Apartados
Viajar a Uzbekistán fue recorrer algunos de los escenarios que durante años habían alimentado mi imaginación: Samarcanda, Bujará y Jiva, tres nombres inseparables de la Ruta de la Seda; el Mar de Aral, convertido en símbolo de una de las mayores tragedias medioambientales provocadas por el ser humano; y el Valle de Ferganá, donde encontré una cara menos turística y más cotidiana del país.
Este viaje también tuvo una dimensión muy concreta para mí: descubrir Uzbekistán con discapacidad visual y bastón. Hubo lugares, como el centro monumental de Samarcanda o el interior amurallado de Jiva, donde caminar resultó especialmente cómodo; y otros, como Margilan, donde el tráfico, los desniveles y la cantidad de gente exigían mucha más atención. A lo largo de esta crónica reúno esas experiencias sin separar el viaje de la forma en que realmente lo viví.
Samarcanda: la joya de la Ruta de la Seda
Llegar a Samarcanda, un sueño de infancia hecho realidad
Tras un breve paso por la caótica y estresante Taskent, me subí al tren que me llevaría a cumplir uno de esos sueños que llevaba conmigo desde niño. Viajaba rumbo a una de las ciudades más legendarias de la Ruta de la Seda: Samarcanda.
Nada más bajar del tren apareció esa sensación que tanto me gusta cuando llego a un lugar nuevo. Mucha gente, ruido, polvo y decenas de taxistas intentando convencerte de que su precio es el mejor. Era el recibimiento perfecto para empezar a descubrir una ciudad que llevaba siglos alimentando mi imaginación.
Por suerte, Uzbekistán es un país donde el transporte público funciona sorprendentemente bien. Salí de la estación completamente desorientado hasta que un hombre me colocó en la dirección correcta para coger uno de los autobuses que van al centro. Subí a uno de aquellos viejos autobuses soviéticos, abarrotado de uzbekos, sin saber dónde debía bajarme y sin entender una sola palabra de ruso. Aun así, como tantas otras veces viajando, todo terminó saliendo bien.
Encontrar mi alojamiento entre las laberínticas calles del antiguo barrio judío no fue sencillo, pero después de dejar la mochila solo pensaba en una cosa: salir a descubrir Samarcanda.
La primera impresión de Samarcanda
Seguí el perfil de los minaretes mientras caminaba por calles de tierra, esquivando coches hasta desembocar en una gran avenida peatonal llena de viajeros, vecinos y puestos de comida.
Sin apenas darme cuenta, sentí que había retrocedido más de dos mil años. Frente a mí aparecía un océano de azulejos azules, mezquitas, madrasas y enormes cúpulas turquesas que convertían a Samarcanda en una de las ciudades más impresionantes que había visto nunca.
Durante siglos fue el gran cruce de caminos entre Oriente y Occidente. Por aquí pasaron comerciantes, exploradores, conquistadores y caravanas que recorrían la Ruta de la Seda. Hoy son los viajeros quienes llegan buscando ese mismo legado.
Fue entonces cuando volvió a mi cabeza aquella frase atribuida a Alejandro Magno: “Todo lo que he oído sobre Samarcanda es cierto, salvo que es más bella de lo que esperaba”. Después de recorrerla, no puedo estar más de acuerdo.
Una ciudad cómoda para recorrer a pie
La primera sorpresa fue comprobar que prácticamente todo el centro monumental podía recorrerse caminando. No había que cruzar grandes avenidas ni jugarse el tipo entre coches. Mi bastón podía avanzar con tranquilidad mientras mi cabeza se dedicaba simplemente a disfrutar del lugar. Y eso, para mí, significa libertad.
La hospitalidad uzbeka
La segunda sorpresa llegó enseguida. Los uzbekos son personas extraordinariamente cercanas y cualquier excusa era buena para iniciar una conversación. Mi bastón despertaba una enorme curiosidad y constantemente alguien se acercaba para preguntarme de dónde venía, invitarme a tomar un té o hacerse una fotografía conmigo. Incluso varias parejas de recién casados quisieron inmortalizar aquel encuentro mientras realizaban sus fotografías de boda. Ese calor humano terminó convirtiéndose en uno de los mejores recuerdos de Samarcanda.
La Plaza del Registán, el gran símbolo de Samarcanda
Había llegado el momento que llevaba años imaginando. La Plaza del Registán aparecía por fin delante de mí.
