Bucaramanga es moderna pero sin perder su lado tradicional. También es relajada, tranquila, y con un clima de 10. Es la ciudad más verde del país, y la que más parques tiene de todo Colombia.
Nada más llegar al centro, sabía que quería ver varios sitios, pero no tenía ni la más remota idea de como llegar, ni ganas de sacar el móvil y ponerme a mirar el Mapa. Solo me apetecía caminar por sus calles llenas de gente y fluir.
Me costó varios días hacerme a la ciudad y a su bullicio, pero a la vez, se me hacía cómodo bastonear sus calles. Y más, cuando llegaba a rincones tan lindos como la pequeña y hermosa Catedral Metropolitana de la Sagrada Familia, o la Iglesia San Laureano, en una plaza donde las palomas eran las dueñas, y los vendedores de helados refrescaban las mañanas con los raspaditos.
O esa calle aledaña al mercado central , llena de vendedores con sus cajas apiladas en el suelo entre coches, motos y autobuses, donde casi pierdo el sentido.
La idea de parar en Bucaramanga fue algo más que turismo y descansar. Hace años conocí por las redes sociales a una grandísima persona, que ahora la vida se ha encargado de juntar nuestros caminos y conocerle en persona. Y a la vez, tenía la oportunidad de un primer contacto con la discapacidad visual en Colombia, y no la quería desaprovechar.
El es Johan Neira. Un barramejo, un costeño de agua dulce de Barrancabermeja que vive en Bucaramanga. Licenciado en derecho, deportista, hincha del América con rock en las venas. De un día para otro, la luz de sus ojos se empezó a apagar, y no le quedó otra cosa que rehacerse con mucho esfuerzo y sufrimiento.
En los días que estuve en su casa, fue el mejor guía habido y por haber, enseñándome todos los rincones de su barrio y su universidad. He alucinado con su nivel de adaptación y orientación que tiene a la hora de caminar por la calles, y aprendí que en Colombia, por muy loco que parezca, es más seguro caminar por la carretera esquivando coches, que no por la acera esquivando escalones, árboles, alcantarillas sin tapa, vendedores ambulantes y mil cosas más con las q te la juegas a cada zancada.
Pero Johan no solo se conforma con eso, él quiere más. Todos los miércoles asiste a las clases de formación que recibe por parte del Centro de Rehabilitación de Adultos Ciegos.
Aprenden Braille, matemáticas aplicadas a la vida diaria, aprenden a distinguir monedas y billetes, el uso de la tiflotecnología y de distintos software informáticos, además manejo del teléfono móvil y de cualquier duda que se les surja.
Cuando llegué a Bucaramanga, ni me imaginaba todo lo que iba vivir y a experimentar. Tres días en su casa, junto a su familia, dio para muchísimo, y me voy de allí con todos en el corazón y con una satisfacción tremenda.
Girón
San Juan de Girón está a 9 km al sur de Bucaramanga y pertenece a la red de pueblos colombianos que son patrimonio nacional.
Girón se conoce caminando para admirar su belleza, su esplendor y empaparse de su ambiente. Y eso hice toda la mañana por sus calles empedradas, llena de casitas de fachada blanca impoluta, con puertas grandes y ventanales, siempre en un tono marrón oscuro o negro. De hecho cada pueblo tiene sus colores, y esta era la seña de identidad de Girón.
En cada esquina que pasaba, me tenía una sorpresa. El Parque Principal que estaba en obras, la Basílica Menor de San Juan Bautista, el Parque de los Enamorados, el mirador de San Juan, la plazoleta y la Alameda de las Nieves junto a su quebrada, los 6 Puentes de Calicanto, con su perfecta formas cóncavas, … y todo eso mezclado con ese azul tan lindo q tenia el cielo me hacían soñar.
Y hasta su cementerio tenía su encanto, escondido en un rincón del pueblo, al que se llega mediante una callejuela ocupada por vendedores de flores con sombrillas de colores.
