Viajar a Siria: ruta de 7 días por Damasco, Alepo y Palmira

Felipe viajando con bastón por Siria durante su ruta de siete días.

Apartados

Viajar a Siria en 7 días: un viaje entre Damasco, Alepo y Palmira

Siria llevaba demasiado tiempo rondándome la cabeza. Durante años había visto el país reducido casi siempre a las mismas imágenes: guerra, bombardeos, ciudades destruidas y miles de personas huyendo de sus casas. Pero detrás de todo aquello seguía existiendo un país con miles de años de historia, ciudades que llevaba mucho tiempo queriendo conocer y, sobre todo, millones de personas intentando continuar con sus vidas.

En agosto de 2023 decidí ir hasta allí y conocer, aunque solo fuera durante siete días, una pequeña parte de esa Siria.

Mi viaje comenzaba en Beirut. Desde allí cruzaría por tierra la frontera para recorrer Damasco, Maalula, Homs, Hama y Alepo antes de continuar hasta el Crac de los Caballeros y terminar entre las ruinas de Palmira. Era una ruta intensa para solamente una semana, pero había conseguido encajar en ella prácticamente todos los lugares que quería conocer.

Aunque había algo que me interesaba incluso más que los monumentos.

Quería caminar por sus calles, sentarme a comer donde comían los sirios, perderme por los zocos, escuchar la llamada a la oración y acercarme a la vida cotidiana de un país del que llevaba años oyendo hablar casi exclusivamente por su guerra. También quería conocer cómo vivían allí las personas con discapacidad visual y comprobar con mi propio bastón las dificultades que podía encontrar alguien como yo para moverse por sus ciudades.

Pero viajar a Siria en aquel momento no era precisamente sencillo.

En 2023, Bashar al-Assad continuaba en el poder y el régimen mantenía un férreo control sobre los extranjeros que entraban en las zonas bajo su gobierno. Mi primera intención había sido viajar por libre, pero las condiciones de aquel momento hicieron que tuviera que organizar el recorrido mediante una agencia y llevar previamente preparada buena parte de la ruta.

Varios viajeros y amigos de mi absoluta confianza me habían hablado de Ayoub y Marrota Tourism Syria, que además me hicieron un descuento en el viaje. A través de ellos apareció también Munir, mi guía durante los siguientes siete días.

Que hablara español era una ventaja importante —mi inglés tampoco es para tirar cohetes—, pero Munir acabaría siendo mucho más que un guía. Con el paso de los días se convertiría en mi fixer, en la persona que me ayudaría a moverme por lugares especialmente complicados para alguien con discapacidad visual y, muchas veces, en mis ojos y mis oídos para acercarme a esa otra Siria que yo había ido buscando.

Pero todavía no lo sabía.

Aquella mañana solamente tenía una frontera delante.

A las nueve, Romi, un conductor libanés, me esperaba en la puerta de mi alojamiento en Beirut. Metimos el equipaje en el coche y pusimos rumbo hacia Siria. A medida que nos acercábamos a la frontera reconozco que empezaron a aparecer los nervios. Había imaginado aquel momento muchas veces y esperaba controles interminables, preguntas y una entrada bastante más tensa de lo habitual.

Al llegar me despedí de Romi y allí apareció Asser, el conductor que me acompañaría ya en territorio sirio. Él se encargó de ayudarme con los trámites mientras yo esperaba con esa mezcla de incertidumbre e ilusión que aparece cuando estás a punto de entrar en un país que llevas demasiado tiempo queriendo conocer.

La realidad terminó siendo bastante más sencilla de lo que había imaginado.

Entregué la documentación, hice los trámites necesarios y obtuve allí mismo el visado, por el que en aquel agosto de 2023 pagué 80 dólares. Después llegó el pasaporte de nuevo a mis manos.

El funcionario lo abrió, estampó el sello y pronunció unas palabras que todavía recuerdo perfectamente:

—Bienvenido a Siria.

Y entonces sí.

Ya estaba dentro.

Me separaban unos 45 minutos de Damasco y durante aquel primer trayecto recuerdo ir pegado a la ventanilla intentando aprovechar todo lo que alcanzaba a ver. Tenía la ilusión de un niño y una sonrisa que no conseguía esconder.

Después de tantos años viendo Siria desde una pantalla, por fin estaba al otro lado de la frontera.

Y ahora me tocaba sentirla.

Damasco: mi primer encuentro con Siria

Damasco me recibió en una mañana relativamente tranquila para ser una capital, aunque con gente por todas partes, el sonido constante de un tráfico caótico y ese calor sofocante propio del mes de agosto. Nada más bajar del coche allí estaba Munir, dispuesto a acompañarme hasta mi hotel, en pleno corazón de la Ciudad Vieja.

En las condiciones en las que hice aquel viaje, mi recorrido estaba organizado mediante una agencia y Munir debía acompañarme durante los desplazamientos y visitas. Con el paso de los días, sin embargo, en Damasco llegué incluso a salir alguna noche por mi cuenta por los alrededores de la Ciudad Vieja y regresar solo al hotel de madrugada.