Me quedé varios minutos completamente inmóvil intentando disimular la emoción. Tenía delante uno de esos lugares que siempre había pensado que jamás llegaría a conocer. Tres enormes madrasas rodeaban la plaza con una armonía difícil de explicar. Sus portadas monumentales, los minaretes y las cúpulas azul turquesa formaban uno de los escenarios más espectaculares de toda Asia Central.
Después de contemplarla desde fuera, decidí recorrer cada rincón de las madrasas, perderme por sus patios e incluso convencer al guardia para que me dejara subir a uno de los minaretes y observar Samarcanda desde las alturas.
Pero el mejor momento llegó cuando simplemente me senté en uno de los bancos de piedra de la plaza. Para muchos podría parecer perder el tiempo; para mí era justo lo contrario. Cerré los ojos e intenté imaginar cómo sería aquel mismo lugar durante el máximo esplendor de la Ruta de la Seda. Las conversaciones, las caravanas, los mercaderes y el constante ir y venir de viajeros comenzaron a reconstruirse en mi cabeza mientras compartía pequeñas conversaciones con personas que terminaban, casi siempre, entre sonrisas y fotografías.
Samarcanda es mucho más que el Registán
Aunque el Registán sea su gran icono, Samarcanda ofrece mucho más. El mausoleo de Gur-e Amir, donde descansa Tamerlán; la impresionante necrópolis de Shah-i-Zinda; la mezquita de Bibi Khanum o su animado bazar forman parte de una ciudad que merece varios días de viaje.
Cada rincón transmite historia y cada edificio parece guardar un recuerdo. Esa mezcla entre belleza, espiritualidad, historia y luz convierte a Samarcanda en uno de esos lugares que permanecen contigo mucho después de haber regresado a casa.
Conclusión: Samarcanda, un sueño cumplido en la Ruta de la Seda
Cuando era niño soñaba con conocer Samarcanda. Años después, allí estaba yo, recorriéndola con mi bastón entre madrasas, minaretes y conversaciones improvisadas con personas que apenas hablaban mi idioma.
Hay ciudades que impresionan por sus monumentos y otras que lo hacen por su gente. Samarcanda consiguió ambas cosas. Por eso entendí que no solo había llegado a una de las grandes ciudades de la Ruta de la Seda, sino a uno de esos lugares que permanecen para siempre en la memoria.
Bujará: el alma de la Ruta de la Seda
Un viaje en tren hacia otra época
Eran las cuatro de la madrugada cuando llegué a la estación de Samarcanda. Mi tren hacia Bujará esperaba inmóvil bajo la tenue luz de los andenes mientras los últimos viajeros íbamos ocupando nuestros vagones. Nada más cruzar la puerta, una oscuridad casi absoluta me envolvió. Solo la pequeña linterna del revisor rompía la penumbra mientras recorríamos aquel estrecho pasillo lleno de mochilas, mantas y personas que intentaban acomodarse para pasar la noche.
Una bofetada de olor a humanidad, comida casera y muchas horas de viaje se coló hasta dentro de mí. Era un olor difícil de describir, pero que inmediatamente me transportó a otro tiempo. El revisor iluminó mi billete con la linterna y me indicó que mi litera era la de arriba. No había escaleras ni demasiado espacio para pensar la maniobra. Tocaba subir por aquella pequeña abertura procurando no pisar al pasajero que dormía justo debajo.
Cuando por fin conseguí acomodarme, mi vecino levantó la cabeza, sonrió y, sin que hubiéramos intercambiado una sola palabra, me ofreció un vaso de vodka. Lo acepté. Pensé que no podía existir una bienvenida mejor para empezar a descubrir otra de las grandes ciudades de la Ruta de la Seda.
Dormí poco. Entre el traqueteo del tren, las conversaciones apagadas y las continuas paradas, el sueño iba y venía. Pero eso era precisamente lo que buscaba cuando decidí viajar en tercera clase. No quería limitarme a desplazarme de una ciudad a otra. Quería vivir el trayecto como lo hacen quienes utilizan aquel tren para volver a casa, visitar a la familia o cruzar medio país.
La ciudad que me conquistó sin hacer ruido
Hay ciudades que intentan impresionarte desde el primer minuto, levantando enormes monumentos, grandes avenidas o edificios imposibles para dejarte con la boca abierta. Bujará juega a otra cosa.
Incluso antes de llegar tenía la sensación de que aquella ciudad me iba a gustar. Con los años he aprendido a escuchar ese instinto que aparece de vez en cuando durante los viajes. No sé explicarlo, pero casi nunca se equivoca. Mientras el tren avanzaba lentamente hacia el oeste de Uzbekistán, algo me decía que allí encontraría una ciudad diferente.