Barichara
Barichara es uno de los pueblos más bonitos de Colombia, y uno de tantos sitios que se me han quedado grabados en la memoria. No es como esos sitios turísticos llenos de museos y hoteles, aquí es todo lo contrario, es un sitio que invita a desconectar y a perderse entre sus calles adoquinadas y sus casas de fachada blanca y tejas rojas.
Y así fue, día a día le decía a Javier que me quedaba en su Tinto Hostel, que con tanto cariño me acogió, y, donde los despertares sin reloj con una taza de café y la vista perdida entre montañas, árboles y neblina, me daban los buenos días, y con una cerveza las buenas noches.
Bastonear sus calles me resultaba casi imposible por el adoquinado perfectamente imperfecto. Subo sus cuadras en cuesta sin rumbo y sin prisas, conociendo rincones maravillosos, fachadas de piedra encaladas, con puertas y ventanas que siempre están abiertas.
Mirando al cielo y siguiendo esas dos torres que sobresalen, llegó a la plaza principal con sus árboles centenarios, vendedores que la llenan de vida.
La catedral impone su figura en un lateral de la plaza. con una majestuosa fachada de piedra, q al sol de la mañana se ve de un amarillo intenso, y a la tarde, domina el ocre, con unas escalinatas q hace q su figura sea mas grande aun.
Otra de las cosas imperdibles, era su cementerio. Un museo al aire libre, entre árboles y flores, donde el arte florece en cada tumba en forma de esculturas talladas a mano en piedra, que recuerdan la labor que ejercía el difunto.
Barichara tiene carácter e identidad propia. Su paisanos dibujan una sonrisa en sus labios, y me hacen sentir como si llevara allí viviendo desde chiquitito. A lo más mínimo, ya estamos charlando de la vida y de lo bonito que es el pueblo, esto era lo mejor, la amabilidad y el cariño que emana su gente.
Pero también es naturaleza pura, con montañas que han dado protección y cobijo, ríos de agua fresca que durante siglos ha ido regando de vida el valle, y de empedrados caminos reales que unen pequeños pueblecitos anclados en el pasado.
Es cielo es un espectáculo, y todo ello ocurre sentado en mi rincón favorito, un pequeño mirador entre árboles y bancos fríos de hierro, entre sorbos de café, a veces pensando en las musarañas y otras recibiendo una master class de historia patiamarilla por parte de los sabios del pueblo.
Está claro que este pueblo tiene algo de magia, o energía especial, que al que llega y conecta con el, lo atrapa….y eso ha hecho conmigo.
Boyacá
Al final si pude salir de Barichara. Y ahora voy camino de mi siguiente destino, Boyacá, la región con las temperaturas más bajas del país.
El viernes por la tarde llegué a Tunja, es una ciudad pequeña, tranquila y con una vida cultural tremenda, con la idea de estar solo una noche, y después continuar conociendo la región. Pero como siempre me pasa, ocurren cosas que hacen que mis días se alarguen, y obviamente Tunja no iba a ser menos.
Allí me estaba esperando Gustavo,el que iba a ser mi primer anfitrión de Couchsurfing, un gran viajero con alma de mariachi. Resulta que él y sus compañeros mariachis tenían varias serenatas esta noche por la ciudad de Tunja, y me invitaron,imposible negarse
Por si no lo sabéis, los mariachis son una parte fundamental en la cultura latina, y no solo en México, en cualquier evento importante allí están.
Pude ver de primera mano todo esos valores que transmiten en cada serenata. Estar con ellos, escucharles, emocionarme, ver la importancia que tienen, y sobre todo, sentir todo ese amor y alegría que transmiten, fue algo que jamás olvidar.
Esta ciudad me está enganchando, y no solo por su cocido y sus arepas. Su clima frío, un coqueto centro colonial, la Plaza de Bolívar, la Catedral Metropolitana, y esa vida tan pausada, hace que este super agustito aquí.
Gus y Sergio me propusieron ir a conocer un poco más a fondo la Región de Boyacá, y nos dirigimos al Lago Sochagota, sitio perfecto para caminar, respirar aire puro y ver un atardecer de ensueño.