Mi hotel era el Al Mamlouka, un pequeño y precioso edificio de dos plantas, con más de cien años de antigüedad y ese estilo de las antiguas casas damascenas que te hace olvidar por un momento el ruido que hay al otro lado de la puerta. En su interior, las habitaciones rodeaban un patio donde refugiarse del calor y una fuente rompía el silencio con el sonido constante del agua. Hasta había dos pequeñas tortugas que siempre iban a su aire como dos trabajadores más del hotel.

Desde allí comencé a descubrir Damasco junto a Munir y, prácticamente desde los primeros golpes de bastón, tuve la sensación de estar en el lugar correcto.

Damasco a través de los sentidos

A cada paso, la ciudad iba entrando por mis sentidos y transformándose en esa Damasco que durante tantos años había imaginado. Una ciudad mítica, cuna de culturas, llena de sonrisas y de aquellos Welcome to Damascus que escuchaba mientras caminaba, pero también caótica y complicada para alguien con discapacidad visual.

Las aceras estaban llenas de obstáculos, desniveles, vendedores y mil cosas que aparecían delante de mi bastón, mientras que cruzar algunas avenidas era una aventura entre coches y un tráfico donde parecía mandar la ley del más fuerte. En muchas ocasiones no me quedaba más remedio que poner la mano sobre el hombro de Munir y dejar que él guiara mis pasos.

Las callejuelas de la Ciudad Vieja eran justo esas que tanto me gustan: estrechas, laberínticas y protegidas del sol entre casas centenarias que parecían tener vida propia. Caminábamos sin prisa, entrando y saliendo de pequeñas calles, escuchando conversaciones y dejando que fueran apareciendo cafeterías, tiendas y rincones donde todavía se respira ese ambiente que mi imaginación siempre había relacionado con los viejos relatos de Oriente.

Felipe recorriendo las calles de la Ciudad Vieja de Damasco
Felipe recorriendo las calles de la Ciudad Vieja de Damasco

Damasco también tenía su propia banda sonora, y uno de los lugares donde mejor pude sentirla fue en un antiguo caravasar. Aquellos edificios fueron durante siglos lugares de descanso para los mercaderes y sus caravanas, puntos de encuentro donde se comerciaba, se dormía y se recuperaban fuerzas antes de continuar el camino.

En su interior, el sonido relajante del agua cayendo sobre una fuente de mármol blanco retumbaba suavemente entre las paredes y las cúpulas. Me quedé escuchándolo durante un buen rato, imaginando las historias que habrían pasado por aquel lugar cuando todavía servía de refugio a comerciantes llegados desde lugares lejanos.

Y apenas unos metros después, Damasco cambiaba completamente de sonido.

Entrábamos en el zoco.

Para mí, los espacios cerrados, oscuros y con mucho eco pueden llegar a ser especialmente complicados. Las voces, los pasos y el ruido rebotaban entre aquellas paredes centenarias hasta formar una especie de murmullo continuo que en algunos momentos me ensordecía y dificultaba todavía más mi orientación.

Pero, curiosamente, era justo allí donde quería estar.

Entre el bullicio, los comerciantes y la gente haciendo sus compras podía pasarme horas observando y escuchando la rutina de una ciudad que llevaba siglos reuniéndose alrededor de aquellas calles comerciales. No necesitaba que ocurriera nada extraordinario. Me bastaba con estar allí, bastoneando junto a Munir y dejando que aquella vida cotidiana fuese entrando poco a poco por mis sentidos.

Los sabores de Siria

Y si hubo otro sentido que trabajó durante aquellos días, fue el gusto.

La comida terminó formando parte del viaje desde que me levantaba por la mañana. En el hotel me esperaban desayunos abundantes a base de quesos, hummus, salsa de yogur, aceitunas, dulces y nuevos sabores que se iban incorporando cada día, como el manakish.

Después, cuando salíamos a recorrer Damasco, llegaban los almuerzos en restaurantes y pequeños locales de la Ciudad Vieja. Probé hojas de parra rellenas de cordero, arroz con carne, ensaladas, mutabal y, por supuesto, más hummus. Siria se estaba convirtiendo también en un viaje gastronómico, donde las especias, los aromas y sabores me permitían conocer el país de otra manera.

Aunque tengo que reconocer que uno de mis mayores placeres era mucho más sencillo.

En algunas calles encontrábamos pequeñas tiendas abarrotadas de gente esperando su turno para llevarse un shawarma. Grande, grasiento y chorreoso, de esos que merece la pena esperar y que saben todavía mejor cuando te los comes de pie en cualquier esquina.

Entre desayunos interminables, almuerzos y paradas improvisadas para comer, Damasco me estaba conquistando también por el estómago. Pero esta ciudad tenía la capacidad de cambiarme el registro cuando menos lo esperaba. Podía estar disfrutando de algo tan cotidiano como un shawarma y, unos minutos después, doblar una esquina y encontrarme delante de uno de esos lugares que te obligan a detenerte.

Eso fue exactamente lo que ocurrió.

Entre el movimiento de la gente apareció ante mí la Gran Mezquita de los Omeyas.

La Gran Mezquita de los Omeyas

Me paré entre la muchedumbre y durante unos segundos simplemente intenté admirarla.

