban el río, la selva y las chacras. Si querías comer piraña o un buen pirarucú, ibas al río y lo pescabas; si querías fruta, salías de casa y elegías; si necesitabas yuca o alguna hortaliza, estaba la chacra; y si te dolía la tripa, Teresa sabía qué hierbas darte. La medicina tradicional seguía formando parte de aquella vida y, cuando no era suficiente, entonces tocaba desplazarse para visitar al señor de la bata blanca.

Barto mostrando un pez capturado en la comunidad de Mocagua, Amazonas colombiano
Barto mostrando un pez capturado en la comunidad de Mocagua, Amazonas colombiano

Y hablando de pescar, una mañana bien temprano nos fuimos Jorge, Juan y yo al río Matamatá a buscar pirañas. Pescar, lo que se dice pescar, pescaron ellos, salvo un par de pirañitas incautas y adormiladas que terminaron mordiendo mi anzuelo. Definitivamente esto de pescar no es lo mío, hace falta mucha paciencia y de eso ando escaso, pero por lo menos nos echamos unas buenas risas y volvimos a casa con la cena de aquel día.

Los días en la selva pasaban con calma pero sin pausa, a un ritmo que permitía que mis sentidos se empaparan libremente cada mañana. Había amaneceres que sabían a café recién hecho, huevos pericos y leche con avena, caminatas por aquel jardín infinito bajo el rocío mañanero y horas en las que no hacía falta absolutamente nada más que dejar pasar el tiempo.

Otros días, con las baterías a tope, cada loco se ponía con su tema y Barto, Juancho y yo nos subíamos a una pequeña embarcación de madera para comenzar a navegar río arriba, con Perú a nuestra izquierda y Colombia a nuestra derecha. Bajo el sol o diluviando, recorríamos el Amazonas y sus laberínticos afluentes hasta llegar a lugares especiales, únicos y donde parecía que el tiempo se había parado.

Una de las cosas que había venido a hacer a esta selva, aparte de aprender sobre la cultura Tikuna, era conocer la realidad de las comunidades indígenas y, en concreto, acercarme a cómo se vive allí la discapacidad. Así que Barto, mis ojos y mi todo en esta tierra, nos llevó a Juancho y a mí durante aproximadamente hora y media por ríos y quebradas hasta San Martín de Amacayacú.

Nada más llegar dejamos nuestra barca junto a otras pequeñas embarcaciones y caminamos por un sendero lleno de charcos hasta dirigirnos a la maloca para presentarnos ante el curaca, la máxima autoridad de la comunidad. Se llamaba Benicio y estuvimos un buen rato sentados hablando con él sobre San Martín, su gente y las personas con discapacidad que vivían allí. Antes de hacer nada queríamos explicarle quién era yo, cuáles eran mis propósitos y pedirle permiso para conocer aquella realidad.

Durante mis días entre San Martín, Macedonia, Mocagua y Puerto Nariño conocí situaciones que me hicieron pensar mucho. Una adolescente con una discapacidad física muy grave que apenas podía salir de casa; tres hermanos sordos de nacimiento que no asistían al colegio porque sufrían burlas y el profesorado no estaba preparado para atenderlos; y una niña de doce años con síndrome de Down que no paraba de regalar abrazos y sonrisas. En muchos de aquellos casos eran las propias familias quienes tenían que buscarse la vida para que no faltaran cuidados, educación o medicamentos.

Esa sensación de sentirse ignorados y poco escuchados se repitió en varias de las comunidades que visité. Si tener cualquier tipo de discapacidad en una ciudad ya puede convertirse en un problema, en el mundo rural las dificultades aumentan, pero la brecha se hace todavía mayor entre comunidades indígenas situadas en territorios remotos y de difícil acceso, donde desplazarse para acudir a una consulta puede suponer muchas horas de viaje y un coste difícil de asumir para algunas familias.

Estar allí, escucharlos y conocer aquella realidad directamente fue muy diferente a leerla desde casa. Pero, a pesar de esas cosas que a veces me irritaban, allí la vida continuaba, la gente seguía adelante y yo continuaba aprendiendo de todas esas cosas bonitas que encontraba en aquel universo paralelo.

Mientras tanto, seguía con mis quijotadas amazónicas junto a mis fieles compañeros de aventura, Barto y Juancho.

Próxima parada: Puerto Nariño.

Puerto Nariño: el pueblo donde la naturaleza marca el ritmo

Puerto Nariño era bastante diferente de las pequeñas comunidades en las que había estado viviendo. Tenía un pequeño hospital, comercios, restaurantes, alojamientos y muchas más infraestructuras y, aunque seguía siendo un lugar tranquilo, para mí, que venía de la más absoluta paz y serenidad de Mocagua, aquello ya me parecía hasta movidito.

Puerto Nariño a orillas del río Amazonas en Colombia
Puerto Nariño a orillas del río Amazonas en Colombia

Llegamos después de unos cuarenta minutos en una lancha rápida que iba a toda pastilla por el Amazonas. Habíamos ido aquel sábado porque se celebraba un mercado local al que llegaban indígenas de diferentes comunidades para vender sus productos y artesanías. Allí tomamos mazato y vino de parawarú y compramos mojojois para la cena, esos gusanos de árbol gordos y jugosos que Teresa preparaba fritos, a la brasa o como se terciara.

Felipe Gutiérrez y Juancho probando una bebida tradicional en Puerto Nariño, Amazonas
Felipe Gutiérrez y Juancho probando una bebida tradicional en Puerto Nariño, Amazonas

Tal y como había predicho Barto por la mañana, si las guacharacas cantaban era porque iba a llover. Y aquellas condenadas no fallaron. Mientras comíamos el plato del día en un restaurante junto al río empezó a caer lo más grande, con truenos y relámpagos, así que nos quedamos allí hasta que amainó antes de continuar hacia el lago Tarapoto.

Allí viven los delfines rosados, los Omachas. Entre las historias que escuché sobre ellos estaba la de un joven guerrero indígena al que uno de los dioses, movido por la envidia, convirtió en Omacha y condenó a vivir para siempre en aquellas aguas. Juancho y Barto consiguieron verlos varias veces, pero yo, como podéis imaginar, lo tenía un poquito más complicado. Solamente conseguí verlos en un par de ocasiones y fue gracias a la pantalla del móvil de Juancho.

La vuelta a casa la hicimos navegando junto a la orilla peruana, menos poblada que la colombiana pero igual de bella. Cuando regresamos a Mocagua, Barto se marchó a la cancha con sus amigos y Juancho y yo caminamos hasta el que se había convertido en mi rincón favorito, un pequeño lugar escondido entre la vegetación junto al Amazonas, con una gran roca que me servía de trono. Desde allí contemplaba cómo el Dios Sol descendía lentamente hasta ocultarse entre las aguas, mientras las nubes se reflejaban en aquel enorme espejo en forma de río y todo tipo de ranas y sapos empezaban a saludar a la Madre Luna.

Atardecer junto al río Amazonas durante la estancia en Mocagua, Colombia
Atardecer junto al río Amazonas durante la estancia en Mocagua, Colombia

Al regresar a casa Teresa estaba preparando la cena. Aquella noche tocaban empanaditas y mojojois fritos, crujientes por fuera y jugosos por dentro, pero para mí lo mejor llegaba después, cuando terminábamos de cenar y empezaban esas conversaciones con Barto y Teresa entre sorbos de chuchuwasa, o los cuentos que Jorge y Matilda narraban con cariño. Eran historias Tikuna que sus abuelos les habían contado cuando eran pequeños y que ahora ellos transmitían a sus nietos para que aquella tradición nunca se perdiera y para que quienes llegábamos de fuera pudiéramos sentarnos a escuchar y empaparnos un poquito de ella.

Llegó mi supuesto último amanecer en el paraíso y no tenía ninguna gana de marcharme. Barto tenía que bajar conmigo a Leticia para hacer unas cosas y yo necesitaba organizar mi salida, pero sinceramente no me apetecía absolutamente nada cambiar aquella tranquilidad por una urbe polvorienta llena de ruido, prisas, coches y tuktuks a la caza de turistas. Solo quería quedarme allí, en mi selva, y creo que Barto y Juancho tampoco tenían demasiadas ganas de que me fuera.

Así que se me ocurrió una solución bastante sencilla: bajar a Leticia, comprar el billete de avión para viajar unos días después con Juancho y regresar de nuevo a Mocagua. Y así fue. Después de un buen susto por el precio del vuelo, compré mi pasaje y conseguí algo que unas horas antes parecía imposible: todavía tenía tres días más para disfrutar de la comunidad y completar los diez días que finalmente pasé allí.

Me pareció mentira regresar a Mocagua, sentir de nuevo aquella sensación de paz y tranquilidad de la que no quería salir, darme una ducha fresquita con agua de lluvia y terminar el día con una de esas puestas de sol que quitan el sentido y un par de cervezas. Y todavía me parecieron mejores aquellos amaneceres extras entre tintos, juegos de niños y absolutamente nada especial que hacer.

Para algunos aquello puede resultar aburrido, pero para mí esas horas paseando entre sombras con aroma a fruta tropical, caminando por calles de barro, parándome a hablar con uno y con otro o simplemente viendo cómo pasaba el día eran algo maravilloso. Porque son precisamente esas cosas simples las que dan sentido a mis viajes.

Cuando llegó la despedida definitiva no tenía ganas de volver a esa jungla llamada Bogotá ni de sentir otra vez las prisas y el corre corre, pero esta vez ya no quedaba otra que aceptar la vuelta a la realidad.

Gracias a Barto, Teresa, Juancho y Yeegune Amazonas descubrí la belleza de este lugar y aprendí un poco de lo que significa ser indígena, de sus valores, sus principios y, sobre todo, de la importancia de la comunidad y la familia. Durante aquellos diez días me sentí completamente envuelto y embelesado por ese océano verde, a veces tan hostil, que es la Amazonia; por ese río lleno de vida que es el Amazonas; y por una comunidad, Mocagua, que me acogió, me protegió y me cuidó como a un Tikuna más.

Con ellos me despojé del tiempo, de las prisas, del estrés y de muchas de esas enfermedades que arrastramos en las salvajes junglas urbanas que llamamos ciudades. Porque solo cuando llegas a un lugar así empiezas a darte cuenta de la grandeza de esta tierra, llena de belleza, naturaleza y una cultura rebosante de conocimientos y sabiduría transmitidos durante generaciones.