Me sentía raro, tenía que dejar Tunja, pero era el momento de salir de esta preciosa ciudad que me ha acogido con mucho calor, a pesar del frío de estas tierras, y continuar viaje.
Villa de Leyva
A tan solo una hora en autobús tenía Villa de Leyva,uno de los pueblos más bonitos de Boyacá y de Colombia. Un pueblito que parece clavado en el tiempo. Un lugar lleno de historia , cultura y arte. con sus casas encaladas y su suelo empedrado imposible de bastonear. Un lugar donde pasar días y días caminando tranquilamente por su calles, empapándome de su vida e historia.
Los sábados son días de mercado en Leyva. A tan solo 10 minutos caminando de la Plaza Mayor llegue a una gran explanada donde los campesinos de toda la región iban a vender sus productos.
Tenían aguacates de tres tamaños, unas fresitas que se comen solas, frutas y verduras de todos los colores y sabores, y si el calor puede contigo, también había puestecitos con jugos de todos los sabores y cervezas bien heladitas.
Para el hambre tenía donde elegir. yo me decidí por unas papitas criollas rellenas de carne y longaniza, un par de empanadas, y un tinto para no atragantarme. Es que en este mercado hay de todo, y el día se me pasó volando
De Villa de Leyva no me podía ir de este lugar sin ir a visitar las cascadas de La Periquera. Es un lugar sagrado para los Muiscas situado a 2800 m de altura, lleno de mística y relajación.
A ese lugar fui con el amigo Sebas, una de esas grandes personas del camino y me acompañó para ayudarme a bajar por el sendero que bordea la cascada. no es que fuera de máxima dificultad, pero mejor ir acompañado…. y fue lo mejor que hice, sobre todo por las conversaciones que tuvimos y todo lo que aprendí a su lado.
Definitivamente ha sido como me explicaba Sebas al inicio, un lugar que renueva tus energías, entras de una forma y sales de otra. Y hablando de lugares de paz, continuamos camino a los pozos azules, nada más llegar supe que este era para quedarse un rato y disfrutarlo.
Es hora de pasar página, pero antes me doy una escapada a Raquira, un pueblito chico y colorido con puertas abiertas y repleto de cositas colgadas que enamora a primera vista.
Ya la luna me estaba indicando un cambio de ciclo, está claro que algo va a cambiar, me voy de aquí lleno de fuerza para seguir disfrutando de esta locura.
Bogotá
De Tunja a Bogotá es un paseito, en poco más de dos horas ya estaba saliendo por la puerta de la Estación de Salitre, rumbo a la casa de mi nueva anfitriona de couchsurfing.
Se llama Natalia, vive con su mami en el centro de Bogotá en un apartamento precioso y super acogedor, y las dos hacen que mis días sean como en casa.
Entre charla y charla de esas que dan la vida, los días se me pasan volando, y aun no he hecho nada de turismo. Han sido días de ver la cotidianidad de la ciudad, de contemplar su ritmo, y de acompañar a Natalia y a su mami a hacer sus cosas.
Después de unos días en casa de Natalia y la Señora Yolanda, me vine para el que será mi campamento base los próximos días, y lo hice casi de casualidad. La candelaria es la esencia colonial de la Bogotá más auténtica.El barrio donde se fundó la capital colombiana que rebosa arte e historia. Con callejuelas que van a donde tus sueños te lleven. Yotras callejuelas, como la Calle del Embudo, con mucho arte sobre sus paredes, y que a la noche cobran vida entre bares, música y tragos.
Bogotá es una ciudad, que al principio me costó y no me gustó, pero conforme pasaron los días, me iba gustando cada vez más, tanto de día como de noche. y si, lo reconozco, Bogotá me está fascinando, y La Candelaria más.
Es una ciudad que me estoy tomando con calma, para no estresarme con sus 7 millones de habitantes, y es que para el tiempo que llevo aca, aun no he visto muchas cosas. prefiero vivirla y sentirla desde dentro para conocerla bien.