Había leído sobre ella antes de viajar y sabía de su importancia, pero fue al entrar cuando empecé realmente a entender por qué aquel lugar es uno de los grandes símbolos de Damasco y uno de los templos más importantes del mundo islámico.

Lo que más me impresionó fue la delicadeza de su arquitectura y su decoración. Los detalles, los mosaicos y la armonía del conjunto conseguían que mi mirada se fuera perdiendo por diferentes rincones, intentando aprovechar la poca visión que tengo para captar todo lo posible. Había algo especialmente bello en aquella combinación de espacio, luz, historia y silencio.

Y entonces ocurrió uno de esos momentos que ningún texto ni ninguna fotografía pueden prepararte para sentir.

Sonó por los altavoces la llamada a la oración.

Gran Mezquita de los Omeyas durante mi viaje a Damasco, Siria
Gran Mezquita de los Omeyas durante mi viaje a Damasco, Siria

La voz comenzó a extenderse por toda la mezquita y a rebotar entre sus muros mientras yo permanecía allí, quieto, escuchando. Durante unos instantes dejé de preocuparme por dónde pisaba, por el bastón, por el tráfico que había fuera o por todo lo que todavía me quedaba por conocer.

Simplemente escuché.

Fue uno de esos momentos mágicos que me regala viajar a través de los sentidos y que, mucho tiempo después, siguen permaneciendo en la memoria.

Pero por mucho que me impresionaran los monumentos, los zocos o las calles de la Ciudad Vieja, el mayor tesoro que encontré en Damasco fue su gente. Personas hospitalarias, cálidas y con una facilidad tremenda para acercarse, saludar o regalarme unas palabras mientras caminaba.

Y precisamente buscando personas iba a encontrar una de las experiencias que más sentido daban a este viaje.

Porque después de varios días recorriendo Damasco con mi bastón, sintiendo personalmente sus barreras y dependiendo muchas veces del hombro de Munir para moverme con seguridad, había una pregunta que cada vez tenía más presente:

¿Cómo es vivir aquí cuando eres ciego o tienes una discapacidad visual?

Quería conocer esa otra realidad.

Tras preguntar y buscar, finalmente conseguimos llegar hasta una asociación de personas con discapacidad visual de Damasco.

Mi encuentro con las personas ciegas de Damasco

Entré en aquel centro buscando precisamente lo que da sentido a buena parte de este proyecto: conocer a personas con una forma particular de ver y sentir el mundo parecida a la mía.

Durante aquellos días yo había sufrido en primera persona algunas de las barreras de Damasco. Aceras deterioradas y llenas de obstáculos, cruces complicados, tráfico caótico y espacios donde moverme con mi discapacidad visual resultaba difícil incluso acompañado por Munir. Pero para mí aquello formaba parte de un viaje de siete días. Para las personas ciegas que vivían allí era su realidad cotidiana.

El centro funcionaba como un lugar de encuentro y apoyo. Los mayores acudían habitualmente para reunirse y compartir horas de conversación, pero los jueves el ambiente cambiaba y se llenaba de jóvenes que acudían a recibir clases de inglés y música, cantar, hablar y pasar tiempo juntos.

Encuentro con jóvenes con discapacidad visual en una asociación de Damasco, Siria
Encuentro con jóvenes con discapacidad visual en una asociación de Damasco, Siria

Cuando lo visité había alrededor de una docena de chicos y chicas. Entre canciones, conversaciones y alguna que otra risa pude acercarme un poco a sus vidas y observar algo que ya había encontrado en otros lugares: la importancia de disponer de un espacio donde ayudarse entre ellos y donde la discapacidad visual deja durante unas horas de ser aquello que los diferencia de los demás.

Pero aquella visita también me enseñó otra cara de la Siria de 2023.

No pude hablar con ellos con toda la libertad que me habría gustado. Intenté profundizar en algunos temas e incluso realizar una entrevista, pero el control existente y la prudencia a la hora de responder eran evidentes. Algunas preguntas quedaban en el aire y otras conversaciones simplemente no podían continuar.

No necesitaba forzar nada.

Aquello también era una respuesta.

Salí del centro con una satisfacción tremenda por haber podido acercarme, aunque fuera durante unas horas, a esa realidad de la discapacidad visual que había venido buscando. Y también con muchas preguntas que entonces quedaron sin contestar y que, con el tiempo, me han llevado a investigar con mayor profundidad cómo viven las personas ciegas y con baja visión en Siria.

Por eso esa realidad tiene su propio espacio dentro de esta web, en Discapacidad visual en Siria, donde profundizo en las asociaciones, la educación, la rehabilitación y las consecuencias que años de guerra y crisis han tenido sobre las personas con discapacidad.

Aquí quiero quedarme con aquel encuentro.

Después de varios días, Damasco había conseguido engancharme. No sé si era su ritmo, su gente, su comida, sus calles o esa mezcla constante de belleza y caos que aparecía a cada paso. La ciudad me pedía que me quedara un poco más, pero siete días pasan demasiado rápido y Siria todavía tenía mucho que enseñarme.