Llegué al Amazonas buscando una aventura y terminé encontrando algo bastante más importante: durante diez días encontré una familia.

Cali - Cauca: salsa, cultura y vida

Ya ni recuerdo los días que llevaba en Bogotá, pero el cuerpo empezaba a pedirme un cambio. Después de casi un mes de frío, lluvia y calditos calentitos, necesitaba un poquito de calor.

Tras un viaje nocturno en autobús de once horas llegué al corazón del Valle del Cauca. Ya estaba en Cali, la capital mundial de la salsa y, como descubriría muy pronto, mucho más.

No sé qué tuvo ese calorcito caleño, pero me atrapó nada más llegar. Quizás fue aquel cielo azul que me dio la bienvenida o unas calles que parecían vibrar a un ritmo completamente distinto al que había vivido hasta entonces.

El barrio de San Antonio, con sus calles empinadas y sus casitas blancas, se convirtió en mi hogar. Fue un amor a primera vista sin saber muy bien por qué. Algo me decía que iba a quedarme un tiempito, así que decidí tomarme los primeros días sin prisas.

Eso es lo bonito de viajar sin demasiados planes. Hago lo que me manda el corazón, y en aquel momento me pedía sentir Cali.

Primero tenía que ubicarme. Andurrear y bastonear las calles de San Antonio, perderme hasta encontrar los caminos correctos —o los que la diosa de la fortuna quisiera poner delante de mí— y construir poco a poco mi propio mapa mental. Una vez geolocalizados mis dominios, ya podía lanzarme a descubrir el resto de la ciudad.

Y definitivamente, Cali es mucho Cali.

Muchos viajeros llegan atraídos por la salsa y la rumba, pero quedarse solamente con eso sería perderse buena parte de su esencia. Cali son también sus caleños y caleñas, con una hospitalidad y una amabilidad que no tienen precio; la brisa de la tarde que hace olvidar el sofocón del mediodía; una gastronomía que me quita el sentido y una ciudad que parece sonar a salsa, bongos y timbales a cualquier hora.

Caminé sin rumbo por el Bulevar del Río dejándome llevar por el fluir de la gente, con el río Cali como testigo silencioso. A mi alrededor, puestos de mil sabores y olores distraían continuamente mis sentidos. Los cholados me helaban el paladar con sus siropes tropicales mientras la música seguía marcando el ritmo.

Felipe Gutiérrez con su bastón en el Bulevar del Río de Cali
Felipe Gutiérrez con su bastón en el Bulevar del Río de Cali

Así fui sintiendo esa Cali auténtica, étnica y rumbera que aparecía a cada golpe de bastón. Una ciudad donde no tardé demasiado en escuchar una frase que los caleños repiten con orgullo: «Cali es Cali y lo demás es loma».

A la sombra de las paredes blancas de La Ermita, vendedores de maní y estampitas de San Pedro daban los buenos días a feligreses y paseantes mientras se ganaban la vida a cambio de unos pesitos.

Además, llegué en una época especialmente intensa. Cali se preparaba para la Navidad y para su feria. Cuando cayó la noche, las luces y enormes figuras de colores transformaron el centro en una fiesta.

Yo sabía lo que me esperaba: muchísima gente, luces que me dificultarían todavía más la visión, tropezones y bastante agobio. Pero estaba en Cali y quería vivirlo. Y para eso tenía conmigo a Andrea y Laura.

Duramos en el Bulevar media hora o así. Suficiente para comprobar que avanzar entre aquella multitud era como convertirse en una pelota de ping-pong. Entre empujones y tropezones terminamos buscando una salida hacia un refugio bastante más apropiado para nosotros: cervezas y rock and roll.

Andrea, además, era otra de esas personas que el viaje había colocado en mi camino. La había conocido en aquel mágico hostel de Bucaramanga que consiguió unir a viajeros que terminaron convirtiéndose en grandes amigos.

Pero si hubo un lugar donde Cali terminó de conquistarme fue a través del estómago.

La Galería Alameda no es un mercado cualquiera. Ya desde sus alrededores se percibe esa vidilla propia de los mercados populares: gente regresando cargada con sus compras, pequeños puestos ocupando las aceras y los sabores del Pacífico mezclándose con frutas, verduras y pescados.

Puestos de frutas y verduras en la Galería Alameda de Cali
Puestos de frutas y verduras en la Galería Alameda de Cali

Caminar por sus pasillos fue perderme entre los olores del campo y los colores de las frutas y verduras del Valle. En cada puesto aparecía una broma sobre los supuestos poderes mágicos de mi bastón, una sonrisa o algo nuevo que probar.

Lulo, chontaduro, piña, fresas… Lo mismo que me comía acababa después dentro de un jugo.

La Galería Alameda fue para mí un auténtico experimento social y un orgasmo para los sentidos. Una de esas experiencias que explican mucho mejor una ciudad que cualquier monumento.

Para entonces también empezaba a estar cansado del hostel y de tanto gringo con ganas de rumba. Necesitaba volver a sentir el calor de una casa. Y ahí fue cuando Couchsurfing hizo otra vez de las suyas y cruzó mi camino con el de Andrea y su familia.

Volví a despertarme entre aromas de café y arepas recién hechas, comida casera y conversaciones que se alargaban hasta que el cuerpo aguantara.

ASOLVI: discapacidad visual y vida cotidiana en Cali

Pero Cali todavía me guardaba otra experiencia mucho más cercana a mi propia historia.

Llegué hasta ASOLVI, la Asociación de Personas con Limitación Visual, donde conocí a María Isabel y a algunos de los chicos y chicas del centro.

Personas con discapacidad visual compartiendo una jornada en ASOLVI en Cali
Personas con discapacidad visual compartiendo una jornada en ASOLVI en Cali

Nada más llegar me invitaron a un sancochito hecho a la leña. Pero aquello tenía truco. Antes de comer había que remangarse y echar una mano.

Entre cubazos de agua, fregando el suelo y alguna que otra guerra improvisada, las risas estaban aseguradas. Y precisamente ahí, compartiendo algo tan cotidiano, desaparecieron etiquetas, discapacidades y formalidades.

Compartimos experiencias, dificultades y muchas risas. Encontré personas con discapacidad visual con una enorme capacidad para enfrentarse a situaciones que no siempre se lo ponen fácil. Personas que intentan conseguir algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan complicado como vivir con la mayor autonomía posible.

De todo aquello hablé también con María Isabel, directora y alma mater de ASOLVI. Su trabajo está dirigido a que las personas con discapacidad visual desarrollen herramientas que les permitan desenvolverse en esa jungla urbana que puede llegar a ser cualquier gran ciudad.

Pero también conocí la otra cara: las dificultades económicas y las puertas que, según me contaban allí, encontraban cerradas cuando buscaban ayuda para mantener el proyecto.

Viajar también es esto. No solamente conocer los lugares bonitos de una ciudad, sino acercarme a otras personas con discapacidad visual y escuchar cómo es realmente su día a día.

Antes de marcharme todavía me quedaba una visita muy diferente.

Entré en la Casa de la Memoria Histórica de Cali, uno de esos lugares incómodos pero necesarios. Allí me encontré frente a las historias y consecuencias del conflicto armado en el Valle del Cauca.

Hay cosas que no deberían olvidarse precisamente para intentar que nunca vuelvan a ocurrir. Y escuchar algunas de aquellas historias hacía muy difícil permanecer indiferente.

Cali había empezado conquistándome por su calor, después llegaron su gente, su comida, la salsa y todas aquellas personas que se fueron cruzando conmigo.

Y cuando pensaba que mi capítulo caleño estaba terminado, volvió a sonar el teléfono.

Era Dani, mi chilena favorita, otra de aquellas grandes viajeras que había conocido en Bucaramanga. Ella viajaba de norte a sur y yo continuaba hacia el sur. Con la Navidad a la vuelta de la esquina, decidimos encontrarnos y buscar un lugar donde pasar juntos esas fechas.

Después de diez días tocaba despedirse.

Me iba de una tierra alegre, cálida y colorida, que sonaba a salsa y sabía a viche. Una ciudad hecha para bastonear y dejarse llevar, donde durante unos días hasta mi ángel de la guarda pudo tomarse un pequeño descanso.

Popayán: descubriendo la Ciudad Blanca

Después de diez días en Cali, una ciudad que me había atrapado desde el primer momento, mi cuerpo y mi cabeza empezaban a pedirme un cambio. La Navidad y la Feria se acercaban, las calles estaban cada vez más bulliciosas y yo necesitaba bajar un poco el ritmo. Creo que a Dani le ocurría exactamente lo mismo, así que, sin demasiados planes y con la única intención de encontrar un lugar tranquilo donde pasar la Navidad y descubrir cómo se vivían estas fechas en Colombia, pusimos rumbo hacia el sur.

Nuestra siguiente parada fue Popayán y el flechazo fue prácticamente inmediato. Lo sentí durante aquellos primeros pasos desde la estación hasta el hostel, mientras caminaba por unas calles tranquilas, con poco tráfico y rodeadas de casas coloniales encaladas de blanco. Después de tantos días en Cali, donde todo parecía suceder al mismo tiempo, encontrarme de repente en una ciudad donde la gente caminaba en lugar de correr era justo lo que necesitaba.

Calle de casas coloniales blancas en el centro histórico de Popayán
Calle de casas coloniales blancas en el centro histórico de Popayán

Durante los siguientes tres días hice algo tan sencillo como caminar. No necesitaba ir persiguiendo monumentos ni tachando lugares de una lista; prefería bastonear sin prisas, equivocarme de calle y dejar que la ciudad fuese apareciendo poco a poco ante mí. Fue así como volví a encontrar ese calor humano que tanto me gusta de los lugares pequeños: recibir los buenos días de una señora que regresaba de hacer la compra, terminar charlando con el hombre de la mesa de al lado mientras daba pequeños sorbos a su café bien negro o que alguien me parase en una plaza y, sin conocernos de nada, acabáramos filosofando sobre lo bonita que puede llegar a ser la vida. Esas pequeñas cosas son las que me recuerdan por qué me gusta tanto viajar por este país. Esa es la Colombia que amo.