Es una ciudad bonita a reventar que me encanta bastonear y sentarme en cualquier rincón a verla pasar, o hincar el codo en la barra de cualquier bar a compartir historias mientras caen unas cuantas poker.
Aunque a veces me saca de quicio al caminar por sus calles llenas de gente que van a lo suyo sin tener piedad con un cegato como yo, pero ya me conocéis, aunque luego me queje, me encanta meterme en todos los berenjenales posibles y bombas para los sentidos.
Pero no todo va ser barullos y estrés en Bogotá, fui a ver a una de sus joyas patrimoniales, el Museo del Oro, y con un sorpresón tremendo para mis sentidos. Para que lo sepáis, en el Museo se conserva la colección arqueológica prehispánica más grande del mundo,con piezas procedentes de todos los rincones del país, y es un auténtico orgullo patrio. Y donde tienen preparadas unas réplicas exactas en tamaño, peso y forma para que las personas con discapacidad visual la podemos palpar para sentir cómo son realmente.
Cuando os hablo de conocer Colombia desde dentro, entre otras cosas me refiero a esto. Conocer la realidad de la discapacidad visual en el país.
Tuve la tremenda suerte de visitar y recorrer el Centro de Rehabilitación de Adultos Ciegos , y ver cómo trabajan para ayudar a sus usuarios a ser independientes y a romper todas las barreras que se les pongan.
Es un centro que lleva 60 años ayudando a adaptar a personas con discapacidad visual a esa forma de ver el mundo tan original. Y desde que entra en el centro, pasa por todos los departamentos que necesite… psicología, trabajo social, TR, … absolutamente todo.
Allí trabaja un equipo humano tremendo que hace que el usuario se sienta como en casa y consiga esa adaptación y ese avance lo antes posible. Los TR les enseñan a usar el bastón en un circuito podotáctil que simula la calle, e incluso tiene sus escalones de distinta altura.
También tienen su aula de tiflotecnología donde les enseña el manejo del ordenador y del teléfono móvil.
En otro rincón del centro les enseñan a usar herramientas de trabajo, desde carpintería, cerámica o incluso a coser. Todo lo que el usuario necesite para hacer más fácil su inclusión en la sociedad.
Y como no, tienen una maravillosa aula de Trabajos de la Vida Diaria. Manejo e identificación de las distintas monedas y billetes, uso de electrodomésticos mediante marcas, manejo de cuchillos y demás objetos punzantes. En fin, y hasta un mini apartamento incluido el mar de mono.
y es que en esa tienda los chicos pueden comprar de todo, pero lo que mas me gusto fue esta cajita de madera hecha a mano, que sirve para aprender braille y las notas musicales. Una auténtica pasada y una maravilla, y si, también Made in Colombia.
Tienen hasta su propia emisora de radio en streaming, donde tuve el honor de que Dolma, Tatiana y Maria Alejandra me hicieran una preciosa entrevista, cercana y divertida.
y bueno, salgo del centro después de que Catalina, la Coordinadora de Comunicación, me abriera sus puertas y me enseñara cada rincón con mucho cariño. Y que John Jairo, el Coordinador de Regionales, me contase su funcionamiento y la importante tarea de llegar a toda persona que lo necesite, para que no quede nadie sin rehabilitar.
Cuando crucé la frontera no sabía que me iba a encontrar, ni qué nivel de hostilidad urbanística había por aquí. Quizás igual que Venezuela , quizás mejor que allá o incluso peor…no sé. pero lo que sí que es seguro es que Colombia es un país rico en instituciones y centros de ayuda al colectivo.
He tenido la tremenda suerte de visitar centros como el CRAC, y ahora es el INCI el que me abre las puertas de su sede en pleno centro de Bogotá, para hablar con su presidente, el Sr. Don Carlos Parra sobre esta institución.
El Instituto Nacional de Ciegos de Colombia es una entidad pública de carácter técnico y asesor que depende del Ministerio de Educación. que propone políticas, planes y programas que mejoren la calidad de vida de la persona ciega o con baja visión.