Mi viaje por Siria en vídeo — Parte 1

Si quieres acompañarme más allá de estas palabras, en esta primera parte del viaje puedes verme recorriendo Damasco, bastón en mano, descubriendo la ciudad a través de los sentidos y acercándome a algunas de las experiencias que marcaron mis primeros días en Siria.

Con bastante pena dejé Damasco junto a Munir. Y nada más salir de la capital, el viaje empezó a cambiar.

Maalula: donde todavía se escucha el arameo

Nada más dejar atrás Damasco, los primeros barrios destruidos aparecieron a las afueras de la capital, con edificios agujereados, casas abandonadas y las huellas de unos combates que hasta ese momento apenas había encontrado durante mis días por la Ciudad Vieja.

Era solo un primer aviso de una realidad que, desde entonces, iba a acompañarme durante buena parte del recorrido.

A menos de 60 kilómetros de Damasco se encontraba nuestra siguiente parada, Maalula, un pequeño pueblo escondido entre las montañas de Qalamoun, con sus casas de color arena agarrándose a las laderas y una particularidad que lo ha hecho famoso mucho más allá de Siria: aquí todavía se conserva una variante del arameo, la lengua que se hablaba en tiempos de Jesucristo.

Maalula es también uno de los grandes lugares del cristianismo en Siria. Antes de la guerra, buena parte de sus visitantes llegaban atraídos por el monasterio de San Sergio y el convento de Santa Tecla, pero durante el conflicto el pueblo sufrió duramente los combates y muchos de sus habitantes tuvieron que abandonarlo.

Cuando yo llegué en 2023, Maalula intentaba recuperar poco a poco su ritmo y los peregrinos empezaban a regresar.

Caminando por aquellas montañas conocí también la historia de Tecla de Iconio. Cuenta la tradición que la joven, convertida al cristianismo y perseguida por su familia, llegó hasta estas montañas durante su huida. Al encontrarse el paso bloqueado por un enorme macizo rocoso, sus oraciones hicieron que la montaña se abriera dejando un estrecho desfiladero por el que pudo escapar.

Recorrer aquel paso entre las paredes de roca fue una experiencia completamente diferente al caos que acababa de dejar en Damasco. Maalula tenía silencio, montaña y una espiritualidad que se sentía incluso sin necesidad de compartir sus creencias.

Recorriendo el desfiladero de Maalula, pueblo histórico de Siria donde se conserva el arameo
Recorriendo el desfiladero de Maalula, pueblo histórico de Siria donde se conserva el arameo

Pero había que continuar.

Volvimos a la carretera y pusimos rumbo hacia el oeste. A medida que avanzábamos, el paisaje se hacía cada vez más duro. Pueblos abandonados aparecían junto a la carretera y las heridas de la guerra dejaban de ser algo ocasional para convertirse en parte del camino.

Y entonces apareció un nombre que llevaba demasiado tiempo asociado a las imágenes de la guerra de Siria.

Homs.

Homs: caminar entre las cicatrices de la guerra

Había escuchado demasiadas historias sobre Homs antes de llegar. Durante los primeros años del conflicto, la ciudad se convirtió en uno de los grandes escenarios de los enfrentamientos y muchos de sus habitantes tuvieron que abandonar sus casas.

Pero una cosa es conocer esa historia y otra muy distinta caminar por sus calles.

El centro que encontré estaba profundamente marcado por la guerra. Había esqueletos de edificios, bloques enteros abandonados y fachadas atravesadas por impactos de metralla. Caminaba entre ellos intentando imaginar que detrás de aquellas ventanas destruidas había habido hogares, familias, niños jugando y personas haciendo una vida completamente normal.

Es difícil explicar lo que sentía.

Se me erizaba la piel y se me encogía el corazón pensando en todo lo que había ocurrido exactamente en aquellas mismas calles.

Durante años habíamos visto Homs convertida en imágenes de guerra desde la distancia. Edificios derrumbándose, bombardeos, muertos y personas huyendo. Pero estando allí no quería volver a buscar solamente esas imágenes.

Ya tenía suficiente.

Edificios destruidos por la guerra que encontré durante mi paso por Homs en 2023
Edificios destruidos por la guerra que encontré durante mi paso por Homs en 2023

Prefería intentar encontrar la otra cara de Homs.

Porque entre aquellos edificios destruidos también había personas que habían vuelto. Algunos comercios levantaban nuevamente sus persianas, había coches circulando y familias que trataban de recuperar una rutina en mitad de un escenario donde las heridas todavía eran demasiado visibles.

Recuerdo especialmente encontrar una cafetería abierta entre edificios prácticamente destrozados. Aquella imagen aparentemente insignificante me hizo pensar mucho más que cualquier monumento. Alguien había decidido regresar, abrir nuevamente su negocio y continuar sirviendo café mientras alrededor todavía permanecían las cicatrices de la guerra.

No quería romantizar aquello. Homs seguía profundamente herida y reconstruir una ciudad no consiste simplemente en levantar paredes. Detrás de cada edificio había historias que yo desconocía y personas que habían perdido demasiado.

Pero también había vida.

Y eso era precisamente lo que quería llevarme de allí.