Popayán también empezó a conquistarme por el estómago. Mientras caminaba iban apareciendo pequeñas cocinas ambulantes de las que escapaban olores capaces de hacerme cambiar de dirección, y entre algo dulce por aquí y algo salado por allá terminé encontrándome con las empanadas de pipián, uno de esos descubrimientos que justifican por sí solos unos cuantos kilómetros de viaje. Pero había algo más en aquella ciudad que me resultaba difícil explicar. A veces caminaba por calles donde apenas escuchaba nada y, unos metros después, aparecía la música; los olores que llegaban de las montañas se mezclaban con los de la comida callejera y las conversaciones surgían cuando menos las esperaba. Popayán me estaba entrando por los sentidos y, sin darme cuenta, estaba recuperando algo que el bullicio de las grandes ciudades a veces me hace olvidar: el placer de viajar despacio, empaparme del lugar y dejar que sea el propio camino el que marque los tiempos.

La ciudad cambió cuando llegó la Navidad. Al caer la noche, el blanco de las fachadas daba paso a las luces de colores, la gente salía a pasear por la plaza de Caldas y el sonido de tambores y flautas se extendía por las calles. Sin embargo, donde terminé de sentir aquella Navidad colombiana fue el 24 de diciembre, cuando Dani y yo nos acercamos hasta la Plaza de Mercado de La Esmeralda para comprar algunas cosas para nuestra cena.

Entrar allí fue meternos de lleno en ese pequeño caos que tanto me gusta. Entre la penumbra del mercado se cruzaban vendedores y compradores mientras los olores de las frutas y de la comida navideña recién hecha llegaban desde todas partes y hacían trabajar a mis sentidos horas extras. Fuimos comprando algunas cositas y regresamos al hostel, donde preparamos nuestra particular cena de Nochebuena. Tengo que reconocer que mi espíritu navideño suele ser bastante escaso, pero allí era difícil no contagiarse de una Navidad que se vivía en las calles, en los mercados y, sobre todo, entre la gente.

Así pasé mis primeras Navidades en Colombia, más feliz que una perdiz y disfrutando de una ciudad que me había devuelto la tranquilidad que necesitaba. Pero el viaje tenía que continuar y, a menos de dos horas hacia el interior del Cauca, nos esperaba un pequeño pueblo al que tenía muchísimas ganas de llegar. Volvimos a echarnos las mochilas a la espalda y pusimos rumbo a Silvia, tierra de los Misak.

Silvia Cauca: conviviendo con la comunidad Misak

Durante mi viaje por Colombia me estaba encontrando con lugares que llegaban casi por casualidad, sin haberlos buscado demasiado, y que terminaban cambiando mis planes por completo. Silvia fue uno de ellos. Llegué junto a Dani pensando que sería una parada más en el camino, pero bastaron unos días para que aquella mezcla de raíces campesinas y culturas ancestrales, envuelta en una tranquilidad que parecía detener el reloj, empezara a hacer de las suyas conmigo.

Silvia podía parecer un pueblo tranquilo hasta que llegaba el martes, día de mercado. Entonces los Misak que viven en las montañas bajaban hasta el pueblo para vender frutas, verduras y otros productos recién recolectados, y las calles se transformaban por completo. Las chivas llegaban cargadas desde las veredas, los sombreros y las ruanas se mezclaban entre prendas azules, frutas y verduras, y los olores intensos del mercado formaban esa bomba olfativa que tanto me pone. Yo caminaba en medio de aquel trasiego intentando absorber cuanto podía, sabiendo además que, precisamente aquel día, debía continuar el viaje.

Mujeres Misak vendiendo productos en el mercado de Silvia, Cauca
Mujeres Misak vendiendo productos en el mercado de Silvia, Cauca

La mochila estaba preparada y Dani y yo esperábamos el autobús que nos llevaría hacia nuestra siguiente parada, pero mientras veía todo aquel movimiento alrededor empecé a preguntarme qué sentido tenía marcharme. Había llegado hasta allí para conocer la cultura Misak y sentía que apenas había rozado su superficie. Así que hice una de esas cosas que algunos llaman locura y que a mí suelen regalarme los mejores momentos de los viajes: dejé escapar el autobús. Dani continuó sola hacia el sur y yo regresé a Silvia con la mochila a la espalda, decidido a quedarme el tiempo que necesitara para conocer un poco mejor aquella tierra.

A la mañana siguiente madrugué y me subí a uno de los jeeps que salían desde la plaza rumbo a las veredas de las montañas. El camino fue ascendiendo entre montañas verdes, ríos y pequeñas comunidades Misak, dando tumbos por una pista de tierra que consiguió dejarme las cervicales machacadas. Cuando finalmente bajé del jeep, reajusté el cuerpo como pude, agarré el bastón y comencé a caminar por La Campana.

Camino rural en territorio Misak cerca de Silvia, Cauca
Camino rural en territorio Misak cerca de Silvia, Cauca

Allí arriba entendí que la naturaleza no era simplemente el paisaje que rodeaba a los Misak, sino una parte esencial de su manera de vivir y de entender el mundo. Para la comunidad Misak del Cauca, la tierra y, especialmente, el agua ocupan un lugar central dentro de su cultura, de ahí que sean conocidos como los Hijos del Agua. Pero yo acababa de llegar a una comunidad que no era la mía y no quería comportarme como alguien que aparece, hace unas fotografías y se marcha. Antes de comenzar a caminar por aquellas tierras fui a buscar al Taita Francisco, una de las autoridades de la comunidad, para presentarme y pedirle permiso.

Francisco me recibió con una sonrisa y me explicó que aquel día había convocado a la comunidad para realizar trabajos colectivos. Tocaba limpiar de maleza uno de los caminos, así que lo que en principio imaginaba como una visita terminó permitiéndome acercarme a algo mucho más interesante: un día cotidiano en la vida de la comunidad. Sin espectáculos preparados ni experiencias diseñadas para viajeros, pasé el día caminando por La Campana, observando y tratando de comprender un poquito mejor esa relación entre territorio, comunidad y cultura que los Misak intentan conservar generación tras generación.

Cuando regresé a Silvia tenía la satisfacción de haber conseguido aquello que buscaba cuando dejé escapar el autobús. No pretendía comprender una cultura en un solo día, porque sería absurdo, pero al menos había podido acercarme a ella desde dentro y escuchar en lugar de limitarme a mirar. Pensaba que con aquello Silvia ya me había regalado suficiente, aunque mi querido guionista todavía tenía preparada otra de esas casualidades que terminan dando sentido a un viaje.

Me quedé un par de días más y entonces apareció Alfonso. Era de Silvia, tenía ceguera total, trabajaba como locutor de radio, era músico y formaba parte, junto con otras personas con discapacidad visual del municipio y de las veredas cercanas, de un grupo musical llamado Mirada Felices. Me invitaron a uno de sus ensayos y, evidentemente, era imposible negarse.

Entre música, risas y algún que otro bailoteo empezamos a hablar de nuestras experiencias. La conversación terminó llevándonos hacia la discapacidad y, especialmente, hacia lo que supone vivir con una discapacidad visual en un entorno rural. Escucharlos me permitió acercarme a una realidad diferente a la de las grandes ciudades colombianas que había conocido durante el viaje, porque allí las distancias, los caminos y los recursos disponibles condicionaban de otra manera la vida cotidiana.

Fue otro de esos momentos en los que comprendí que mi bastón no sirve solamente para orientarme. Muchas veces también funciona como una llave que abre conversaciones, despierta curiosidad y me acerca a personas que probablemente nunca habría conocido viajando de otra manera. En Silvia aquella llave me había llevado primero hasta una comunidad Misak en las montañas y después hasta Alfonso y sus compañeros, dos experiencias completamente diferentes que terminaron formando parte de una misma historia.

Así acabó mi paso por Silvia, un pequeño rincón del Cauca al que llegué pensando que estaría unos pocos días y del que terminé marchándome bastante más tarde de lo previsto. Había dejado escapar un autobús, subido en jeep hasta La Campana, conocido al Taita Francisco y compartido música y conversaciones con personas con discapacidad visual del mundo rural. Me iba sintiéndome querido y como en casa, pero esta vez sí había llegado el momento de colocarme otra vez la mochila, agarrar el bastón y subirme a aquel autobús que había dejado escapar unos días antes, dispuesto a descubrir hacia dónde quería llevarme ahora mi querido guionista.

El Eje Cafetero: despedir el año entre Salento y Filandia

Salento: una Nochevieja pasada por agua

Era el último día del año y allí estaba yo, dispuesto a despedir 2022 haciendo lo que más me gusta y comenzar 2023 exactamente de la misma manera: dejándome llevar por ese universo llamado Colombia.

Después de varios días en Silvia, había llegado el momento de separarme de mi alma viajera y continuar el camino hacia el norte, en busca de unas tierras altas y verdes, salpicadas de pueblos coloridos en los que el aroma del café parece haberse instalado para siempre. Mi primera parada en el Eje Cafetero sería Salento, uno de los lugares más conocidos de Colombia y también uno de los más visitados.

Felipe Gutiérrez con una vista panorámica de Salento en Colombia
Felipe Gutiérrez con una vista panorámica de Salento en Colombia

Venía de caminar por las tranquilas calles de Silvia, rodeado de montañas, comunidades indígenas y una calma que me había permitido bajar el ritmo durante unos días. Por eso, encontrarme de repente con cientos de turistas, música, ruido y el ambiente festivo propio de un 31 de diciembre me provocó un choque difícil de digerir. Durante las primeras horas me agobié una barbaridad y llegué a plantearme agarrar la mochila y marcharme, convencido de que había cometido un error al llegar precisamente en aquellas fechas.

Sin embargo, después de dar un paseo, beberme un par de tragos de aguardiente y consultarlo con la almohada, decidí concederle una oportunidad. Era consciente de que me encontraba en uno de los pueblos más turísticos del país, en plena Navidad y a las puertas de Nochevieja, así que quizá el problema no era Salento, sino el momento que había elegido para conocerlo.

Al caer la noche, la plaza de Bolívar esperaba la llegada del nuevo año engalanada con luces de colores y barras preparadas para servir alcohol hasta que el cuerpo aguantara. La gente comenzaba a reunirse y yo esperaba con ganas que llegaran las doce para que arrancara la rumba, pero lo único que comenzó fue una lluvia tremenda, acompañada de truenos y relámpagos, que obligó a medio Salento a buscar refugio bajo los soportales y los edificios sin soltar el trago de la mano.