Su labor es asesorar, organizar y garantizar que se cumplan todas esas leyes que facilitan la adaptación a la vida social, inclusión laboral, sanidad y educación para que sea igualitario para todos los colombianos con algún tipo de discapacidad visual, independientemente de donde viva.
Para deciros la verdad, salgo de aquí con una sonrisa de oreja a oreja y con la satisfacción de q en Bogotá y en Colombia se lucha por la inclusión total, y por la adaptación de las personas con discapacidad visual a la sociedad, y no solo eso, sino que también se da una gran visibilidad a esta forma de ver la vida tan original y única para lograr más empatía y menos obstáculos.
Y ahora si que si, después de conocer esta gran urbe desde sus entrañas de la mano de gente maravillosa, es hora de agarrar la mochila y atravesar esta gran puerta que se me ha abierto. Algo que creía era imposible, me da emoción, y a la vez nervios … pero allá voy, listo para más follones y más aventuras!!!
Amazonas
En las pequeñas comunidades del Trapecio Amazónico colombiano he encontrado la zona que más me está fascinando de este viaje…. Una esquinita fronteriza entre Colombia, Perú y Brasil, bañada por el Río Amazonas que me ha cautivado en todos los sentidos, y a día de hoy, aún sigue sin dejar escapar a mi alma.
Ha sido una vuelta a las tradiciones más ancestrales, una mezcla entre la mística y religiosidad, donde manda la medicina tradicional, la familia y todos esos sabios conocimientos adquiridos tras cientos de años, que se han ido transmitiendo de padres a hijos.
La ciudad de Leticia es la puerta hacia uno de los lugares más únicos, salvajes e inexplorados que hay en el planeta, la selva Amazonas. La mayoría de los turistas se quedan en la ciudad y hacen sus excursiones desde aquí, pero yo venía buscando algo más.
En esta parte del mundo, vi como el reloj se me paró nada más llegar al loco y destartalado embarcadero, lleno de personas que volvían para sus poblados cargados de víveres, y algún que otro extranjero loco en busca de su Dorado particular.
Cruzamos puentes improvisados con troncos de árboles caídos los pantanos que la lluvia formaba. Bajamos terraplenes de varios metros hasta llegar a la plataforma de madera que era el embarcadero, donde estaba esa vieja lancha preparada para salir atestada de gente y mercancías, y empezar a navegar hasta la profundidad de la selva.
Según avanzamos solo se veía verde y más verde, el cielo azul cubriendose de nubes de tormentas y troncos flotando a la deriva que íbamos esquivando. Todo con un aroma a pureza mezclado con lluvia, esa que cada vez se hacia mas fuerte,
Llegamos al que iba a ser mi hogar, Mocagua, una comunidad de 600 habitantes, situada a la orilla del gran río, donde la mayoría son de etnias Tikuna.
En esta comunidad se respira paz y tranquilidad bajo un silencio absoluto, solo roto por el canto loco de las guacaras. Con casitas de madera de una o dos plantas, con la ropa tendida bajo el porche, y entre grandes árboles de frutas amazónicas.
Mocagua tiene una sola callecita asfaltada que bordea el río. Va desde la escuela, hasta el otro extremo de la comunidad, pasando por el pequeño centro de salud, panadería y varias casitas de color blanco que escondian un par de tiendecitas de bebidas y poco mas…. El resto son solo caminos de tierra
Si seguía caminando un poco más, me encontraba con el recién construido puente de hierro, sobre ese pantano lleno de nenúfares multicolores y árboles de tronco fino y alargado, hogar de guacamayos chillones. Al otro lado, estaba la iglesia con su torreón blanco mirando al cielo y puerta medio rota que dejaba ver su interior, y los domingos acoge a los feligreses. Y como no, también tiene su canchita de fútbol.
Una de las cosas que vine a hacer a esta selva, a parte de aprender de la cultura Tikuna,fue conocer la realidad de la población indigena en sus comunidades, y en concreto, en lo relacionado con la discapacidad.
