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Marzo de 2015. Dos años después de empezar a ver la vida de otra manera, más borrosa y con la incertidumbre de no saber cómo iba a defenderme, tomé una decisión radical. Compré un billete de avión a Bangkok. Sabía que pasaría un mes viajando por Tailandia y solo tenía reservada una noche en un hostel barato de Khaosan Road. Lo demás sería pura aventura.
Así comenzó mi primer gran viaje: con la ilusión de conocer un país inmenso y la incógnita de si sería capaz de valerme por mí mismo. Con los años fui desarrollando mi propia forma de organizar y afrontar los viajes con discapacidad visual.
Allí que me fui, solo, con mi mochila y… con dos cojones y un bastón.
Bangkok accesible: una ciudad entre historia y caos
Bangkok fue establecida como capital en 1782 por el rey Rama I, cuando trasladó el centro del poder a la orilla oriental del río Chao Phraya. Desde entonces, este río ha sido el “río de la vida” de Tailandia: transporta mercancías y personas, ha dado forma a la ciudad y sigue marcando el pulso de la capital.
Recorrer Bangkok es un choque de sentidos: humedad, olores penetrantes a especias, hierbas, frutas tropicales y picante, mezclados con la contaminación y el rugido constante del tráfico.
Yo descubrí que la mejor forma de moverme no era a pie, sino en tuk tuk. Esos motocarros pequeños y de colores se convirtieron en mis aliados. Siempre después de regatear el precio, me subía a uno y me lanzaba al caos de la ciudad, de templo en templo, de mercado en mercado y de bar en bar.
La primera parada fue el Gran Palacio Real y el Wat Phra Kaew. A cada paso me sentía envuelto por la majestuosidad de sus estupas doradas que se elevaban al cielo, relucientes al sol. Aunque no pudiera ver los detalles, sí percibía el eco de las miles de personas que lo visitaban, y sentía esa espiritualidad que transmite la pequeña pero poderosa imagen del Buda Esmeralda.
De allí, otro tuk tuk me llevó hasta el Wat Pho. Allí descansaba el enorme Buda Reclinado, de casi cincuenta metros. Su postura horizontal, recubierta en oro, me transmitió una calma inmensa, como si toda la ciudad caótica se detuviera por un momento en ese gesto sereno. Bastonear sus pasillos, rodeado de pequeñas imágenes de Buda, me hizo sentir que estaba en un lugar sagrado donde cada rincón rezuma historia.
La ruta terminó en el Wat Arun, el Templo del Amanecer. Está justo a orillas del río Chao Phraya, y desde el muelle se siente la verticalidad de su torre principal, como una lanza que perfora el cielo. Su superficie está cubierta de cerámica vidriada que, aunque yo no la pueda ver, brilla y refleja la luz de mil formas. Solo con rodearlo, sentí la simetría de las torres más pequeñas que lo escoltan, como guardianas del templo.
Cinco días me bastaron para enamorarme y agotarme a partes iguales de Bangkok. Aparte de ver esos poquitos monumentos, bastoneé y pateé sus calles llenas de pequeños restaurantes ambulantes y parques inmensos donde los tailandeses van a pasear, hacer deporte o simplemente a charlar mientras el sol se esconde detrás de algunas de las estupas que pintan el horizonte.
Ao Nang, playas escondidas y puestas de sol
Después de días frenéticos en Bangkok, el avión me dejó en Krabi y, tras un trayecto en bus local, llegué a Ao Nang. Era como si la vida me hubiera soltado allí de golpe, entre cocoteros y arena blanca.
Mi primer recorrido fue caminando hacia el oeste, media hora bastoneando entre callecitas y carreteras hasta que apareció ante mí una playa infinita, solitaria, con arena fina y aguas cristalinas del mar de Andamán. Sentarme bajo un cocotero, escuchar el vaivén de las olas y esperar la puesta de sol se convirtió en mi ritual diario. Allí entendí que la accesibilidad también puede ser emocional: un espacio sin ruido, sin turistas y con la calma que tanto necesitaba.