Durante una pequeña tregua decidí regresar al hostel para continuar allí la celebración, aunque a eso de las tres de la madrugada ya estaba metido en la cama. No había sido la Nochevieja que imaginaba, pero viajar también consiste en aceptar que los planes rara vez salen como uno espera y que, algunas veces, precisamente ahí comienza lo interesante.

El primer día de 2023 amaneció sin lluvia, aunque el cielo seguía gris y encapotado. Salento dormía la fiesta de la noche anterior y sus calles permanecían casi desiertas, todavía impregnadas del olor a pólvora y tierra mojada. Era el momento perfecto para salir a bastonear sin prisas y buscar el pueblo que el bullicio no me había permitido sentir a mi llegada.

El Valle del Cocora, con sus altísimas palmas de cera y sus paisajes convertidos en una de las imágenes más reconocibles del Eje Cafetero, estaba demasiado concurrido aquel primero de enero. En lugar de sumarme a la muchedumbre, decidí dejar su visita para otra ocasión y caminar en dirección contraria, alejándome poco a poco del centro turístico.

Al final de una calle empedrada encontré un puente metálico de color verde que parecía separar dos mundos. A un lado quedaban las casas coloridas y las calles más transitadas de Salento; al otro comenzaban los caminos de tierra, las pequeñas veredas y los cafetales que se extendían bajo aquel cielo gris. Fue allí donde apareció el Salento que estaba buscando.

Puente que comunica el centro de Salento con su entorno rural
Puente que comunica el centro de Salento con su entorno rural

Caminando sin rumbo llegué hasta la Aldea de los Artesanos, donde pasé la mañana entre casas bajas, árboles y senderos de tierra, deteniéndome a conversar con las personas que trabajaban en sus pequeños talleres. Entre charla y charla fui conociendo sus oficios y su forma de vida hasta que, cuando quise darme cuenta, había transcurrido una de esas mañanas sencillas que terminan ocupando un lugar especial en la memoria.

Por la tarde me hablaron de un juego tradicional colombiano en el que se mezclaban cerveza, puntería y pólvora, una combinación que difícilmente podía dejar escapar. El tejo tiene su origen en las comunidades muiscas y consiste en lanzar un disco metálico contra una superficie de arcilla en la que se colocan pequeñas mechas cargadas de pólvora. Cuando el lanzamiento acierta, la explosión retumba en toda la pista y la celebración continúa alrededor de unas cervezas.

Pista tradicional de tejo durante el viaje de Felipe por Salento
Pista tradicional de tejo durante el viaje de Felipe por Salento

No sé si mi puntería estuvo a la altura, pero entendí rápidamente por qué el tejo es mucho más que un juego. Alrededor de cada lanzamiento se conversa, se bebe, se bromea y se comparte, convirtiendo la pista en un pequeño reflejo de esa manera colombiana de disfrutar la vida en compañía.

Así terminaron mis días en Salento, un lugar que durante las primeras horas me había provocado ansiedad y ganas de marcharme, pero que acabó mostrándome una cara completamente diferente cuando me alejé del ruido y dejé de buscar aquello que todo el mundo venía a encontrar. Me marchaba sin haber visitado el Valle del Cocora, pero con la certeza de haber descubierto otro Salento al que algún día me gustaría volver con más calma y menos gente.

Filandia: aprender a parchar sin mirar el reloj

Desde Salento continué hasta Filandia, otro municipio del departamento del Quindío que, aunque también recibía numerosos visitantes, conservaba un ritmo mucho más pausado. Nada más llegar percibí que allí se respiraba un ambiente diferente, más campesino y cotidiano, que me permitió sentirme cómodo desde el primer momento.

Solo pensaba quedarme unas noches, pero fueron suficientes para encontrar en el Hostel Colina de Lluvia uno de esos rincones viajeros donde uno termina sintiéndose como en casa. Allí conocí a personas que se fueron ganando un lugar en mi corazón mientras los días transcurrían sin demasiados planes y con el único propósito de dejarme llevar.

De Filandia me quedo con la alegría que desprendían sus fachadas de colores, con el verde intenso de unos cafetales que nunca me cansaba de contemplar y con aquellos caminos cubiertos por túneles de vegetación que llenaban mis pulmones de aire puro. También recuerdo las tardes entre tragos y conversaciones, parchando con filósofos de la vida que no necesitaban grandes discursos para explicar lo verdaderamente importante.

Durante aquellos tres días caminé sin prisas, disfrutando de una forma de viajar en la que no era necesario acumular visitas ni correr de un lugar a otro. Filandia no necesitó deslumbrarme con una gran experiencia porque su verdadero encanto estaba en la tranquilidad de sus calles, en la cercanía de su gente y en esa sensación de poder sentarme a conversar sin mirar constantemente el reloj.

Cuando llegó el momento de marcharme, subí a una buseta sin tener demasiado claro dónde terminaría aquella jornada. Barajaba varias opciones, pero no había reservado alojamiento ni decidido en qué pueblo dormiría esa noche. Mi primera intención era detenerme en Riosucio, aunque el comienzo del Carnaval del Diablo había llenado el municipio y encontrar una habitación, a un precio razonable o incluso poco razonable, parecía una misión imposible.

Volvía a viajar sin una ruta cerrada, dejándome en manos de la fortuna y de ese guionista caprichoso que llevaba semanas decidiendo por mí. Hasta entonces no me había fallado y estaba a punto de demostrarme, una vez más, que las mejores historias suelen comenzar justo cuando los planes se tuercen.

Andes, Jardín y Jericó: la magia de los caminos imprevistos

Un viaje en chiva hacia ninguna parte

Descartada la posibilidad de pasar la noche en Riosucio, tuve que improvisar de nuevo y buscar una alternativa sobre la marcha. La opción que apareció fue continuar hacia Jardín a bordo de una chiva, aunque ni siquiera estaba claro que aquel transporte pudiera salir.

Las chivas son antiguos autobuses rurales llenos de color, abiertos por los laterales y preparados para recorrer las carreteras que atraviesan las montañas colombianas. Viajar en ellas puede ser una experiencia tan auténtica como incómoda, especialmente cuando el firme comienza a sacudirte el cuerpo y cada curva amenaza con dejarte las cervicales y el culo para el arrastre.

Chiva colombiana utilizada durante el viaje entre Riosucio y Andes
Chiva colombiana utilizada durante el viaje entre Riosucio y Andes

Un derrumbe había bloqueado el camino habitual y, hasta poco antes de la salida, nadie sabía con certeza si la chiva podría partir ni qué ruta tendría que seguir para alcanzar su destino. Finalmente, el conductor puso el motor en marcha y comenzamos a avanzar entre montañas, curvas y baches, dejando que el paisaje y la carretera decidieran por nosotros.

Durante aquel trayecto conocí al señor Ruber, a su esposa y a Eliana, tres personas que, sin saberlo, estaban a punto de cambiar el rumbo de mi viaje. Al enterarse de que mi intención era continuar hasta Jardín, comenzaron a enumerar todas las razones por las que debía bajarme antes y quedarme en Andes. Me hablaron de los precios elevados, de la cantidad de extranjeros y de que allí no se comía tan bien, mientras defendían su pueblo con ese orgullo paisa que convierte cualquier conversación en una invitación.

No necesitaron insistir demasiado. Yo viajaba sin reservas, sin prisas y con la libertad suficiente para cambiar de planes cuando aparecía una buena razón, así que decidí hacerles caso y bajarme en Andes. A la mañana siguiente desperté en una habitación privada, con televisión, un baño enorme y un espejo en el que entraba enterito, todo para mí solo y, además, por menos dinero del que habría pagado en Jardín. Una vez más, solo podía pensar lo mismo: ¡viva Colombia!

Andes: el pueblo que terminó convirtiéndose en mi casa

Detenerme en Andes fue una de las mejores decisiones de aquella parte del viaje, aunque en realidad no la había tomado yo, sino una chiva, un encuentro inesperado y tres personas maravillosas. Desde mi llegada, el señor Ruber y su familia estuvieron pendientes de mí para que no me faltara ni gloria bendita, consiguiendo que un desconocido recién bajado de un autobús rural se sintiera acogido desde el primer momento.

Lo que inicialmente iba a ser una parada improvisada terminó prolongándose durante unos cinco días. Andes vive a la sombra de otros pueblos antioqueños con mayor fama, pero precisamente en esa falta de grandes reclamos turísticos encontré buena parte de su encanto. No era el municipio más bonito de Colombia ni tenía las fachadas coloniales más fotografiadas, pero la normalidad de sus calles, la autenticidad de su vida cotidiana y la naturaleza que lo rodeaba hicieron que poco a poco comenzara a sentirlo como mi casa.

Me dejaba llevar por el bullicio constante mientras bastoneaba sin rumbo por unas calles que, a pesar de no ser especialmente coloridas, tenían una personalidad propia. Su entramado de pasarelas y galerías cubiertas conectaba distintos barrios y facilitaba bastante mis desplazamientos, protegiéndome también de una lluvia que en esta región podía aparecer sin previo aviso.

En torno a la plaza de Bolívar y su imponente catedral se concentraba buena parte de la vida del pueblo. Los cafés desprendían un aroma intenso, las conversaciones se alargaban sin prisas y algún tango sonaba de fondo mientras las tertulias paisas se adueñaban de las mesas. Allí, sentado entre voces, tazas y música, sentía que el tiempo se había detenido aunque mi cabeza continuara viajando a mil por hora.

Taza de café en uno de los establecimientos tradicionales de Andes
Taza de café en uno de los establecimientos tradicionales de Andes

Andes mantiene una relación inseparable con la naturaleza. El río San Juan atraviesa el municipio acompañado por pasarelas que discurren junto al agua y bajo árboles tan frondosos que apenas dejan pasar la luz. Caminar por allí era alejarme del ruido sin abandonar completamente el pueblo, respirando el olor de la vegetación húmeda mientras el sonido del río guiaba mis pasos.

Sin embargo, uno de los grandes tesoros naturales de la zona se encontraba a unos dieciséis kilómetros y lo descubrí junto a Carlos, un amante de la naturaleza y la adrenalina que se convirtió en mi compañero de aventura. Los dos emprendimos una caminata de aproximadamente diez kilómetros entre montañas y cafetales, cruzando puentes de madera y ríos mientras avanzábamos hacia los Chorros de Tapartó.