Fuimos hasta San Martín de Amacayacú. En esta comunidad de cerca de 700 habitantes, es una de las que conservan intactas la cultura y tradiciones más antiguas Tikunas, de hecho, pocos hablan español,
Nos dirigimos primeramente hacia el Curaca, la máxima autoridad de la comunidad para presentarnos, decirle cuales son mis propósitos en su comunidad y pedirle permiso para estar allí.
El curaca se llama Benicio, estuvimos un buen rato hablando con él sentados en la maloka. Hablamos largo y tendido sobre San Martín, su gente y sobre las personas con discapacidad que allí viven, y pude ver en su rostro la necesidad de ayuda urgente, y lo triste es que esto se repite en otras comunidades que visite.
En mis días entre comunidades vi de todo. Una adolescente con una discapacidad física muy grave que le impide moverse por sí misma. También conocí el caso de tres niños hermanos sordos de nacimiento, que no van a la escuela Y otra niña de 12 años con síndrome de down.
Si tener cualquier tipo discapacidad en una ciudad es un problema, en el mundo rural se acentúa más, pero ya esa brecha se hace imposible entre las comunidades indígenas que viven en territorios remotos y de difícil acceso. Donde ir a la ciudad más cercana a pasar una consulta, les supone un día entero de viaje y coste que ellos no disponen, porque las ayudas que reciben son muy escasas.
Puerto Nariño
Puerto Nariño es el municipio más grande del trapecio con mas de 8.000 habitantes y es el que tiene mayor número de infraestructuras, un pequeño hospital, mini supermercados, restaurantes y hoteles. De hecho es el lugar donde se deciden hospedar muchos turistas que visitan el Amazonas.
El hecho de ir hoy sábado fue porque se celebraba un mercado local donde todos los indígenas de las comunidades del trapecio, bajaban a vender sus productos y artesanías, y lo hacen una vez al año.
Tomamos mazato y vino de Parawarú. También compramos Mojojois para la cena,que eran esos gusanos de arbol, gordos y jugosos, que Teresa los cocina fritos, a la brasa o como guste.
Aprovechemos para ir al lago Tarapoto, lugar mágico donde viven los Omachas, que en lengua Tikuna significa delfín rosado.
Son más tímidos y menos juguetones que sus primos de agua salada, pero de vez en cuando salían mostrando ese lomo rosado.
Cuando regresamos, fuimos caminamos hacia el que para mí, se convirtió en mi lugar favorito, un pequeño rincón junto al Amazonas, oculto entre la maleza y con una gran roca que servía de trono. El Dios Sol desciende lentamente, y se oculta entre las aguas, con las nubes reflejadas en ese espejo en forma de río mientras una gama de colores adorna el cielo, y todo tipo de ranas y sapos saludaban a la Madre Luna recién salida.
En esta casa siempre después de cenar llega ese momento especial de escuchar esas palabras llenas de sabiduría de Barto y Teresa entre sorbos y sorbos de chuchuwasa. O los cuentos que Jorge y Matilda nos narraban con cariño. Historias tikunas que sus abuelos le contaban a ellos de pequeños, y ahora ellos se lo transmiten a sus nietos, para que así nunca se pierdan esta tradición, y el que venga de fuera, se empape de ellas.
Último amanecer,último día en el paraíso. No me quiero ir, pero no hay plata para quedarme más días, y ni les puedo ayudar como voluntario, por mucho que me duela es la realidad que hay. Así que aproveché para dar una vuelta antes de almorzar y grabar unas tomas…. Y prácticamente así es mi último día aquí…
No tengo ganas de irme, no me apetece volver a esa jungla que es Bogotá ni volver a sentir esas prisas y esos corre corre…. Pero bueno, creo que no me queda otra opción que aceptar la vuelta a la realidad.
Gracias a Barto, Teresa, Juancho y a Yeegune Amazonas he descubierto la belleza de este lugar y he aprendido lo que significa ser indígena, sus valores, sus principios, y lo más importante, la unidad de la comunidad y de la familia.