Más tarde descubrí el bullicio de la única calle principal de Ao Nang. Al caer la noche, se llenaba de puestos de comida ambulante. Olores a pescado fresco, a especias, a Pad Thai recién hecho. Mis manos tocaban los fogones improvisados, mis papilas gustativas agradecían cada bocado, y mi garganta celebraba cada cerveza fría. Entre reggae y conversaciones improvisadas, Ao Nang se convirtió en el lugar perfecto para sanar cuerpo y mente.
Koh Lanta, cumpleaños frente al mar
No me quedé quieto mucho tiempo. Tomé una barca y llegué a Koh Lanta, una isla mucho más tranquila que Ao Nang, casi un secreto guardado en la costa del Andamán. Allí me instalé en una cabaña a escasos metros de la arena.
Cada mañana era un nuevo paseo. Bastoneando por la playa llegaba hasta un chiringuito en el extremo, donde siempre encontraba lo que necesitaba: Pad Thai, pescado recién sacado del mar y, cómo no, otra cerveza bien fría. Era mi refugio, un rincón perfecto donde todo estaba al alcance de la mano.
En Koh Lanta celebré mi 35 cumpleaños. Fue mi homenaje particular: caminar descalzo por la arena húmeda, sentir cómo la marea me rozaba los pies y brindar conmigo mismo por haber llegado hasta allí. Me sentía fuerte, libre, en paz conmigo.
Durante esos días, Koh Lanta me regaló silencio y energía. Me dio igual que mi parálisis facial me hiciera parecer al Joker de Batman, me dio igual perderme una y otra vez o caminar torcido con mi bastón blanco. En aquella isla todo se disolvía: las miradas ajenas, las inseguridades, las dudas. Solo quedaba la felicidad de estar vivo y sentir que había vuelto a ser dueño de mi viaje.
Chiang Mai: templos entre murallas y montañas
Chiang Mai se encuentra en el norte montañoso de Tailandia, rodeada de arrozales y colinas verdes. Fue fundada en 1296 por el rey Mangrai como capital del reino Lanna. Aún hoy conserva su casco antiguo amurallado, un cuadrado protegido por fosos y puertas que marcan la entrada a un universo de espiritualidad.
Mi recorrido comenzó en el Wat Chiang Man, el templo más antiguo de la ciudad. Allí se alza el “Elephant Chedi”, un bloque cuadrado del que emergen esculturas de elefantes como si sostuvieran la estructura sobre sus lomos. Esa imagen, incluso sin ver los detalles, me transmitió la fuerza y protección que simbolizan estos animales en la cultura tailandesa.
Después llegué al Wat Chedi Luang. Hoy en ruinas por un terremoto en el siglo XVI, aún conserva parte de su enorme chedi que alcanzaba los 84 metros de altura. Bastonear sus alrededores fue como rodear a un gigante dormido: imponente, roto, pero con la dignidad intacta de lo que un día fue el corazón espiritual del reino Lanna.
El paseo terminó frente al Monumento de los Tres Reyes. Tres figuras erguidas en bronce representan a los fundadores legendarios: Mangrai, Ramkhamhaeng y Ngam Mueang. Aunque para muchos sea solo una estatua en el centro histórico, para mí fue un recordatorio de que cada ciudad que piso tiene raíces profundas que se sienten aunque no se vean.
En Chiang Mai, más que correr tras templos y turistas, preferí ir a mi ritmo, disfrutando de cafés, conversaciones y la hospitalidad de la gente. Pero cada monumento me recordó que estaba caminando entre siglos de historia.
Chiang Rai, entre templos blancos y pilares sagrados
Más al norte todavía, cerca de las fronteras con Laos y Myanmar, llegué a Chiang Rai. Una ciudad más pequeña y tranquila, pero llena de rincones con alma.
La primera parada fue el Wat Rong Khun, conocido como el Templo Blanco. Es una obra moderna, brillante como la nieve bajo el sol. Su fachada está cubierta de espejos que reflejan la luz en todas direcciones, y sus formas parecen llamas que flotan. Bastonear su explanada era como caminar en un sueño entre figuras que parecen irreales.