Felipe Gutiérrez durante la caminata hasta los Chorros de Tapartó en Andes
Felipe Gutiérrez durante la caminata hasta los Chorros de Tapartó en Andes

Caminamos durante horas y, por momentos, me parecía imposible alcanzar el destino, pero saber que al final del sendero esperaba nuestra recompensa me daba fuerzas para continuar. Durante el recorrido nos cayó una lluvia intensa que en pocos minutos nos dejó empapados y cubiertos de barro, aunque lejos de arruinarnos la experiencia terminó formando parte de ella. El sonido del agua golpeando la vegetación me ayudaba a relajarme y a disfrutar todavía más de aquella montaña que se empeñaba en ponernos a prueba.

Después de varios resbalones, mucho barro y unas piernas que comenzaban a notar el inacabable camino, llegamos por fin a los Chorros de Tapartó. Frente a nosotros se sucedían las caídas de agua entre una vegetación espesa y aparentemente intacta, creando un rincón que parecía apartado del resto del mundo. Todo aquel esfuerzo había merecido la pena por sentir la fuerza del agua, respirar la humedad de la selva y permanecer durante un rato envuelto en aquella auténtica bomba para los sentidos.

Jardín, el destino que terminó convertido en una excursión

No podía marcharme de la zona sin conocer Jardín, el pueblo que había sido mi destino antes de que Andes y la casualidad se cruzaran en el camino. En lugar de alojarme allí, decidí visitarlo durante una excursión de un día que me permitió recorrer sus calles y comprobar por qué está considerado uno de los pueblos más bonitos de Colombia.

Basílica de la Inmaculada Concepción en la plaza principal de Jardín
Basílica de la Inmaculada Concepción en la plaza principal de Jardín

Sus casas pintadas con colores intensos, sus balcones, sus calles y una plaza llena de vida componían esa imagen de pueblo paisa que atrae a viajeros de todas partes. Jardín era indudablemente hermoso y tenía motivos suficientes para haberse ganado su fama, pero cuanto más tiempo pasaba allí, más convencido estaba de haber acertado al quedarme en Andes.

No se trataba de decidir cuál de los dos pueblos era mejor, sino de reconocer dónde me había sentido más a gusto. Jardín ofrecía la belleza que muchos viajeros llegaban buscando, mientras que Andes me había regalado algo que no aparecía en las guías: la normalidad de sus días, la acogida de una familia y la oportunidad de sentirme parte del lugar en vez de limitarme a observarlo.

Regresé a Andes agradecido por aquellas casualidades que habían modificado mi recorrido, por el incómodo y divertido viaje en chiva y, sobre todo, por las personas que habían aparecido cuando menos las esperaba. Una parada que ni siquiera figuraba en mis planes había terminado convirtiéndose en uno de los lugares más especiales de mi viaje por Colombia.

Jericó: la magia de un hostel y el cansancio del camino

Calle de casas tradicionales y fachadas coloridas en Jericó
Calle de casas tradicionales y fachadas coloridas en Jericó

Todavía era pronto para llegar a Medellín, porque necesitaba seguir empapándome de aquella tierra paisa que tanto me estaba amañando. A medio camino de la capital antioqueña se encontraba Jericó, un pueblo en el que decidí pasar un par de noches sin imaginar que el destino volvería a jugar una de sus cartas.

Jericó me recibió con la tranquilidad de los días entre semana, cuando las calles recuperan su ritmo cotidiano y los visitantes dejan de ocupar cada rincón. Sus fachadas amarillas y rosadas contrastaban con ventanas pintadas de naranja, azul y verde, mientras las empinadas calles empedradas me obligaban a caminar despacio y prestar atención a cada paso.

Cada mañana me sentaba en alguna de sus plazas para escuchar cómo despertaba el pueblo y sentir la cercanía de los jericoanos. Sin embargo, lo que convirtió aquellos días en algo verdaderamente especial no fueron sus calles ni sus colores, sino ese fenómeno difícil de explicar que algunas veces ocurre dentro de un hostel.

En El Parcerito conocí a Juan, un paisa de gran sabiduría y eterna calma; a Iza, mi polaquita favorita y dueña de un corazón inmenso; y a Valeria, que era puro arte y alegría. Llegaron a mi viaje sin avisar y rápidamente se convirtieron en amigos de verdad y compañeros de conversaciones, reflexiones y locuras campestres que continuarían mucho más allá de Jericó.

Aquellos días también me obligaron a detenerme y escucharme. No sabía si se debía al tiempo que llevaba lejos de casa o al movimiento constante de las semanas anteriores, pero sentía que ya no podía más. No era cansancio físico, sino un agotamiento mental que había espantado a las musas de la inspiración y estaba apagando mis ganas de continuar descubriendo Colombia.

Por primera vez durante el viaje comenzaron a aparecer pensamientos sobre regresar a casa, aunque en el fondo tenía claro que no quería volver. Quería seguir viajando, pero necesitaba aceptar que un viaje largo no está compuesto únicamente por momentos extraordinarios. Las redes sociales suelen mostrar paisajes perfectos, sonrisas y experiencias inolvidables, pero detrás también existen días de frustración, soledad, dudas y desesperación.

En lugar de interpretar aquel agotamiento como una derrota, comencé a entenderlo como otro aprendizaje del camino. Viajar también significaba conocer mis límites, reconocer cuándo necesitaba parar y comprender que descansar no equivalía a perder el tiempo.

Después de consultarlo con la almohada, llegué a la conclusión de que necesitaba permanecer una temporada en un mismo lugar, recuperar cierta rutina y sentirme como en casa. Había llegado el momento de viajar sin moverme durante unos días, y Medellín parecía el lugar adecuado para intentarlo.

Medellín: recuperar las fuerzas entre universos sensoriales

Llegué a Medellín buscando algo más que conocer una nueva ciudad. Después de varias semanas moviéndome de un lugar a otro, necesitaba detenerme, descansar y recuperar una rutina que me permitiera volver a sentir que no estaba perdiendo el tiempo por permanecer varios días en el mismo sitio. También esperaba que las musas de la inspiración regresaran antes de continuar el viaje.

Medellín terminó dándome exactamente lo que necesitaba. Por primera vez desde que había comenzado a recorrer Colombia, mi cabeza dejó de preguntarse constantemente cuál sería el siguiente destino y comenzó a concentrarse en el presente. A cada golpe de bastón, la ciudad se iba apoderando de mí a través del tráfico constante, la música que escapaba de los negocios y los aromas de las arepas, las empanadas y el café recién preparado, mezclados algunas veces con la fragancia de las flores.

En lugar de limitarme a recorrer los lugares más conocidos, fui entrando poco a poco en la vida cotidiana de la ciudad, conectando con personas que me ayudaron a conocerla desde dentro y me abrieron las puertas de nuevos universos sensoriales. Entre ellas estaban los integrantes de la Unión Antioqueña de Personas con Discapacidad Visual, una organización con más de dos décadas de trayectoria dedicada a la defensa de sus derechos, la rehabilitación y la adaptación a la vida diaria.

Omaira, Alejandra, Giovani, María, Carlos y Julián fueron algunas de las personas que me acogieron y me permitieron compartir varios días con ellos. Juntos bastoneamos por unas aceras que no siempre estaban en las mejores condiciones, vivimos nuestras aventuras y desventuras en el transporte público y conversamos sobre accesibilidad, autonomía e inclusión. Aquellos encuentros me permitieron acercarme a una realidad que forma parte esencial de este proyecto y que desarrollo con mayor profundidad en mi artículo sobre la discapacidad visual en Colombia.

Parque Explora: una accesibilidad que también se puede tocar

Mi amiga Omaira organizó una visita al Parque Explora, donde nos recibió María Antonia, responsable de accesibilidad del recinto, que se convirtió en nuestra anfitriona y guía durante el recorrido. Desde el primer momento comprendí que no estaba ante una adaptación realizada únicamente para cumplir con unas normas, sino frente a una manera mucho más amplia de entender el acceso a la cultura y al conocimiento.

Junto a las peceras había placas con información en tinta y braille, códigos QR con audiodescripciones narradas por personas con discapacidad visual y reproducciones táctiles que permitían conocer la forma de algunos de los animales expuestos. Para alguien que viaja percibiendo el mundo a través de tres sentidos y medio, poder tocar una figura y escuchar una descripción convertía lo que normalmente habría sido una experiencia limitada en una visita mucho más completa.

Reproducción táctil de un pez junto a una pecera del Parque Explora de Medellín
Reproducción táctil de un pez junto a una pecera del Parque Explora de Medellín

El recorrido continuó por el Planetario, donde también nos permitieron tocar, experimentar y acercarnos a los contenidos mediante explicaciones ofrecidas con una cercanía y una pasión que marcaban la diferencia. El jardín botánico quedó pendiente, pero lo vivido aquel día fue suficiente para hacerme pensar en cuántos museos y espacios culturales podrían aprender de esa manera de trabajar la accesibilidad, involucrando a las personas con discapacidad y ofreciendo herramientas que permitan disfrutar de la experiencia con mayor autonomía.

La Casa Sensorial: atravesar una puerta hacia la oscuridad

Cuando creía que Medellín ya había desplegado todos sus recursos para sorprenderme, una puerta situada en una calle del barrio de La Candelaria me condujo hacia una experiencia que solo podía comprenderse involucrando plenamente los sentidos. Al otro lado me esperaba La Rueda Flotante de La Casa Sensorial, un espacio cultural multidisciplinar formado por personas ciegas, sordas y pertenecientes a otros colectivos.

A través de la oscuridad, el contacto, el teatro, la música y las emociones, la casa proponía una manera distinta de relacionarse con el entorno y con quienes participaban en sus actividades. Allí, la discapacidad no ocupaba un papel secundario ni se presentaba como una limitación que debía esconderse, sino que formaba parte de un lenguaje creativo capaz de conectar realidades diferentes.

Experiencia artística en la oscuridad dentro de La Casa Sensorial de Medellín
Experiencia artística en la oscuridad dentro de La Casa Sensorial de Medellín

Dentro de aquel espacio era imposible no dejarse envolver por la energía de las personas que lo habitaban. Durante unas horas sentí que flotaba entre sonidos, movimientos, conversaciones y emociones, convertido en ese conector de universos sensoriales que tantas veces he intentado ser a través de mis viajes. La Casa Sensorial no solo me permitió vivir una experiencia intensa, sino que me recordó que existen muchas maneras de percibir el mundo y que ninguna debería considerarse menos válida que las demás.