Salí de Homs con una sensación agridulce. Había visto destrucción y una realidad difícil de digerir, pero también había encontrado a una ciudad intentando recuperar algo tan sencillo como su rutina.

Seguimos haciendo kilómetros.

Necesitaba cambiar de imagen, aunque solo fuera durante un rato.

Y Hama me la regaló.

Hama y las norias del río Orontes

Hama fue para mí un lugar de paso. No tuve tiempo suficiente para conocerla con profundidad y no tendría sentido presentarla ahora como si lo hubiera hecho. Pero a veces no hace falta pasar varios días en un lugar para guardar uno de esos recuerdos que terminan formando parte del viaje.

La ciudad está atravesada por el río Orontes, y junto a sus aguas se levantan sus famosas norias, unas enormes ruedas de madera que durante siglos formaron parte de un complejo sistema hidráulico utilizado para elevar el agua del río y distribuirla mediante acueductos y canales.

Pero mi recuerdo de Hama no tiene que ver con fechas ni con ingeniería.

Tiene que ver con unos niños.

Después de venir de Homs y de pasar horas viendo edificios destruidos, necesitaba encontrar otra Siria. Y allí estaba, delante de mí.

Un grupo de niños jugaba junto al río. Corrían, gritaban, se empujaban entre risas y se lanzaban al agua desde las estructuras cercanas a las norias como si todo lo que existiera en el mundo en aquel momento fuese conseguir el salto más espectacular.

Me quedé observándolos.

Niños jugando junto al río Orontes y las históricas norias de Hama, Siria
Niños jugando junto al río Orontes y las históricas norias de Hama, Siria

Después de tanta destrucción, aquellos gritos ya no sonaban a caos.

Sonaban a vida.

Y creo que precisamente por eso recuerdo aquel momento con tanto cariño. Siria estaba consiguiendo enseñarme dos caras completamente diferentes con apenas unos kilómetros de distancia: la dureza de unas ciudades marcadas por la guerra y, al mismo tiempo, la capacidad de los niños para seguir comportándose como niños.

Hama no necesitó mucho más para quedarse conmigo.

La parada fue breve y pronto volvimos a la carretera. Nos esperaba una de las ciudades que más ganas tenía de conocer desde que había empezado a preparar este viaje.

Alepo.

Alepo: una ciudad que resurge de sus cenizas

Dejamos atrás Hama y continuamos hacia Alepo, Haleb para los sirios, la segunda gran ciudad del país y uno de los lugares que más ganas tenía de conocer. Después de tantas horas de carretera, polvo y calor, también tengo que reconocer que empezaba a soñar con algo bastante menos trascendental: llegar al hotel y darme una buena ducha de agua fría.

Pero Alepo era uno de los platos fuertes de este viaje.

Una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo, durante siglos fue un importante punto comercial entre el Mediterráneo y las tierras del interior de Asia. Su Ciudad Vieja llegó a convertirse en una de las grandes joyas históricas de Oriente Medio, pero la guerra dejó sobre ella unas cicatrices difíciles de ocultar.

Cuando llegué en agosto de 2023, Alepo todavía sangraba.

Caminar por algunas zonas del antiguo zoco resultaba difícil de asimilar. Siglos de historia se habían convertido en montañas de polvo y escombros, mientras que edificios heridos y comercios destruidos recordaban a cada paso lo ocurrido allí pocos años antes. El terremoto de febrero de aquel mismo año había añadido además nuevos daños a una ciudad que apenas había tenido tiempo de recuperarse de la guerra.

Mientras caminaba me venían a la cabeza todas aquellas imágenes que durante años habían llegado desde Alepo. Bombardeos, edificios destruidos y una ciudad convertida casi exclusivamente en escenario de guerra. Imágenes dolorosas que forman parte de su historia y que no deben olvidarse, pero que tampoco explicaban por completo la ciudad que yo tenía delante.

Porque entre los escombros estaba regresando la vida.

Comercios y edificios del antiguo zoco de Alepo durante mi viaje por Siria en 2023
Comercios y edificios del antiguo zoco de Alepo durante mi viaje por Siria en 2023

A medida que avanzábamos por las callejuelas del antiguo zoco aparecían locales reconstruidos, tiendas que estaban a punto de abrir y otras que ya habían levantado sus persianas y volvían a estar llenas de mercancías. Donde durante años solo hubo destrucción, comerciantes y vecinos intentaban recuperar poco a poco aquello que siempre había dado sentido a estas calles.

Y cuando cayó el sol conocí otra Alepo.

Las calles volvieron a llenarse, las aceras fueron ocupadas por gente paseando y los puestos de comida empezaron a trabajar sin descanso. Después de todo lo que había visto durante el día, me gustó sentarme tranquilamente en un pequeño café con Munir, fumar una shisha y dejar pasar las horas observando cómo la ciudad seguía con su vida hasta que el sueño empezó a vencernos.

Fue entonces cuando entendí que no quería recordar Alepo solamente por sus ruinas.

No pretendía convertir la destrucción en una historia bonita ni olvidar todo lo ocurrido. Las heridas estaban allí y bastaba caminar unos metros para encontrarlas. Pero también lo estaba la voluntad de quienes habían regresado, abierto nuevamente sus negocios y recuperado sus calles.