Después subí hasta el Pilar de la Ciudad, en el Wat Phra That Doi Chom Thong. Está rodeado de más de cien pilares menores, alineados como si fueran un ejército silencioso custodiando el corazón espiritual de la ciudad. Me impresionó la simetría, la sensación de estar en el centro exacto de algo sagrado.
La visita terminó en los mercados nocturnos. Más que un monumento, allí descubrí la verdadera vida de Chiang Rai: voces de vendedores gritando sus precios, aromas de frutas y especias que guiaban mis pasos, y sabores nuevos como los insectos fritos que tanto me intrigaban. Entre bocado y bocado, confirmé que la historia también se escribe en los mercados.
Lo que aprendí de este viaje accesible a Tailandia
De Tailandia no me traje solo recuerdos de templos dorados, playas solitarias o mercados nocturnos. Me traje algo mucho más profundo. Aprendí que, incluso con el poco resto visual y auditivo que conservo, sigo siendo capaz de llevar una vida independiente. Que con un bastón, un mapa mal entendido y la ayuda de personas que se cruzan en mi camino, puedo recorrer medio mundo.
También entendí que siempre habrá barreras. Calles imposibles de cruzar, aceras llenas de obstáculos, playas que parecen lejanas cuando no puedes ver bien el camino. Pero junto a cada barrera siempre aparece una solución: un local que me ofrece su brazo, un conductor que para el tráfico, o simplemente mi propia cabezonería que me empuja a intentarlo una vez más.
Me di cuenta de que la accesibilidad no está solo en las rampas o en las señales táctiles. Está en la actitud, en la paciencia, en la capacidad de pedir ayuda y en la humanidad de quienes la ofrecen sin esperar nada a cambio. Descubrí que cada conversación improvisada, cada sonrisa y cada gesto solidario son parte de un viaje inclusivo que no aparece en las guías turísticas, pero que lo cambia todo.
Sobretodo aprendí que la felicidad no depende de ver u oír perfecto. La felicidad está en sentir: el calor húmedo de Bangkok, la arena fina de Ao Nang bajo mis pies, la calma de Koh Lanta, la energía de los templos de Chiang Mai y la magia de los mercados de Chiang Rai. Ese viaje me enseñó que, aunque a veces me tropiece o me pierda, sigo siendo dueño de mi camino. Y que lo más importante de viajar con discapacidad visual es precisamente eso: seguir viajando.
Pero lo mas importante y por lo que jamás olvidare este viaje, fue porque me quitó de golpe todas mis dudas y miedos. Me abrió los ojos a una nueva vida. Soy otro Felipón, con ilusión, con ganas de comerme el mundo y con la certeza de que viajar con discapacidad visual es posible.
Y como todo es posible, después de recorrer Tailandia y descubrir cómo se vive y se viaja con discapacidad visual en el país, mi camino continuó hacia un destino completamente diferente: Uzbekistán. Cambié el sudeste asiático por la antigua Ruta de la Seda, sus ciudades históricas y una nueva forma de acercarme al mundo a través de los sentidos.
Preguntas frecuentes sobre viajar a Tailandia con discapacidad visual
¿Es accesible Bangkok para personas con discapacidad visual?
Bangkok tiene muchas barreras urbanas, pero la ayuda local y la disposición de la gente hacen que sea manejable con bastón blanco y tuk tuk.
¿Qué playas de Tailandia son más tranquilas para viajar con discapacidad?
En Ao Nang y Koh Lanta hay playas solitarias y accesibles donde es posible disfrutar sin masificación.
¿Cómo moverse en Chiang Mai con discapacidad visual?
El transporte público es relativamente accesible, y siempre hay apoyo de locales. Caminar con bastón es seguro en el casco antiguo.
¿Qué experiencias inclusivas hay en Chiang Rai?
Los mercados nocturnos y el ambiente local son perfectos para un viaje inclusivo. La gastronomía es parte esencial de la experiencia.
¿Qué aprendí viajando a Tailandia con sordoceguera?
Aprendí a aceptar mi condición, a pedir ayuda cuando la necesito y a descubrir que los viajes accesibles son también viajes de autoconocimiento.