Del Mercado Minorista a una explosión de sabores

La magia que había comenzado en el hostel de Jericó continuó en Medellín junto a Juan e Iza. Con Juan convertido en guía, nos adentramos en los pasillos del Mercado Minorista y volvimos a dejarnos llevar sin una ruta marcada, rodeados por una banda sonora de vendedores que anunciaban sus productos y por cientos de olores que competían por llamar nuestra atención.

Mientras avanzábamos, mis manos se acercaban a frutas que nunca había tocado y cuyos sabores todavía desconocía. Cada puesto ofrecía una textura, un aroma y una historia diferentes, haciendo que mi curiosidad y mis ganas de probarlo todo aumentaran a cada paso. Al terminar el recorrido salimos del mercado cargados con unos seis kilos de fruta y la sensación de que la experiencia todavía no había acabado.

Frutas colombianas preparadas para una cata sensorial en Medellín
Frutas colombianas preparadas para una cata sensorial en Medellín

Buscamos un lugar desde el que contemplar Medellín y convertimos nuestra compra en una cata improvisada. Allí, con la ciudad extendiéndose ante nosotros, fui descubriendo sabores completamente nuevos mientras compartíamos risas y tratábamos de poner nombre a cada sensación. Aquella mezcla de frutas, amistad y paisaje terminó siendo otra bomba para los sentidos y uno de esos momentos sencillos que explican por qué algunas personas se convierten en parte fundamental de un viaje.

Comuna 13: una ciudad que intenta transformar sus heridas

Medellín también me despertaba la curiosidad de conocer cómo una ciudad marcada durante décadas por la violencia había intentado transformar su identidad. Esa búsqueda me llevó hasta la Comuna 13, un territorio cuyas calles conservan las cicatrices de una historia dolorosa, pero que también muestran el esfuerzo de sus habitantes por construir un relato diferente.

Los murales llenaban de color las paredes mientras la música, el baile y las voces del barrio acompañaban el recorrido. A través del arte urbano, muchos jóvenes habían encontrado una herramienta para contar lo sucedido, denunciar el pasado y expresar sus esperanzas, convirtiendo las calles en un relato colectivo sobre la memoria y la transformación del barrio.

Mural de arte urbano en las calles de la Comuna 13 de Medellín
Mural de arte urbano en las calles de la Comuna 13 de Medellín

Las escaleras mecánicas y las conexiones mediante transporte público habían contribuido a comunicar zonas que durante años permanecieron aisladas, aunque la verdadera transformación se percibía en las personas que habían decidido apropiarse de sus calles a través del grafiti, el hiphop, el baile y otras manifestaciones culturales. La Comuna 13 no escondía sus heridas, pero tampoco permitía que fueran lo único que definiera su presente.

Cuando me quise dar cuenta, llevaba varios días viviendo Medellín sin pensar en marcharme. Había encontrado el descanso que necesitaba, las musas de la inspiración comenzaban a regresar y la ciudad se había convertido en el hogar provisional que estaba buscando.

En la Unión Antioqueña había conocido a personas que luchaban cada día por los derechos de quienes tenemos discapacidad visual, pero que también me habían regalado su tiempo, su amistad y su manera de sentir Medellín. En La Casa Sensorial había entrado en contacto con un universo construido desde la diversidad, mientras que Juan e Iza habían conseguido que la amistad nacida en Jericó continuara creciendo entre mercados, frutas y nuevas aventuras.

Me marchaba agradecido por todas aquellas personas que me habían permitido vivir la ciudad desde dentro, lejos de los tópicos y mucho más cerca de su realidad. Sin embargo, cuando creía tener decidido el siguiente paso, el guionista de esta película volvió a intervenir y modificó mis planes una vez más.

Todavía no lo sabía, pero estaba a punto de comenzar una nueva etapa del viaje en la que el camino volvería a ponerme a prueba y Colombia me mostraría otra de sus caras. Esa historia, sin embargo, merece ser contada aparte.

Mira el vídeo completo de mi recorrido por el Eje Cafetero y Antioquia

Viaje por el Golfo de Urabá Triganá y Medellín

Golfo de Urabá de Apartadó a Turbo

Definitivamente, el guionista de esta película estaba haciendo conmigo lo que le daba la gana y no parecía dispuesto a concederme ni un minuto de tregua. El pequeño ATR 42 acababa de dejarme en Apartadó, al norte de Antioquia, y mientras descendía del avión solo podía hacerme una pregunta: ¿qué hacía yo allí?

La respuesta estaba en esas cosas inesperadas que hacen que un viaje cobre vida y termine llevándote mucho más lejos de lo que habías imaginado.

Mi intención inicial era volar desde Medellín hasta Nuquí, un pequeño municipio de la costa pacífica del Chocó, rodeado de selva y playas todavía alejadas del turismo masivo. Se podía llegar en avioneta desde Medellín o Quibdó, además de por mar desde Buenaventura, pero aquel camino resultaba demasiado sencillo para la clase de viaje en la que me había metido.

Durante una conversación con mi amigo Carlos, de la Unión Antioqueña de Personas Ciegas, apareció una alternativa mucho más complicada y, por eso mismo, también más tentadora. Podía cruzar el Golfo de Urabá, recorrer la costa caribeña del Chocó y después remontar el río Atrato hasta Quibdó, desde donde continuaría hacia Nuquí. Por el camino tendría la posibilidad de conocer un lugar extraordinario, aunque la ruta estaría cargada de incertidumbre, aventura y ese punto de riesgo que siempre termina colándose en mis viajes.

Quería adentrarme en uno de los departamentos más diversos y desconocidos de Colombia, un territorio de selva, ríos y dos océanos que también ha sufrido pobreza, aislamiento y décadas de conflicto armado. Mi plan era atravesarlo desde el Caribe hasta el Pacífico: costear el Golfo de Urabá, avanzar por el Atrato entre la espesura y terminar junto al mar en mi particular paraíso de Nuquí.

¿Lo conseguiría? No tenía ni idea, pero estaba impaciente por comenzar.

Bastoneando Apartadó con Carlos

La primera parada fue Apartadó y no la había elegido por casualidad. Desde la Unión Antioqueña de Personas Ciegas me habían hablado de Carlos, antiguo miembro de la organización y luchador incansable por los derechos de las personas con discapacidad de su municipio.

Lo que no me habían contado era que tenía un corazón enorme. Desde el momento en que pisé su tierra no se separó de mí. Juntos bastoneamos Apartadó de arriba abajo y comprobé que desplazarse por sus calles con discapacidad visual distaba mucho de ser sencillo. El diseño urbano, los obstáculos y la falta de accesibilidad limitaban la autonomía, una realidad que contribuía a que muchas personas con discapacidad permanecieran apartadas de la vida cotidiana del municipio.

Después de regresar de sus estudios en Medellín, Carlos había dedicado buena parte de su vida a mejorar aquella situación. Durante varios años ejerció como coordinador municipal de discapacidad, impulsó asociaciones y participó en campañas desarrolladas junto a la organización internacional Humanity & Inclusion.

Su historia forma parte de la realidad que conocí al investigar la discapacidad visual en Colombia.

Escucharlo contar todo lo que había hecho por los derechos y la inclusión de las personas con discapacidad resultaba admirable, aunque Carlos todavía guardaba otra sorpresa. Además de activista y compañero de bastón, era un maestro con la guitarra.

Pasados unos días llegó el momento de despedirnos. Yo estaba muy a gusto con él, pero el Golfo de Urabá me esperaba y debía prepararme para todo lo que podía suceder durante las siguientes horas.

Turbo y una lancha que no quiso salir

A las seis de la mañana me subí a una buseta con destino a Turbo, municipio portuario situado en el extremo suroriental del golfo. Mi intención era llegar al embarcadero y cruzar en lancha hacia la costa chocoana.

Una conversación con mi compañero de asiento introdujo la primera duda del día. El mar llevaba horas bastante revuelto y no estaba claro que las embarcaciones pudieran salir. Crucé los dedos para que el oleaje hubiera disminuido porque tantas emociones a aquella hora, y además sin desayunar, no eran buenas para mi salud.

A pesar de la incertidumbre, cada vez me gustaba más aquella forma de viajar sin planes cerrados. Si hubiera seguido una ruta perfectamente organizada, probablemente me habría perdido muchas de las personas, lugares y momentos que estaban dando sentido a mi viaje.

Sin embargo, el gracioso guionista de esta película volvió a intervenir. Nada más llegar al embarcadero me comunicaron que la lancha no saldría debido al fuerte oleaje. No habría otra hasta la mañana siguiente y eso siempre que Neptuno decidiera dar su permiso.

El destino acababa de ponerme delante una ciudad que no figuraba en mis planes. Hola, Turbo.

Juan Carlos Chaverra y una mañana de radio

Gracias a aquella cancelación conocí a Juan Carlos Chaverra, amigo de Carlos y una de esas personas capaces de transformar un contratiempo en una historia que merece ser contada. Juan Carlos tiene ceguera total y una manera muy particular de enfrentarse a la vida, marcada por un sentido del humor que no concede demasiado espacio al aburrimiento.

En cuanto supo que me había quedado tirado en Turbo, se puso en contacto conmigo. Apenas quince minutos después ya estaba aporreando la puerta de mi habitación, dispuesto a sacarme de paseo.

Después de tomar un café bien cargado y charlar durante un buen rato, llegó la primera sorpresa. Juan Carlos trabajaba como locutor y, cuando le hablé de mi proyecto y de aquella manera de viajar a través de los sentidos, decidió llevarme a la emisora para entrevistarme.

Quién me iba a decir que terminaría hablando en directo un domingo por la mañana y que mi historia se escucharía por toda la región de Urabá y parte del Chocó. Yo solo pretendía cruzar el golfo, pero aquella lancha cancelada había acabado llevándome hasta un estudio de radio.

Juan Carlos Chaverra durante una entrevista de radio en Turbo
Juan Carlos Chaverra durante una entrevista de radio en Turbo

Al terminar, recorrimos Turbo en mototaxi, abriéndonos paso por unas calles tomadas por un tráfico sin demasiado orden, aunque cargadas de vida. Después de varios meses de viaje, por fin volví a encontrarme con la playa. Necesitaba sentir el salitre sobre la piel, reconocer el olor del mar y hundir los pies en la arena dorada, mientras las palmeras y las aguas del golfo me recordaban que la espera también podía tener su recompensa.