Si Samarcanda me había deslumbrado por su majestuosidad, Bujará me conquistó por su cercanía. No necesitó enormes plazas ni edificios descomunales para hacerlo. Bastó con perderme por sus callejuelas para comprender que estaba en uno de esos lugares donde todavía es posible caminar sin prisa.
Su casco histórico, protegido por antiguas murallas, parece diseñado para que uno se olvide del reloj. Las calles empedradas desembocan continuamente en pequeñas plazas donde los vecinos se reúnen bajo la sombra de las moreras para conversar durante horas. No sé si arreglaban el país o simplemente disfrutaban del momento, pero transmitían esa tranquilidad que tanto cuesta encontrar hoy.
Sin apenas darme cuenta, empecé a caminar más despacio. Mi bastón marcaba el ritmo mientras mi imaginación hacía el resto. Era fácil cerrar los ojos por un instante y pensar en las caravanas que durante siglos cruzaron aquellas mismas calles cargadas de seda, especias y piedras preciosas.
El regalo de viajar sin expectativas
Una de las cosas que más disfruto cuando viajo es llegar a un lugar sin saber exactamente qué voy a encontrar. Las fotografías ayudan a hacerse una idea, pero nunca sustituyen a la emoción del descubrimiento.
En Bujará me ocurrió varias veces. La más inesperada llegó cuando buscaba un sitio donde almorzar. Caminaba distraído, pendiente únicamente de encontrar algún restaurante, cuando levanté la cabeza y apareció ante mí uno de los conjuntos monumentales más impresionantes de toda Asia Central.
Era Poi Kalon. Su inmenso minarete dominaba el horizonte con una elegancia difícil de describir. Durante siglos fue el edificio más alto de la ciudad y, según cuenta la tradición, impresionó tanto a Gengis Kan que ordenó respetarlo cuando el resto de Bujará fue arrasada.
A un lado se levanta la gran mezquita Kalon y al otro, la madrasa Mir-i-Arab. Los tres edificios forman un conjunto arquitectónico que resume a la perfección el esplendor que alcanzó esta ciudad durante la Ruta de la Seda. Pero, curiosamente, no fue la arquitectura lo que más me impresionó.
Una ciudad que sigue viva
Entré en una de las madrasas esperando encontrar otro edificio histórico convertido en museo o en una sucesión de tiendas de recuerdos para turistas, pero fue justo lo contrario. Allí seguían estudiando jóvenes. Algunos conversaban sentados en los patios mientras otros jugaban una partida de ping-pong ajenos a los viajeros que recorríamos el recinto.
Aquella imagen me encantó porque, por un momento, dejé de sentir que estaba visitando un monumento para entender que Bujará sigue siendo una ciudad viva. Sus edificios no son únicamente un recuerdo del pasado. Muchos continúan formando parte del día a día de quienes viven allí, y eso cambia completamente la forma de mirar un lugar.
Caminar sin rumbo
Si tuviera que resumir Bujará en una sola actividad, diría que consiste en caminar. No importa demasiado el destino. Lo bonito es dejar que la ciudad te vaya llevando de una plaza a otra, detenerte donde te apetezca, escuchar el murmullo de la gente, observar cómo los comerciantes levantan las persianas de sus pequeños negocios o cómo el aroma del pan recién hecho empieza a mezclarse con el del té.
Hay ciudades que obligan a seguir un itinerario. Bujará invita precisamente a hacer lo contrario: a perderse, a equivocarse de calle y a descubrir pequeños rincones que probablemente no aparezcan en ninguna guía de viaje. Creo que ahí reside gran parte de su encanto.
Lo mejor de Bujará no aparece en los mapas
Cuando recuerdo mi paso por Uzbekistán, inevitablemente me vienen a la cabeza el Registán de Samarcanda, los minaretes de Jiva o los paisajes del valle de Ferganá. Pero si pienso en aquello que realmente hizo especial el viaje, la respuesta siempre es la misma: su gente.
En Bujará volví a encontrar esa hospitalidad que ya había empezado a descubrir unos días antes. Daba igual dónde estuviera. Siempre aparecía alguien dispuesto a saludar, preguntar de dónde venía, interesarse por mi bastón o simplemente compartir una conversación.
No hacía falta hablar el mismo idioma para entendernos. Bastaban una sonrisa, un gesto o una taza de té. Y fueron precisamente esos pequeños encuentros, mucho más que cualquier monumento, los que terminaron convirtiendo a Bujará en uno de los lugares que guardo con más cariño de todo el viaje.