Esa era la Alepo que yo estaba conociendo.

Una ciudad que había sufrido guerra y, pocos meses antes de mi llegada, un terremoto devastador, pero que seguía empeñada en levantarse.

Alepo se había ganado un hueco importante en este viaje.

Shukran, Alepo.

Mi viaje por Siria en vídeo — Parte 2

El viaje continúa desde Alepo hasta Palmira, atravesando algunos de los lugares que mejor muestran los contrastes de Siria. En esta segunda parte puedes acompañarme en el tramo final de la ruta y vivir conmigo otra parte de esta crónica.

Crac de los Caballeros: bastoneando una fortaleza medieval

Continuamos adentrándonos en Siria y el paisaje volvió a cambiar. Dejamos atrás aquellas tierras áridas y amarillentas y, en apenas unas horas, aparecieron montañas cubiertas de verde. También cambió la temperatura: después del calor sofocante de Alepo, el aire de las alturas fue un regalo.

Y dominando aquel paisaje desde lo alto de una montaña apareció el Crac de los Caballeros.

La fortaleza, conocida internacionalmente como Krak des Chevaliers, fue ampliada y ocupada durante las Cruzadas por los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Desde aquella posición privilegiada controlaban el territorio y daban protección a quienes atravesaban la región camino de Tierra Santa.

Desde fuera ya imponía. Torres de piedra caliza, doble muralla, un gran foso defensivo y una construcción que parecía hecha para resistir cualquier ataque.

En cuanto entré, mi imaginación empezó a hacer el resto.

Mientras caminaba por sus grandes pasillos, salas y ventanales intentaba imaginar cómo habría sido aquel lugar siglos atrás, cuando sus muros estaban llenos de soldados, peregrinos y viajeros. Es una de las cosas que más disfruto cuando visito lugares históricos: dejar durante un rato el presente y permitir que la cabeza complete todo aquello que mis ojos no pueden ver.

Aunque el Crac tenía otros planes para mí.

Entre la oscuridad, los escalones irregulares y algunas zonas en mal estado, aquello no estaba precisamente diseñado para ser recorrido con un bastón. Tuve un par de tropezones importantes y hubo momentos en los que avanzar exigía bastante atención.

Pero precisamente por eso terminé disfrutándolo todavía más.

Munir iba conmigo ayudándome en los puntos más complicados, mientras yo continuaba bastoneando aquellos corredores e imaginando las miles de historias que habrían ocurrido entre esas paredes.

Por un rato me sentí como un auténtico caballero medieval.

Eso sí, viendo mis tropiezos, probablemente uno de la Mesa Cuadrada.

Salí de allí sintiéndome un privilegiado. No todos los días uno tiene la oportunidad de recorrer una fortaleza con casi mil años de historia dejando que el bastón, las manos y la imaginación hagan buena parte del trabajo.

Después del Crac continuamos camino y pasamos la noche en un pequeño pueblo antes de afrontar la última etapa. Apenas dormimos unas horas porque a la mañana siguiente nos esperaba uno de los lugares que había marcado en rojo desde que empecé a imaginar este viaje.

En mitad de la estepa siria.

Palmira.

Palmira: el final de mi viaje por Siria

Después de dormir apenas unas horas, nos pusimos nuevamente en marcha. Era la última mañana de mi viaje y todavía quedaba uno de los platos fuertes.

Bienvenidos a Palmira.

En mitad de la nada, rodeada por la inmensidad de la estepa siria, apareció ante mí una ciudad que durante siglos fue uno de los grandes puntos de encuentro entre Oriente y Occidente.

Antes de empezar a caminar entre sus ruinas merece la pena entender por qué Palmira llegó a ser tan importante.

Su historia se remonta mucho más atrás que el Imperio romano. La ciudad ya aparece mencionada en documentos del segundo milenio antes de Cristo, pero fue especialmente bajo dominio romano cuando aquella antigua ciudad-oasis vivió uno de sus grandes periodos de esplendor. Su posición entre el Mediterráneo y Mesopotamia la convirtió en una parada estratégica para las caravanas y en un importante enlace comercial entre el Imperio romano, Persia y rutas que llegaban hasta India y China.

Después de atravesar durante días una estepa difícil, los comerciantes encontraban en Palmira agua, protección y un lugar donde descansar, pero también un enorme mercado en el que comprar y vender mercancías llegadas desde diferentes lugares de Oriente y Occidente.

Palmira fue enriqueciéndose gracias a ese comercio hasta convertirse en una ciudad monumental y cosmopolita. Su arquitectura terminó siendo también un reflejo de aquel encuentro de culturas: elementos grecorromanos convivían con tradiciones locales e influencias persas. Precisamente esa mezcla es una de las razones de su extraordinario valor histórico. UNESCO la declaró Patrimonio Mundial en 1980.

Su momento de mayor poder llegaría en el siglo III con una mujer cuyo nombre permanece inevitablemente unido al de la ciudad: la reina Zenobia.