Tras el madrugón y tantas emociones, el cuerpo comenzó a pedirme una ducha fría y unas horas de descanso. Me entregué a los brazos de Morfeo, aunque antes me encomendé a todos los dioses del mar y, por supuesto, al guionista de esta película. A la mañana siguiente, la lancha tenía que salir.

Triganá y la selva del Darién

A las siete en punto de la mañana, la lancha zarpó por fin desde el embarcadero de Turbo, aunque el mar todavía no se encontraba completamente en calma. Entre la velocidad de la embarcación y los golpes provocados por las olas, mi espalda y mis cervicales sufrieron de lo lindo, pero la sensación de navegar por el golfo, rodeado de mar abierto, consiguió que durante un rato me olvidara de las molestias.

El trayecto, como ya empezaba a ser habitual en aquel viaje, no podía resultar tan sencillo. A mitad de camino, el motor se averió y nos quedamos durante más de una hora flotando a la deriva, moviéndonos sobre las olas como un tapón de corcho, mientras los particulares MacGyver del mar trataban de devolver la vida a la embarcación.

Finalmente consiguieron repararla y pudimos continuar hacia la costa chocoana, donde me esperaba uno de esos lugares que no se limitan a formar parte de un viaje, sino que terminan ocupando un espacio propio dentro de quien los conoce.

Hay lugares donde uno se queda y otros que se quedan dentro de uno, pero también existen rincones donde ambas cosas suceden al mismo tiempo. Para mí, ese lugar fue Triganá, donde estuve a punto de quedarme mucho más tiempo del previsto.

Bienvenido al paraíso

Nada más bajar de la lancha y pisar la bahía, me envolvió un silencio absoluto que únicamente rompían el movimiento de las olas y el canto de los pájaros. No necesité avanzar demasiado para comprender que, después de tantos cambios de rumbo, había llegado al lugar correcto.

Triganá se encuentra en la costa caribeña del Chocó, en pleno Golfo de Urabá y cerca de la frontera con Panamá. Era un mundo apartado del ruido que había dejado atrás, como si, al igual que Alicia, hubiera entrado en un territorio mágico donde los conejos blancos habían sido sustituidos por tucanes y monos capuchinos, mientras la paz y la tranquilidad reinaban sin dejar espacio para las prisas.

Fue entonces cuando comprendí las palabras del marinero que me había ayudado a bajar de la lancha: «Bienvenido al paraíso, amigo».

Bahía de Triganá rodeada de palmeras y selva en el Golfo de Urabá
Bahía de Triganá rodeada de palmeras y selva en el Golfo de Urabá

Ante mí se extendía un paisaje en el que mi escasa visión no alcanzaba a distinguir dónde terminaba la selva y comenzaba aquel mar de tonos azulverdosos. No había grandes hoteles ni complejos turísticos, sino pequeñas casas, caminos abiertos entre la vegetación y una vida que parecía avanzar al ritmo marcado por la naturaleza.

Me alojé en TreeGana Hostel, un pequeño refugio al que se llegaba siguiendo un camino entre la selva. A su alrededor había prados verdes donde pastaban las vacas y el único alboroto que alteraba la calma era el de los niños cuando recorrían el camino para ir a la escuela.

Camino entre la vegetación hacia TreeGana Hostel en Triganá
Camino entre la vegetación hacia TreeGana Hostel en Triganá

Entre árboles de mango, arazá y fruta de los siete sabores, la bahía escondía pequeñas casas de madera y barcas que descansaban sobre la arena fina y dorada después de una jornada de trabajo en el mar. Al dirigir la mirada hacia el horizonte, solo podía intuir la inmensidad de la selva del Darién, un territorio que para algunas personas despierta temor y que para otras representa un espacio sagrado.

En moto por la selva con el Señor Machete

Aunque era consciente de sus peligros, no había llegado hasta allí para contemplar la selva desde la distancia, de manera que terminé adentrándome en ella como copiloto del Señor Machete, un vecino de Triganá que conocía aquellos caminos ocultos bajo la vegetación.

Avanzamos en su moto entre bananeros y senderos que apenas podían considerarse caminos, deteniéndonos en pequeños poblados y cruzando ríos sobre balsas construidas con troncos de madera. Cada tramo me permitía acercarme un poco más a ese Darién salvaje y auténtico que había imaginado tantas veces, aunque ninguna imagen previa conseguía explicar la sensación de encontrarse dentro de aquella inmensidad.

Cruce de un río en una balsa de troncos durante el recorrido por el Darién
Cruce de un río en una balsa de troncos durante el recorrido por el Darién

Durante el recorrido llegamos hasta el territorio de Santa María la Antigua del Darién, donde los españoles establecieron uno de sus primeros asentamientos permanentes en tierra firme americana. Caminar por aquel lugar, escondido entre la vegetación y alejado de las rutas habituales, fue como abrir una puerta hacia un pasado remoto.

Felipe Gutiérrez junto a un río en la selva del Darién
Felipe Gutiérrez junto a un río en la selva del Darién

La historia permanecía allí sin necesidad de grandes monumentos ni decorados, integrada en una tierra que había presenciado la llegada de los conquistadores y el comienzo de una transformación brutal para los pueblos que ya la habitaban. Yo había llegado hasta ella en la parte trasera de una moto conducida por un hombre al que todos conocían como el Señor Machete, después de atravesar caminos selváticos y cruzar ríos sobre troncos, una forma bastante peculiar de acercarme a uno de los escenarios más significativos de la historia colonial de Colombia.

La vida bajo los mangos de Triganá

Cuando regresaba a la bahía, los grandes troncos que la corriente había dejado sobre la arena se convertían en improvisados tronos desde los que dejaba volar la imaginación y hablaba ante la cámara. No necesitaba buscar grandes escenarios porque el mar, la selva y la vida cotidiana de Triganá ya llenaban cada plano.

Durante las horas en las que el sol golpeaba con más fuerza, buscaba refugio bajo una enorme mata de mango. Allí encontraba a Heli, su pequeño puesto, su sonrisa y aquellos benditos pastelitos preparados con cariño, que terminaron formando parte de mi rutina.

Pequeño puesto de comida bajo los árboles en Triganá
Pequeño puesto de comida bajo los árboles en Triganá

Bajo otra sombrilla, entre las chozas y las barcas extendidas sobre la playa, decidí desprenderme del aspecto de náufrago que había adquirido desde que el guionista de esta película me había abandonado en aquel rincón. Llevaba demasiado tiempo olvidándome de la maquinilla de afeitar, así que ya iba siendo hora de ponerme en manos de un barbero.

Los días transcurrían escuchando a los hombres y mujeres de la selva, tanto a quienes habían nacido allí como a quienes habían llegado hasta la bahía buscando algo de cordura en medio de un mundo que parecía haberla perdido. En ellos encontraba una tranquilidad y un sosiego que también necesitaba para enfrentarme a una frustración que llevaba tiempo acompañándome.

Felipe Gutiérrez frente al mar durante su estancia en Triganá
Felipe Gutiérrez frente al mar durante su estancia en Triganá

Aprender a pedir ayuda

Mi problema aparecía cuando quería hacer algo por mí mismo y descubría que no podía. Pensaba que era capaz de llegar solo hasta determinados lugares, seguir un camino o moverme sin depender de nadie, pero cuando la realidad me demostraba lo contrario sentía una frustración difícil de aceptar.

En Triganá me explicaban que cierto sendero era sencillo, que la entrada se encontraba justo delante y que el camino podía distinguirse sin dificultad incluso cuando la vegetación se volvía espesa. Yo escuchaba aquellas indicaciones y trataba de convencerme de que también podría recorrerlo solo, olvidando que lo que para otra persona resulta evidente a simple vista, para mí exige tiempo, concentración y unas condiciones que no siempre existen.

Donde otros veían un camino fácil a través de la selva, yo encontraba un espacio peligroso en el que mi falta de visión y audición podía dejarme sin referencias. El sentido común me advertía que no debía entrar solo, pero aun así continuaba intentando llegar a ciertos lugares sin ayuda porque aceptar mis límites me resultaba más difícil que afrontar el propio camino.

Solo después de equivocarme comprendía que mi visión y mi audición no eran suficientes para superar determinados retos con seguridad. Aquello no significaba que tuviera que renunciar a ellos, sino que debía encontrar otra manera de afrontarlos, pedir ayuda cuando fuera necesario y dejar de convertir cada dificultad en una lucha contra mí mismo.

En aquel lugar aprendí a avanzar a mi ritmo, a no preocuparme por lo que pudieran pensar los demás y, sobre todo, a no enfadarme conmigo cuando necesitaba apoyarme en otra persona. Pedir ayuda no me hacía menos independiente, porque la verdadera autonomía también consiste en reconocer qué necesitamos para llegar adonde queremos.

Triganá terminó siendo mucho más que una bahía bonita en la costa del Chocó. Allí aprendí a conocerme mejor, a enfrentar algunos de mis temores y a desconectar de todo lo que llevaba acumulado durante meses de viaje.

La vida funcionaba de otra manera y se necesitaba tiempo para comprenderla. Yo había llegado buscando algo más que playas de postureo y vendedores de humo, con la intención de seguir entendiendo el mundo con claridad, y terminé encontrándolo al dejarme llevar por aquel triángulo formado por la selva, el mar y el cariño de quienes vivían entre ambos.

Gracias, Triganá.

Santa Fe de Antioquia y el regreso a Medellín

Dejé mi particular paraíso con la intención de recuperar el plan inicial y llegar hasta Quibdó remontando en lancha el río Atrato, una ruta que me permitiría atravesar uno de los territorios más bellos, aislados y complejos de Colombia. Sin embargo, había vuelto a olvidar una de las primeras lecciones de aquel viaje: en Colombia, cualquier plan puede desmoronarse cuando menos lo esperas.

No había ninguna embarcación que realizara el trayecto, de modo que tuve que regresar a Turbo y aceptar que aquella aventura tendría que esperar. Me dolía renunciar después de haber llegado tan cerca y me quedaba la espinita de no haber navegado por el Atrato hasta el corazón del Chocó, pero continuar sin disponer de un transporte seguro no era una opción.