Conclusión: por qué Bujará terminó conquistándome
Dicen que Samarcanda es la gran joya de la Ruta de la Seda y probablemente tengan razón. Pero si algún día me preguntan cuál de las dos ciudades consiguió emocionarme más, creo que respondería Bujará.
Porque Samarcanda impresiona y Bujará abraza. Hay lugares que, sin hacer demasiado ruido, terminan encontrando un rincón permanente en la memoria.
Jiva: la ciudad amurallada de la Ruta de la Seda
Cruzar las murallas de Jiva
Después de haber recorrido Samarcanda y Bujará, pensaba que Uzbekistán ya me había enseñado todo lo que podía ofrecerme. Las dos ciudades me habían impresionado de formas muy distintas y estaba convencido de que sería difícil encontrar un lugar capaz de sorprenderme otra vez. Sin embargo, todavía me esperaba una última joya en mitad del desierto.
Durante las horas de carretera el paisaje fue transformándose poco a poco. Las ciudades quedaron atrás, el verde desapareció casi por completo y el color de la tierra empezó a dominar el horizonte. En medio de aquella inmensidad apareció, casi como un espejismo, una enorme muralla de adobe que parecía surgir directamente de la arena. Tras ella se escondía Jiva, una de las ciudades mejor conservadas de toda la Ruta de la Seda.
Llevaba muchos años viendo fotografías de aquel lugar. Murallas, minaretes, mezquitas y callejuelas de barro formaban parte de esa imagen romántica que todos tenemos cuando pensamos en las antiguas caravanas que cruzaban Asia Central. Pero una cosa es contemplar una fotografía y otra muy distinta atravesar aquellas puertas sabiendo que, durante siglos, miles de comerciantes, peregrinos y aventureros hicieron exactamente el mismo camino que estaba haciendo yo.
Fue precisamente en ese instante, mientras cruzaba la puerta principal de la ciudad antigua, cuando tuve la sensación de haber dejado atrás el presente. No era una cuestión de monumentos. Era el ambiente, el silencio, el color de las paredes y la ausencia casi total de coches. Todo parecía invitarte a bajar el ritmo y dejar que la ciudad fuera marcando el paso.
Una ciudad que sigue contando historias
Durante siglos, Jiva fue uno de los grandes oasis de Asia Central. Hasta aquí llegaban las caravanas agotadas después de atravesar algunos de los desiertos más duros del continente. Aquellas murallas no solo protegían mercancías, sino también vidas. Dentro de ellas los viajeros encontraban agua, descanso y un lugar seguro antes de continuar hacia Persia, China o el mar Caspio.
Con el paso de los siglos, los mercaderes desaparecieron y su lugar lo ocupamos nosotros, los viajeros del siglo XXI. Donde antes se negociaba con seda y especias, ahora abundan los puestos de recuerdos y las tiendas de artesanía.
No voy a negar que esa parte me dejó un sabor agridulce. Creo que el turismo ha hecho que Jiva pierda parte de la autenticidad que seguramente tuvo hace años. En algunos momentos tenía la sensación de estar caminando por un escenario demasiado preparado para el visitante. Aun así, bastaba alejarse unos metros de las calles más transitadas para volver a encontrarse con esa ciudad tranquila que había imaginado durante tanto tiempo.
Donde esperaba encontrar a Alí Babá
Recuerdo perfectamente una escena que todavía hoy me hace sonreír. Nada más cruzar la puerta de entrada pensé que seguía soñando. Estaba convencido de que, en cualquier momento, aparecería Alí Babá doblando una esquina o algún comerciante conduciendo una caravana de camellos entre aquellas callejuelas de adobe.
Pero quien apareció fue un vendedor ofreciéndome un imán a precio de oro.
Aquello me hizo volver inmediatamente al siglo XXI y, al mismo tiempo, resumía perfectamente lo que representa hoy Jiva: una ciudad capaz de transportarte cientos de años atrás durante unos segundos para recordarte inmediatamente después que el turismo también ha encontrado aquí su sitio.
Mi forma favorita de descubrir Jiva
A diferencia de Samarcanda, donde continuamente aparecía un nuevo monumento que llamaba mi atención, o de Bujará, que invitaba a perderse por sus plazas, Jiva me regaló algo que llevaba tiempo echando de menos durante el viaje: la tranquilidad.
Dentro de las murallas apenas circulaban vehículos y podía caminar sin esa tensión constante de tener que estar pendiente del tráfico. Por primera vez en muchos días sentía que solo existíamos mi bastón y yo.