Bajo su gobierno, Palmira llegó a desafiar el poder de Roma y extendió su influencia por buena parte de Oriente Próximo y Egipto. Aquella aventura terminó con la derrota frente al emperador Aureliano, pero Zenobia quedó para siempre ligada al momento en el que una ciudad surgida en mitad del desierto se atrevió a enfrentarse a Roma.

Con todo aquello dando vueltas en mi cabeza empecé a caminar por sus calles de tierra.

Intentaba reconstruir la ciudad con la imaginación.

La enorme Gran Columnata, de alrededor de 1,1 kilómetros, había sido el gran eje monumental de Palmira. A su alrededor se distribuían el ágora, las termas, el teatro, diferentes templos y otros espacios de aquella ciudad enriquecida por las caravanas.

Felipe recorriendo con su bastón las ruinas de la antigua ciudad de Palmira, Siria
Felipe recorriendo con su bastón las ruinas de la antigua ciudad de Palmira, Siria

Y después estaba el Templo de Bel, uno de los grandes edificios religiosos de Palmira.

Pero cuando yo llegué en agosto de 2023, una parte de todo aquello ya había desaparecido.

La guerra y la ocupación de Estado Islámico habían dejado profundas heridas sobre el conjunto arqueológico. Palmira continúa todavía hoy en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro de UNESCO.

Aquello hacía que caminar por Palmira tuviera algo extraño.

Por un lado estaba la emoción de encontrarme finalmente en uno de esos lugares históricos que siempre había querido conocer. Por otro, sabía que algunas de las construcciones que había visto tantas veces en fotografías ya no estaban allí.

Así que volví a hacer algo que había repetido durante todo mi viaje.

Usar la imaginación.

Mientras avanzaba junto a Munir entre aquellas columnas gigantescas, intentaba escuchar el silencio de la estepa e imaginar cómo habría sido recorrer esa misma avenida cuando estaba llena de comerciantes, animales cargados de mercancías y caravanas recién llegadas después de atravesar el desierto.

Para alguien que no puede verlo todo, la historia ayuda muchas veces a completar lo que falta.

Y quizás por eso Palmira fue el lugar perfecto para terminar mi viaje.

Durante siete días había recorrido una Siria llena de contrastes. Había bastoneado las callejuelas de Damasco, conocido a jóvenes ciegos que intentaban abrirse camino en una realidad muy complicada, atravesado pueblos y ciudades marcados por la guerra, visto a niños lanzarse al agua junto a las norias de Hama y comprobado cómo Alepo intentaba recuperar sus calles.

También había necesitado muchas veces el hombro de Munir para moverme por lugares que no estaban pensados para una persona con discapacidad visual, pero aquellas dificultades habían terminado formando parte de mi manera de conocer el país.

La Siria que encontré no era sencilla de explicar.

Había belleza, historia y una hospitalidad que sentí prácticamente desde que crucé la frontera, pero también destrucción, pobreza, miedo, restricciones y heridas demasiado recientes. Después de solamente siete días habría sido absurdo regresar diciendo que conocía la verdadera Siria.

Yo había conocido simplemente una pequeña parte de Siria.

La que Munir me ayudó a recorrer, la que pude sentir con mis propios sentidos y la que las personas que encontré por el camino quisieron enseñarme.

Me marchaba con muchas más preguntas que respuestas, pero también con la satisfacción de haber conseguido uno de los objetivos que más sentido daban a este viaje: acercarme a la realidad de las personas con discapacidad visual en un país marcado por años de guerra y una profunda crisis económica.

Y sobre todo me marchaba pensando en su gente.

Porque después de Damasco, Maalula, Homs, Hama, Alepo, el Crac de los Caballeros y Palmira, fueron las personas que encontré durante el camino quienes terminaron dando sentido a aquellos siete días.

Gracias, Siria, por todo lo que me has dado.

Siria en 2023 y Siria en 2026: dos países diferentes

Hay algo importante que recordar después de leer esta crónica: yo recorrí Siria durante siete días en agosto de 2023.

La Siria que aparece en buena parte de este relato estaba gobernada por Bashar al-Assad y sometida a un régimen autoritario que durante décadas reprimió duramente la disidencia política. No existía una oposición política libre comparable a la de una democracia y los medios de comunicación estaban sometidos a un fuerte control estatal.

Durante mi viaje pude percibir personalmente una parte de aquel control.

Yo había entrado mediante una agencia y viajaba acompañado por Munir. Llevábamos una ruta previamente establecida y no era extraño que la policía o las fuerzas de seguridad nos parasen mientras caminábamos. Cuando ocurría, Munir tenía que entregar una fotocopia de mi pasaporte y explicar o mostrar nuestro itinerario.

El control continuaba cuando cambiábamos de ciudad. Al llegar a determinados hoteles había que comunicar nuestra llegada al Ministerio de Turismo. Como extranjero tenía constantemente la sensación de que las autoridades sabían quién era, dónde estaba y cuál sería mi siguiente destino.

Era un control muy fuerte.

Y, sin embargo, hay algo aparentemente contradictorio que también forma parte de mi experiencia: en ningún momento tuve sensación de peligro.

Todo lo contrario.

En los lugares por los que viajé mi percepción personal de seguridad fue máxima. Incluso en Damasco hubo noches en las que salí sin Munir a pasear por los alrededores de la Ciudad Vieja y regresé solo al hotel de madrugada.