El regreso a Turbo

Una vez de vuelta en Turbo, ya no me quedaba otra alternativa que disfrutar de la ciudad mientras decidía hacia dónde continuar. Por suerte, me encontraba en las mejores manos posibles, porque con el señor Chaverra resultaba difícil aburrirse.

Su casa y su familia se convirtieron en mi cuartel general, un lugar al que regresar para compartir largas conversaciones y tratar de arreglar el mundo hasta bien entrada la noche, aunque casi nunca consiguiéramos dejarlo mucho mejor de como lo habíamos encontrado.

Durante aquellos días también conocí a Luz Eliana, una mujer de Riosucio que vivía en Turbo y tenía ceguera total. Los encuentros con ella y con Juan Carlos me permitieron acercarme a la realidad de las personas con discapacidad visual en esta región, una parte del viaje que iba mucho más allá de conocer paisajes o sumar destinos.

Turbo terminó mostrándome un encanto que al principio no había sabido ver. Después de la intensidad de Triganá, regresar allí hizo que la transición hacia el mundo terrenal fuera lenta y llevadera, permitiéndome asimilar lo vivido y aceptar que aquel reto no había desaparecido, sino que simplemente quedaba aplazado.

Me marchaba con una espina clavada, pero también con la certeza de que regresaría. El Atrato y el Chocó seguirían esperándome.

Dos noches en Santa Fe de Antioquia

Durante un tiempo valoré la posibilidad de continuar hacia la costa caribeña, aunque mi cuerpo me pedía permanecer lejos del ruido y las aglomeraciones. Si algún día subía hacia el norte, quería hacerlo sin prisas y disponer del tiempo necesario para buscar refugio en la tierra de los koguis.

Por el momento, decidí dirigirme hacia Santa Fe de Antioquia, una ciudad histórica que durante la época colonial fue capital de la provincia y que todavía conserva buena parte de su arquitectura tradicional. Después de la selva, las lanchas y los cambios constantes de rumbo, pasar dos noches allí era una manera tranquila de comenzar a regresar a la realidad.

Me sentaba en los bancos de hierro de la Plaza Mayor mientras la escasa vista se me perdía entre los paisas que iban y venían. Al mismo tiempo, permanecía atento al sonido de las campanas de la catedral, una música que acompañaba el paso de las horas y parecía vigilar mis sueños.

Iglesia y Plaza Mayor de Santa Fe de Antioquia
Iglesia y Plaza Mayor de Santa Fe de Antioquia

Paseé sin rumbo fijo y sin mapa, perdiéndome y encontrándome por calles adoquinadas, rodeadas de pequeñas casas de poca altura y fachadas encaladas. No necesitaba seguir una lista de monumentos, porque en aquel momento me bastaba con caminar, escuchar y dejar que la ciudad apareciera poco a poco.

Las plazas olían a jazmín y sabían a tamarindo, mientras que al caer la noche se llenaban de vecinos y visitantes que se reunían alrededor de la música, las bebidas y los puestos de comida. Sus calles podían parecer fáciles de recorrer para cualquier caminante, pero los adoquines las convertían en un terreno bastante más complicado cuando se exploraban con un bastón.

Así era Santa Fe de Antioquia, conocida como la Ciudad Madre y antigua capital antioqueña. Aun reconociendo su belleza y agradeciendo la tranquilidad de aquellos días, yo seguía sintiendo una debilidad especial por la capital actual. Medellín volvía a llamarme.

Medellín me cuida

La relación que mantenía con aquella ciudad comenzaba a resultar preocupante. Pensaba que los días que ya había pasado allí serían suficientes, pero algo me empujaba a regresar y a seguir acumulando experiencias paisas.

Medellín me cuidaba, me mimaba y me amañaba. Hay lugares y personas con los que siento una conexión difícil de explicar, una especie de llamada que no responde a razones concretas y que me invita a quedarme un poco más. Quizás necesitaba continuar recorriendo sus calles para descubrir qué era exactamente lo que me había llevado hasta allí.

Después de tanta aventura y adrenalina, esta vez me apetecía algo diferente. Quería moverme con calma, disfrutar nuevamente de la ciudad junto a mis amigos de la Unión Antioqueña de Personas Ciegas y reencontrarme con los amigos de Jericó, pero también escuchar otras historias que me ayudaran a comprender las diferentes realidades de Medellín.

Un recorrido por Medellín a través de los sentidos

Durante esta segunda estancia participé en mi primer walking tour y la experiencia resultó todo un acierto. El recorrido fue accesible e inclusivo, no porque todos los espacios de Medellín estuvieran libres de barreras, sino porque Carolina supo adaptar su manera de contar la ciudad a quien tenía delante.

A través de sus palabras podía imaginar los lugares, tocarlos y reconocerlos por sus olores y sonidos. Carolina no se limitaba a señalar edificios o repetir fechas, sino que convertía el recorrido en una experiencia sensorial que me permitía construir mi propia imagen de Medellín.

Cerca del ruido del centro encontramos espacios que mostraban la transformación urbana de la ciudad. Caminamos junto al río por las zonas verdes de Parques del Río y nos acercamos al Parque de los Pies Descalzos, donde pude quitarme el calzado, cerrar los ojos y sentir diferentes texturas bajo los pies.

El recorrido continuó por el Parque de las Luces, la antigua Estación del Ferrocarril de Antioquia y el centro administrativo de La Alpujarra, presidido por el Monumento a la Raza. Finalmente llegamos a la Plaza Botero, uno de los lugares más reconocibles de Medellín, donde las esculturas del artista ocupan el espacio público y permiten acercarse al arte de una manera especialmente directa.

Felipe Gutiérrez con su bastón en el Parque de las Luces de Medellín
Felipe Gutiérrez con su bastón en el Parque de las Luces de Medellín

Aquella experiencia volvió a demostrarme que la accesibilidad no depende únicamente de rampas, señales o infraestructuras. También nace de la manera en que una persona decide acompañarte, describirte un espacio y permitir que lo descubras utilizando tus propios sentidos.

Durante los días siguientes hice turismo, volví a recorrer la ciudad y compartí tiempo con los amigos de la Unión Antioqueña de Personas Ciegas y con aquellos a quienes había conocido en Jericó. Medellín dejó de ser solamente una parada dentro de mi itinerario para convertirse en uno de los lugares donde me había sentido cuidado y acompañado.

Después de casi seis meses viajando sin rumbo fijo por Venezuela y Colombia, empezaba a llegar el momento de regresar a casa. Había partido el 8 de septiembre y mi recorrido por Venezuela se había prolongado hasta el 18 de octubre; desde entonces, Colombia había ocupado mi camino hasta aquel mes de marzo.

Sabía que el viaje se acercaba a su final, aunque todavía no estaba preparado para despedirme tan rápido. Antes de regresar a España me quedaba una última parada junto al río Magdalena, un lugar donde podría comenzar a ordenar todo lo vivido. Honda me esperaba.

Honda y la despedida de Colombia

A unas horas en autobús y aproximadamente a mitad de camino entre Medellín y Bogotá, en el departamento de Tolima, se encontraba Honda, una ciudad cargada de historia y leyendas que había crecido junto a las aguas del río Magdalena.

Después de tantos meses viajando, llegué con la necesidad de detenerme, respirar y comenzar a asimilar todo lo vivido. Permanecí allí unos tres días, recorriendo sus calles coloniales con la mente abierta y dejándome llevar por una arquitectura que, por momentos, me recordaba a mi tierra.

Las callejuelas empedradas, las casas blancas y las flores que aparecían por todos los rincones aportaban color y frescura a una ciudad marcada por la presencia del Magdalena. Honda había sido durante siglos un puerto fundamental para las comunicaciones y el comercio de Colombia, pero yo no llegaba buscando una lección de historia, sino un lugar tranquilo desde el que comenzar a despedirme.

Un refugio junto al río Magdalena

En Honda conocí a Javier, quien me recibió en su preciosa casa junto al gran río. Hasta entonces no nos conocíamos, pero su amabilidad y su cariño hicieron que aquel alojamiento se convirtiera rápidamente en un refugio.

Allí, rodeado de un silencio que contrastaba con la intensidad de los meses anteriores, pude detenerme y comenzar a ordenar los recuerdos. La casa de Javier fue el lugar perfecto para poner cierta distancia entre todo lo que había vivido y el regreso que ya se encontraba demasiado cerca.

Había llegado a Venezuela el 8 de septiembre y, después de permanecer allí hasta el 18 de octubre, crucé a Colombia para continuar un viaje que se prolongaría hasta el 16 de marzo. Durante casi seis meses había avanzado sin un rumbo completamente definido, dejándome arrastrar por carreteras, ríos, montañas, selvas y por las personas que aparecían en el momento menos esperado.

Honda representaba la última parada de aquella aventura y Javier consiguió que me marchara del país con el mejor recuerdo posible. Su manera de recibirme, sin conocerme previamente, resumía buena parte de lo que había encontrado durante el camino: personas dispuestas a abrirme las puertas de sus casas y a acompañarme sin esperar nada a cambio.

El final de seis meses de viaje

Ahora sí había llegado el momento de despedirme de Colombia, de las aventuras en las que me había metido y de todas las personas maravillosas que se habían cruzado en mi camino.

Me marchaba después de casi seis meses de viaje con muchas historias vividas, aunque también dejaba numerosos lugares y experiencias en el tintero. A esas alturas ya sabía que no eran asuntos pendientes, sino excusas para regresar.

Mientras comenzaba a asimilar y digerir todo lo ocurrido, también comprendía que el viaje no terminaba al subir al avión. Tocaba regresar a casa, ordenar el material, contar las historias y seguir trabajando en aquel proyecto de vida que me había llevado hasta allí.

Mi propósito continuaba siendo conocer y dar visibilidad a la realidad de la discapacidad visual en diferentes lugares del mundo, una realidad que en ocasiones puede ser especialmente dura, pero que también está llena de personas que luchan cada día por sus derechos, su autonomía y su lugar en la sociedad.

Colombia me había permitido viajar a través de los sentidos y entender que ningún territorio se conoce únicamente por aquello que aparece en las guías. Un país también se descubre en las conversaciones compartidas, en las casas que se abren, en la ayuda que uno aprende a pedir y en las personas que terminan formando parte del camino.

Este viaje no acababa con un punto final, porque todavía quedaban demasiados lugares por conocer y demasiadas historias por contar.

Simplemente…

Continuará. Gracias nuevamente, Colombia.

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