Nunca he entendido demasiado bien esa obsesión por recorrer las ciudades siguiendo un itinerario cerrado. A mí siempre me ha gustado caminar sin rumbo, equivocarme de calle y dejar que sea el propio lugar quien vaya decidiendo el recorrido. En Jiva esa forma de viajar tenía todavía más sentido.
Cada pocos metros aparecía una puerta de madera labrada, un pequeño patio escondido, una mezquita, un minarete o cualquier rincón donde merecía la pena detenerse unos minutos. No había ninguna prisa. Sabía que tarde o temprano terminaría pasando otra vez por el mismo sitio porque, al fin y al cabo, toda la ciudad antigua podía recorrerse tranquilamente a pie.
Fue precisamente esa sensación de libertad la que terminó convirtiéndose en uno de los mejores recuerdos de Jiva.
El momento que esperaba cada tarde
Si tuviera que elegir una imagen para resumir esta ciudad, probablemente no escogería ninguno de sus monumentos. Me quedaría con sus atardeceres.
Después de pasar todo el día caminando de un lado para otro, había un pequeño ritual que repetía casi sin darme cuenta. Algunas tardes subía a lo alto de las murallas. Otras prefería buscar una mesa en la terraza del Terrassa, pedir una cerveza bien fría y esperar a que el sol empezara a despedirse del desierto.
No hacía falta hacer nada más. Poco a poco la ciudad comenzaba a transformarse. El color amarillo de las murallas iba dejando paso a unos tonos ocres y rojizos que parecían envolver todo el recinto histórico en una luz completamente distinta. Las sombras se alargaban sobre las callejuelas, el bullicio disminuía y Jiva recuperaba, aunque solo fuera durante unos minutos, esa atmósfera que tantas veces había imaginado antes de viajar hasta aquí.
Mientras muchos buscaban la fotografía perfecta, yo prefería sentarme y observar. Intentaba imaginar cómo habría sido contemplar ese mismo atardecer hace quinientos años, cuando las caravanas llegaban exhaustas después de cruzar el desierto y encontraban refugio entre aquellas mismas murallas. Pensaba en los mercaderes descargando sus animales, en las conversaciones que llenarían las plazas y en la tranquilidad que debían sentir al saber que, al menos por una noche, habían llegado a un lugar seguro.
Quizá por eso aquel rincón terminó convirtiéndose en mi lugar favorito de toda la ciudad. No por las vistas, ni siquiera por el atardecer en sí, sino porque era el momento perfecto para dejar volar la imaginación y recordar que viajar también consiste en detenerse, mirar alrededor y regalarse unos minutos para pensar.
El final de la Ruta de la Seda
Con aquel atardecer también terminaba mi recorrido por las grandes ciudades históricas de la Ruta de la Seda. Samarcanda me había impresionado por su grandeza, Bujará me había conquistado por su autenticidad y Jiva me enseñó que, a veces, los mejores recuerdos nacen simplemente de caminar sin rumbo, sentarse al final del día frente a una muralla centenaria y dejar que el tiempo haga el resto.
Mientras abandonaba la ciudad tenía la sensación de que una parte del viaje terminaba allí. Sin embargo, todavía quedaba mucho Uzbekistán por descubrir y, sobre todo, mucho país por bastonear.
El Mar de Aral: el mar que desapareció por la mano del hombre
Un viaje hacia un lugar que nunca debería haber existido
Después de recorrer las grandes ciudades de la Ruta de la Seda todavía había un lugar que necesitaba conocer antes de abandonar Uzbekistán. No buscaba mezquitas, madrasas ni antiguas fortalezas. Esta vez el viaje tenía un significado completamente distinto.
Quería contemplar con mis propios ojos uno de los mayores desastres medioambientales provocados por el ser humano.
Para llegar hasta allí primero tuve que viajar hasta Nukus, la capital de la República Autónoma de Karakalpakistán, situada al oeste del país. Desde allí continué varias horas por carretera hasta Moynaq, una pequeña localidad cuyo nombre probablemente no diga nada a la mayoría de la gente, pero que hace apenas unas décadas era uno de los puertos pesqueros más importantes de toda Asia Central.
Mientras el coche avanzaba por aquella interminable carretera, me costaba imaginar que, donde ahora solo veía una inmensa llanura de arena, hace no tanto tiempo existía uno de los lagos más grandes del planeta.
Donde antes había agua, ahora solo queda silencio
Al llegar a Moynaq entendí por qué tantas personas describen este lugar como uno de los paisajes más tristes del mundo. Es difícil explicar la sensación que produce levantar la vista esperando encontrar el mar y descubrir que delante de ti solo hay arena, extendiéndose hasta donde alcanza la vista.