Esto puede parecer contradictorio, pero así fue como yo viví aquella Siria: un país donde me sentía extraordinariamente seguro en la calle y, al mismo tiempo, extraordinariamente controlado por el Estado.

Una cosa no debe utilizarse para ocultar la otra.

El régimen de Bashar al-Assad fue una dictadura muy dura y represiva. Las protestas iniciadas en 2011 fueron respondidas con violencia, y las detenciones, torturas, desapariciones y persecución de voces contrarias al gobierno forman parte de la historia reciente del país.

Yo mismo encontré una pequeña muestra de aquel miedo cuando intenté hablar con mayor libertad con algunas personas durante mi visita a la asociación de ciegos de Damasco. Había preguntas que simplemente no podían responderse delante de determinadas personas.

Aquella era la Siria por la que viajé.

Pero esa Siria cambió radicalmente poco más de un año después.

De Bashar al-Assad a Ahmed al-Sharaa

El 8 de diciembre de 2024 cayó el régimen de Bashar al-Assad, poniendo fin a más de cinco décadas de gobierno de su familia.

El nuevo hombre fuerte del país es Ahmed al-Sharaa, presidente durante la etapa de transición. Su pasado resulta imprescindible para entender la enorme complejidad del cambio: al-Sharaa fue conocido durante años como Abu Mohammed al-Jolani y lideró Hayat Tahrir al-Sham (HTS), organización islamista surgida de la evolución del Frente al-Nusra, antigua filial de Al Qaeda en Siria.

Al-Sharaa rompió públicamente con Al Qaeda años antes de llegar al poder y desde la caída de Assad ha intentado proyectar una imagen política más pragmática y construir nuevas relaciones internacionales. Pero su pasado y el de buena parte del movimiento que encabezó forman inevitablemente parte del debate sobre el futuro de Siria.

Por tanto, sería demasiado sencillo contar esta historia como el paso de una dictadura a una democracia.

Siria atraviesa una transición política todavía incierta, con enormes desafíos territoriales, religiosos, económicos y de seguridad. El nuevo gobierno deberá ser juzgado por lo que haga durante este proceso y no únicamente por el régimen al que sustituyó.

El viaje continúa por Líbano

Siria terminó en Palmira, pero mi viaje por Oriente Medio todavía tenía mucho que contar. Al otro lado de la frontera me esperaba Líbano, un país pequeño, complejo y lleno de contrastes que me llevaría desde las calles de Beirut hasta Trípoli, Byblos, Baalbek y los cedros.

Preguntas frecuentes sobre viajar a Siria

Durante mis siete días en Siria en agosto de 2023 me sentí muy seguro, aunque al mismo tiempo percibí un control muy fuerte por parte del régimen de Bashar al-Assad. Viajeros que han recorrido en 2026 la ruta de las grandes ciudades también describen viajes realizados sin incidentes graves. Eso no significa que toda Siria sea segura. La situación puede cambiar, especialmente en el noreste, noroeste y otras zonas afectadas por enfrentamientos. Antes de desplazarse hasta ellas recomiendo buscar información fiable y muy reciente.

Sí. Los ciudadanos españoles necesitan pasaporte en vigor y visado. Actualmente existe un sistema oficial de visado electrónico. También se puede obtener  el visado a la llegada por la frontera terrestre con Líbano.

No. En 2026 es posible viajar por Siria de forma independiente. Hay viajeros recientes que utilizan autobuses, minibuses, taxis y otros transportes para recorrer el país por su cuenta. Si eliges viajar por libre, recomiendo comprobar continuamente la situación de las provincias y carreteras que formen parte de la ruta y consultar experiencias de viajeros que hayan estado allí muy recientemente.

Sí. La entrada terrestre desde Líbano continúa siendo posible. Yo hice este recorrido en agosto de 2023 y viajeros de 2026 siguen utilizando la frontera terrestre.

Mi recorrido duró siete días y me permitió conocer Damasco, Maalula, Homs, Hama, Alepo, Crac de los Caballeros y Palmira. Para una primera aproximación me parece un tiempo razonable, aunque fue un viaje intenso. Si tuviera más tiempo, dedicaría entre 7 y 10 días a una ruta similar.

A partir de mi experiencia, no dejaría fuera Damasco, Maalula, Alepo, Crac de los Caballeros y Palmira. Homs ayuda a comprender las consecuencias de la guerra y Hama merece una parada por sus norias y el río Orontes. La situación del país puede cambiar, así que cualquier itinerario debe comprobarse antes de realizarlo.

No es un destino sencillo. Encontré aceras deterioradas, tráfico complicado, obstáculos, zonas oscuras y lugares históricos con escalones y pocas adaptaciones. Munir fue muchas veces mis ojos y mis oídos. Pero mi discapacidad también me permitió conocer Siria de otra manera: a través del sonido de los zocos y las fuentes, la llamada a la oración, los olores, la comida, el tacto y las conversaciones. Durante el viaje pude además conocer a personas ciegas de Damasco, una realidad que desarrollo con mayor profundidad en Discapacidad visual en Siria.

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