Me he sentido totalmente envuelto y embelesado por ese océano verde, a veces tan hostil que es la Amazonia, por ese río lleno de vida y alegría en sus orillas que es el Amazonas, y por esa comunidad de Mocagua que me acogió, me protegió y me cuido como a un Tikuna más.
Con ellos me despoje del tiempo, de las prisas, del estrés y de todas esas enfermedades que tenemos en las salvajes junglas urbanas que llamamos ciudades, donde impera la ley del más fuerte. Y solo cuando llegas aquí te das cuenta de la grandeza de esta tierra, llena de belleza, recursos naturales ilimitados, una cultura rebosante de sabiduría y verdades.
Cali - Cauca
Después de un viaje nocturno en autobús de 11 horas, ya estoy en el corazón del Valle del Cauca. Ya estoy en Cali, la capital mundial de la salsa y mucho más.
El barrio de San Antonio lleno calles empinadas y casitas blancas que se convirtió en mi hogar, en fin, un amor a primera vista y no sabía el motivo. Ya presentía que aquí iba a estar un tiempito, decidí tomar mis primeros días sin prisas.
Eso es lo bonito de viajar sin planes, hago lo que mi corazón me manda, y eso era sentir a Cali. Pero para ello primero tenía que ubicarme un poco, andurrear y bastonear esas calles de San Antonio, perderme hasta encontrar los caminos correctos o los que la diosa de la fortuna ponía ante mí, y una vez que ya tenía todo geolocalizado, era hora de salir de mis dominios.
Que tiene Cali??? Muchos caleños y caleñas con una hospitalidad y una amabilidad que no tiene precio, son dulces como la caña de azúcar que les rodea, la brisa de la tarde me hace olvidar el sofocón del medio dia, tiene gastronomía que me quita el sentido y una ciudad que suena a salsa, bongos y timbales las 24 horas del dia.
Camine sin rumbo por el Boulevar del Rio con el fluir de la gente, con el Río Cali como testigo silencioso de tantas historias. Entre puestos de mil sabores y mil olores que distraen mis sentidos. Cholados que hielan mi paladar a base de siropes tropicales al ritmo de la música. Así siento esa Cali auténtica, étnica y rumbera, que emana misticismo y autenticidad a cada golpe de bastón, y que a cada rato estoy escuchando eso de “Cali es Cali, y lo demas es loma”
A la sombra de La Ermita, vendedores de manis y estampitas de San Pedro, dan los buenos días a feligreses y a los que pasen por ahí, mientras se ganan la vida a cambio de unos pesitos.
Decenas de figuras de más de dos metros y de vivos colores esperan atentas la llegada de la noche, y que la inauguración de las luces de Navidad, les de vida y sumerja a Cali en una eterna fiesta uniendo la Navidad y la Feria de Cali.
La Galería de la Alameda no es un mercado cualquiera. Según me acercaba ya veía esa vidilla típica de los alrededores, caleños y caleñas que regresaban cargados con sus compras, las aceras invadidas de pequeños puestecitos que vendian ceviche o demás delicias del Pacifico, tal y como hacían hace años los primeros comerciantes que llegaban cargados de pescados del puerto de Buenaventura junto a otros que vendían fruta y verdura.
Caminar por sus pasillos era perderse en los olores del campo y encandilarse con los colores de las frutas y verduras del Valle. Y la forma perfecta de entrar en contacto con el espíritu rural de Cali, la alegría y el cariño de los caleños.
Pero Cali aun me deparaba muchas sorpresas. Y si encima conozco sitios tan especiales como ASOLVI, Asociación de Personas con Limitación Visual, lleno de personitas maravillosas.
Hable con Maria Isabel, su directora y alma mater del centro. Ella vive por y para que sus niños tengan la inclusión total en la sociedad, se sepan desenvolver en la jungla urbana y obtengas las habilidades que les ayuden en su dia a dia.
Pero desgraciadamente, solo se están encontrando puertas cerradas y negativas por respuesta a su grito de ayuda. porque Asolvi apenas tiene fondos para sobrevivir y mantener el centro que les cedieron.