Por un lado aparece un pueblo que parece haberse quedado detenido en el tiempo. Por otro, los esqueletos oxidados de antiguos barcos pesqueros descansan sobre un suelo completamente seco, convertidos en el único recuerdo de un mar que desapareció casi por completo.
No hacen falta demasiadas explicaciones cuando uno tiene esa imagen delante. Basta caminar unos minutos entre aquellos barcos para comprender que allí ocurrió algo que nunca debió suceder.
Cómo desapareció el cuarto lago más grande del mundo
Durante siglos, el Mar de Aral fue una fuente de vida para toda la región. Sus aguas alimentaban una importante industria pesquera y daban trabajo a miles de familias que dependían directamente de él.
Todo cambió en la década de 1960. Las autoridades de la antigua Unión Soviética decidieron desviar el caudal de los ríos Amu Daria y Sir Daria, los dos grandes ríos que alimentaban el lago, para regar enormes plantaciones de algodón en pleno desierto. El proyecto permitió aumentar la producción agrícola durante unos años, pero el coste fue devastador.
Sin el agua que lo alimentaba, el Mar de Aral comenzó a retroceder lentamente. Lo que al principio parecía un descenso asumible terminó convirtiéndose en una catástrofe de dimensiones difíciles de imaginar.
Hoy apenas conserva una pequeña parte de la superficie que tuvo en el pasado y muchos expertos consideran este proceso uno de los mayores desastres medioambientales causados por el ser humano.
Caminar entre barcos varados
Mientras recorría el antiguo cementerio de barcos no podía evitar detenerme delante de cada casco oxidado. Intentaba imaginar el ruido de los motores, las redes cargadas de pescado, el ir y venir de los marineros y la actividad que durante décadas dio vida a aquel puerto.
Sin embargo, el único sonido que me acompañaba era el del viento.
Es imposible permanecer indiferente en un lugar así. No se trata únicamente de contemplar unos barcos abandonados en mitad del desierto. Lo realmente sobrecogedor es comprender que esos barcos siguen exactamente donde un día flotó el agua, y esa idea resulta difícil de asimilar.
Una tragedia que no deberíamos olvidar
Más allá del impacto visual, lo que realmente me llevé de Moynaq fue una reflexión. Con demasiada frecuencia hablamos del cambio climático, de la contaminación o de la sobreexplotación de los recursos naturales como si fueran conceptos abstractos. En el Mar de Aral todo eso deja de ser una teoría para convertirse en un paisaje que cualquiera puede recorrer caminando.
Aquí las consecuencias tienen forma de barcos oxidados, pueblos que perdieron su principal medio de vida y un inmenso desierto que hace apenas unas décadas era un mar.
Creo sinceramente que lugares como este deberían formar parte de la memoria colectiva. No para alimentar el pesimismo, sino para recordar hasta dónde pueden llegar las decisiones humanas cuando se ignora el equilibrio de la naturaleza. Y, aun así, mientras abandonaba Moynaq, no pude evitar pensar que el ser humano sigue empeñado en repetir demasiados errores.
Conclusión: la lección que deja el Mar de Aral
Viajar por Uzbekistán me permitió descubrir ciudades que llevaba soñando visitar desde niño, pero ningún lugar consiguió hacerme reflexionar tanto como el Mar de Aral.
Hay destinos que se recuerdan por su belleza y otros que permanecen contigo precisamente por todo lo contrario. El Mar de Aral pertenece a ese segundo grupo.
Es uno de esos lugares que obligan a detenerse, mirar alrededor y preguntarse si realmente hemos aprendido algo de nuestra propia historia.
Valle de Ferganá: la Uzbekistán más auténtica
En busca de la auténtica Uzbekistán
Si hoy me preguntaran cuál fue el lugar que más me marcó durante mi viaje por Uzbekistán, probablemente muchos esperarían que respondiera Samarcanda, Bujará o Jiva. Al fin y al cabo, son las ciudades que aparecen en todas las guías de viaje y las que han dado fama a la antigua Ruta de la Seda.
Sin embargo, mi respuesta sería muy distinta. Sin dudarlo, elegiría el Valle de Ferganá.
No porque sea la región más espectacular del país. Tampoco porque concentre los grandes monumentos que hicieron famoso a Uzbekistán. La elegiría porque fue allí donde tuve la sensación de descubrir la Uzbekistán más auténtica, esa que permanece alejada de las rutas turísticas, donde las costumbres siguen formando parte de la vida cotidiana y donde la hospitalidad no parece una estrategia para atraer visitantes, sino una forma natural de entender la vida.