No me podía ir de Cali sin una de esas visitas que deberían de ser obligadas para todo colombiano y visitante. porque hay cosas que no se deben de olvidar, para que no vuelvan a pasar.
Hablo de la Casa de la Memoria Histórica de Cali, un valioso pero triste lugar donde se muestra la cruel realidad del conflicto armado en el Valle del Cauca, y donde es imposible no empatizar y soltar una lágrima con las verdades que allí se cuentan.
Popayán
Popayán es una de esas ciudades que te enamoran a primera vista. Calles tranquilas sin mucho tráfico, la gente camina y no corre y a los lados casas de estilo colonial encaladas de blanco.
Durante 3 días caminé, caminé y caminé por sus calles para empaparme de su ambiente y de su identidad. Aquí estoy volviendo a sentir todo ese cariño y calor que tanto necesitaba, y q solo en lugares pequeños se puede percibir.
Volví a ese lujo de que me den los buenos días cuando me cruzo con la señora que viene de hacer la compra, a hablar con el señor que está sentado en la mesita de al lado dándoles sorbos a su café bien negro, que me paren en la plaza y nos pongamos a filosofesr de lo bonito que es la vida… y es que esto es Colombia, la Colombia que amo
No sé si es por su ambiente y alegría, por su gente que es simpatiquísima, sus colores que le dan identidad, por sus sonidos que mezclan calles de silencio absoluto con otras de música, o por sus olores que vienen de la montaña que se entrelazan con los que salen de los puestecitos de comida. Es algo que me entra por los sentidos y me llega hasta dentro.
Pero cuando empecé a vivir Popayán y la navidad colombiana fue, primero, en esas calles q a la noche cambiaban el blanco por las luces de colores, los payanes pasean por la plaza Caldas, y los diálogos entre tambores y flautas retumban con fuerza
Y sobre todo, ir un 24 de diciembre a la Plaza del Mercado de La Esmeralda. Es entrar a un lugar único, donde el desorden y la penumbra, se mezcla con la alegría de vendedores y compradores, con esos olores a frutas y a comidas navideñas recién hecha, hacen que mis papilas gustativas exploten de emoción.
Silvia Cauca
Lugares mágicos me estoy encontrando muchos por este país. Lugares que llegan a mi casi de casualidad, y hacen q me quede hasta que mis sentidos se sacien de tanta armonía y con sorpresas que me tocan el corazón.
Primero me engatuso esa mezcla pueblerina de raíces campesinas y de culturas ancestrales, envuelta de un atmósfera mística llena de hospitalidad, cariño y mucho sentimiento indígena por sus calles.
Parece que estoy en otro mundo donde se me paró el reloj y perdí la noción del tiempo. Un pueblo que vive en la más absoluta tranquilidad, hasta el martes, día de mercado. Y es cuando bajan los Misak que viven en la montaña a vender sus frutas y sus verduras recién recolectadas.y todo se tiñe de azul, donde los sombreros y ruanas se funden entre colores y olores exóticos e intensos.
Bien temprano me subí en uno de esos jeep que salen desde la plaza, rumbo a las veredas que hay en lo más alto, a través de un camino de tierra, entre montañas verdes, ríos y atravesando pequeñas comunidades Misak.
Naturaleza pura, naturaleza que es vida, con la que quise conectar caminando sin prisa, y donde aún se conservan esos valores que tanto quiero para la humanidad. Para los Misak la naturaleza es la madre y la vida de todo, y es la base de su cultura. Por algo les llaman “Hijos del Agua”.
Y cuando creía que Silvia no me podía dar más sorpresas, apareció Alfonso en mi camino. El es de Silvia, tiene ceguera total, es locutor de radio, músico y tiene un corazón tremendo. Junto a otras personas con discapacidad visual del municipio y de veredas cercanas, tienen un grupo de música llamado “Mirada Felices”.
Así es Silvia, un sitio mágico en el corazón del Cauca, donde me sentí querido y como en casa. Pero este capitulo termina, y es hora de subirme a ese autobús que dejé escapar hace unos días, para averiguar hacia dónde me dirige esta vez mi querido guionista.