Quizá por eso, cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que fue precisamente allí donde dejé de viajar para empezar, simplemente, a convivir.
El tren que me llevó al otro Uzbekistán
Para llegar hasta el Valle de Ferganá tenía dos opciones muy diferentes. La primera era coger un vuelo desde Jiva, hacer escala en Taskent y aterrizar en poco más de una hora. La segunda consistía en volver a cruzar Uzbekistán de punta a punta a bordo de un antiguo tren soviético de tercera clase durante unas catorce horas.
La decisión estaba tomada incluso antes de comparar horarios. Si algo había aprendido durante aquel viaje era que los mejores recuerdos nunca sucedían a diez mil metros de altura. Siempre aparecían cuando compartía el camino con la gente del lugar.
Así que volví al tren y fue, una vez más, una de las mejores decisiones del viaje.
Los vagones abiertos, sin compartimentos, terminaban convirtiéndose en pequeños espacios de convivencia donde nadie parecía preocuparse por el idioma. Bastaba una sonrisa para que alguien te ofreciera un trozo de pan, un plato de comida o un vaso de té. En otras ocasiones era el vodka quien hacía de intérprete universal.
Y luego estaba el vagón restaurante. Todavía hoy sonrío al recordarlo. Era uno de esos lugares donde daba igual la hora que marcara el reloj. Siempre había alguien dispuesto a brindar, compartir mesa o iniciar una conversación con cualquier viajero que quisiera sentarse unos minutos. Aquella noche las cervezas, el vodka y las risas hicieron el resto, y terminé durmiendo como un niño mientras el tren seguía avanzando lentamente hacia el este.
Ferganá, la puerta de entrada al valle
Instalé mi base en la ciudad de Ferganá, aunque sabía desde el principio que no era allí donde iba a pasar la mayor parte del tiempo.
La ciudad tiene poco que ver con el resto de grandes destinos turísticos del país. No presume de monumentos espectaculares ni de grandes conjuntos históricos. Sin embargo, me pareció un lugar tranquilo, limpio y perfectamente comunicado para moverme por toda la región.
Desde allí podía recorrer con facilidad las ciudades que realmente quería conocer, porque el verdadero viaje empezaba fuera de Ferganá.
Margilan, donde la seda sigue marcando el ritmo de la ciudad
La primera parada fue Margilan, la antigua capital del valle y, todavía hoy, el mayor centro de producción de seda de Uzbekistán.
Nada más llegar comprendí que el ambiente era completamente distinto al de cualquier otro lugar que había visitado hasta entonces. Las calles estaban llenas de vida. Cafeterías que sacaban sus mesas hasta la acera, pequeños puestos de comida donde era imposible decidir qué probar primero y un ir y venir constante de personas que convertían la ciudad en un auténtico hervidero.
Confieso que bastonear por Margilan fue todo un reto. El tráfico era intenso, las aceras estaban llenas de desniveles y la cantidad de gente obligaba a mantener la atención constantemente. Pero, curiosamente, ese aparente caos era también parte de su encanto.
Me gustaba sentarme en un banco y limitarme a observar. Durante horas desfilaban ante mí familias enteras, comerciantes, estudiantes, mujeres cargadas con bolsas del mercado y trabajadores que entraban y salían de las fábricas de seda. Bastaban unos minutos para comprender que Margilan no vive del turismo. Vive de su propia actividad, y quizá por eso transmite una autenticidad que resulta difícil encontrar en otros lugares.
Kokand, la calma después del bullicio
Si Margilan representaba el movimiento constante, Kokand era justo lo contrario. Parecía otra región distinta.
Las calles eran mucho más tranquilas, los edificios respiraban orden y limpieza y el perfil de sus mezquitas y palacios aparecía con una elegancia que me sorprendió desde el primer momento.
No sé si era el ritmo pausado de la ciudad o la forma de ser de sus habitantes, pero allí resultaba especialmente fácil entablar conversación. Varios jóvenes se ofrecieron espontáneamente a acompañarme durante parte del recorrido. No buscaban dinero ni ningún tipo de recompensa. Solo querían practicar inglés.
Aquella excusa terminó convirtiéndose en una magnífica oportunidad para hablar de nuestras vidas, intercambiar experiencias y comprobar, una vez más, que viajar siempre resulta mucho más enriquecedor cuando uno deja espacio para las personas.
La lección de hospitalidad que nunca olvidaré
Pensaba que ya había descubierto todo lo que Uzbekistán podía enseñarme, pero me equivocaba.
Cuando regresaba hacia Taskent compartí un taxi con Serge, un comerciante que vivía en la capital junto a su familia. Comenzamos hablando del viaje, después de nuestras respectivas vidas y, antes de que terminara el trayecto, hizo algo que me dejó completamente descolocado: me invitó a almorzar en su casa, así, sin más y sin conocerme de nada.
Aquella comida terminó siendo mucho más que una invitación. Fue la mejor forma posible de despedirme del país. Compartí mesa con su familia, conocí de cerca cómo vivían y entendí que la hospitalidad uzbeka no era una casualidad que hubiera encontrado durante el viaje. Era una forma de entender la vida.
Ese último gesto terminó de confirmar todo lo que había sentido durante las semanas anteriores.
Conclusión: Uzbekistán se quedó en su gente
Llegué a Uzbekistán soñando con recorrer las grandes ciudades de la Ruta de la Seda. Quería conocer el Registán de Samarcanda, perderme por las callejuelas de Bujará, contemplar el atardecer sobre las murallas de Jiva y entender la tragedia del Mar de Aral.
Todo eso ocurrió. Pero cuando el avión despegó rumbo a casa, me di cuenta de que los monumentos ocupaban un lugar mucho más pequeño en mi memoria que las personas que había conocido durante el camino.
Las conversaciones improvisadas en un tren soviético, las sonrisas compartidas en Margilan, los jóvenes que solo querían practicar inglés en Kokand y aquella invitación inesperada a comer en casa de Serge terminaron convirtiéndose en la mejor despedida que podía imaginar.
Entonces comprendí que el verdadero viaje nunca había consistido únicamente en recorrer la Ruta de la Seda. Había consistido en descubrir un país a través de su gente.
Gracias, Uzbekistán.
Preguntas frecuentes sobre viajar a Uzbekistán
¿Merece la pena viajar a Uzbekistán?
Sí. En un mismo viaje puedes combinar las grandes ciudades de la Ruta de la Seda, como Samarcanda, Bujará y Jiva, con lugares completamente distintos como el Mar de Aral y el Valle de Ferganá.
¿Qué diferencias hay entre Samarcanda, Bujará y Jiva?
Samarcanda destaca por la monumentalidad del Registán y sus grandes conjuntos históricos; Bujará por su ambiente, sus callejuelas y una vida cotidiana que sigue presente en el casco histórico; y Jiva por la sensación de caminar dentro de una ciudad amurallada de adobe.
¿Cuántos días dedicar a Samarcanda?
Entre dos y tres días permiten recorrer con calma sus principales monumentos, incluido el Registán, Gur-e Amir, Shah-i-Zinda y la mezquita de Bibi Khanum.
¿Cuántos días se necesitan para visitar Jiva?
Uno o dos días son suficientes para recorrer con tranquilidad Itchan Kala, caminar por sus calles y disfrutar del atardecer sobre las murallas.
¿Merece la pena visitar el Mar de Aral y Moynaq?
Sí, especialmente si te interesan la historia, la geografía y el impacto de las decisiones humanas sobre el medioambiente. Es una visita muy diferente al resto del viaje por Uzbekistán.
¿Qué ciudades visitar en el Valle de Ferganá?
Ferganá funciona bien como base para recorrer la región. Margilan destaca por su tradición sedera y su intensa vida cotidiana, mientras que Kokand ofrece un ambiente más tranquilo y monumental.
¿Cómo fue viajar por Uzbekistán con discapacidad visual?
Mi experiencia fue desigual según el lugar. Encontré zonas monumentales muy cómodas para caminar con bastón, pero también ciudades con tráfico intenso, aceras irregulares y mucha gente. La ayuda espontánea de los habitantes fue una constante durante el viaje.
¿Es Samarcanda cómoda para una persona con discapacidad visual?
En mi experiencia, gran parte del centro monumental resultó cómodo para recorrer a pie. Poder caminar sin estar cruzando continuamente grandes avenidas me permitió moverme con más tranquilidad y concentrarme en disfrutar de la ciudad.
¿Es Jiva una buena ciudad para recorrer con bastón?
Dentro de las murallas de Itchan Kala apenas circulaban vehículos durante mi visita, y esa tranquilidad hizo que pudiera caminar con mucha más libertad que en otras ciudades del viaje.
¿Qué dificultades encontré con discapacidad visual en el Valle de Ferganá?
Margilan fue uno de los lugares más exigentes: encontré tráfico intenso, aceras con desniveles y mucha gente. Kokand, en cambio, me resultó bastante más tranquila. Por eso no conviene hablar de la accesibilidad del valle como si fuera igual en todas sus ciudades.